Inicio de la Edición
“... La patria de un alma elevada es el universo”. Demócrito 
AÑO IV - WASHINGTON DC., ESTADOS UNIDOS  -  

Google
Web En el Sitio
Email:
Suscribir Remover

DHTML Menu provided
by WEBNOVA

Conversor de Moneda
Xe.com
Click aqui
Literatura y Poesía 3 ir Arte 1
Para ver todas las páginas de cada sección haga click en las flechas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

 

Néstor Groppa

MEDIO SIGLO ATRÁS, NACIÓ TARJA

 

Por Néstor Groppa

TARJA convenimos en dar a esta palabra el significado corriente con que se la usa aquí: marca que indica el día del trabajo cumplido; faena concluída y asentada en la libreta de jornales...". Así comenzaba el editorial del primer número de Tarja aparecido en Jujuy para el bimestre Noviembre-Diciembre de 1955.

"Las revistas literarias argentinas - (1893-1960"de Héctor René Lafleur- Sergio D. Provenzano y Fernando Pedro Alonso, Ediciones Culturales Argentinas, impresa por el Ministerio de Educación y Justicia - Dirección General de Cultura - de Argentina ( serie Cuadernos Culturales. Un volumen de 282 pgs. impreso en julio del 62 ) sostenía:

" TARJA " se publica en Jujuy desde diciembre de 1955. Es una extraordinaria muestra de calidad artística y de fervor intelectual (.....) Mario Busignani, Jorge Calvetti, Andrés Fidalgo, Néstor Groppa y el artista Medardo Pantoja es el esforzado grupo que dio nacimiento a la revista jujeña. En el número inicial concretan sus aspiraciones "Estamos convencidos de la incalculable temática de nuestro Norte y de las posibilidades de sus gentes para el trabajo intelectual. Por eso es que iniciamos esta labor, manifestando la necesidad de que esas posibilidades abandonen el silencio y adquieran las formas concretas del testimonio".

Coplas, leyendas y costumbres norteñas, enhebradas en magníficas xilografías de Pantoja, Audivert, Onofrio, Rebuffo, Vigo, Fernández Otero, Pellegrini desfilan por las páginas de esta revista que ha logrado ya, sin duda, el carácter de un auténtico y definitivo testimonio. Han colaborado en Tarja además de sus directores: Jaime Dávalos, Héctor Tizón, Manuel J. Castilla, Cristóbal de Guevara, Nicolás Cócaro, León Benarós, Carlos Ruiz Daudet, Raúl Galán, Gastón Gori, Joaquín O. Giannuzzi, Carlos Mastronardi, Raúl Aráoz Anzoátegui, Nicandro Pereyra, Julio Galer, Domingo Zerpa, Carlo E. Figueroa, Antonio Requeni, Horacio Jorge Becco, Luis Gudiño Kieffer, Mario Jorge De Lellis, Alvaro Yunque..."

Debemos agregar que las tapas de la revista estaban realizadas por Carlos Alonso, Enrique Policastro, Juan Carlos Castagnino, Lino E. Spilimbergo, Gertrudis Chale,Carlos Torrallardona, Raúl Soldi y en su interior, la revista llevaba ilustraciones impresas con los tacos originales de lo más reconocido en la plástica del país de aquellas décadas.

Cuenta con colaboraciones de firmas muy valiosas en ensayos , cuentos y poemas hoy inencontrables en sus obras completas. Es el caso de Raúl Soldi, sobre pintura, de Juan Carlos Castagnino sobre los murales de la galería Pacíifico,Carlos Mastronardi escribe "el censo de mis primeros dioses", Víctor Rebuffo, explica lo que es el grabado, Alejandro Barletta, famoso instrumentista enseña "Cómo se escucha un concierto de bandoneón" ( música clásica ), los hermanos Di Mauro, prestigiosos titiriteros escriben sobre títeres y sus experiencias a la par de Mané Bernardo ( también colaboradora de la revista) y del inolvidable Javier Villafañe.

En la última página llevaba impresos con tacos originales grabados de niños de Tilcara que ilustraban poemas de alumnos del 3ero B de la tarde en la escuelita Sarmiento del pueblo. Todo un hallazgo y tal vez el primero aquí de la creación infantil en escuelas primarias.

Extenso sería enumerar las joyas literarias y plásticas que poblaron las 500 páginas de los 16 números de "Tarja"y uno de Poesía inédita en distribución gratuita.( 2 volúmenes en formato 14,5 x 23,5) Esas 500 pgs. corresponden a la reedición, en 2 tomos, que hizo de la revista la Universidad Nacional de Jujuy en 1989 ( por motivos económicos tuvo que hacerse en blanco y negro y se perdieron las sobreimpresiones de las xilografías a dos y tres colores que engalanaban a esta ´rara avis' en la historia de la provincia ).

En esos volúmenes se publican comentarios de Roberto Giusti, Tomás Eloy Martinez,Luis Emilio Soto, Aristóbulo Echegaray y otros estractos de diferentes medios periodísticos del país. De todos ellos tomaremos sólo dos : "Organo de un movimiento intelectual que honra a la provincia norteña y a la vez vivifica en cierto modo al de todo el país - pues une al culto por la tradición vernácula el sentido de la belleza pura- TARJA es una expresión de una inquietud vitalmente lozana y de una cultura en que lo selecto se armoniza con lo popular" LA NACION 12-5-57 Buenos Aires. Por su parte LA GACETA de Tucumán del 17-6-56 afirmaba "TARJA es ya una de las mejores revistas literarias argentinas. Y no lo es sólo por su encomiable presentación y su excelente y profuso material de lectura, sino también por el fervor con que ha sido hecha".

TARJA dejó de salir en julio de 1960. En los volúmenes universitarios que venimos citando, la despedí con estos renglones finales "Así se fue TARJA ( cuyo ojo de agua está en Tilcara: Calvetti, Groppa, Pantoja ), una primavera que duró seis años en esta ciudad y que se continúa en flor, y cálida, por los estantes de muchas bibliotecas del país".

En síntesis, para la entrañable revista y para esta nota, agrego las mismas palabras con que Enrique "El vidriero", pintor, firmó "Las muy ricas horas del duque de Berry". En flamenco puso "Als-ik-kan", que traducido al español significa "lo mejor que puedo".

Tal fue TARJA y este recuerdo a medio siglo de su existencia.

Néstor Groppa.

**********************************************

nota: La Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, en su serie "Letras de la memoria", bajo la dirección de Domingo Arcomano publicó una Antología de Tarja seleccionada por la Dra Alicia Poderti, de Salta. Se tiraron 4000 ejemplares para el CERLAC - CENTRO REGIONAL PARA EL FOMENTO DEL LIBRO EN AMERICA LATINA Y EL CARIBE -.

La edición salió en octubre del 2002 y la distribuyó "Catálogos". Como sucede con toda antología es cuestionable su selección y el concepto de que TARJA es continuación del grupo LA CARPA que años antes apareciera en Tucumán, error éste que se arrastra y seguirá arrastrándose por desconocimiento y pereza intelectual. ng.

 

 

Lic. María González Rouco
Lic. María González Rouco

INMIGRACION A LA ARGENTINA (1850-1950)
Testimonios y Literatura
                                                                    (Capítulo II)


Por María González Rouco

 

II EL VIAJE

     El tema del viaje es un tópico reiterado en la literatura universal. El escritor y periodista Rubén Benítez, autor de la novela de inmigración La pradera de los asfódelos, me dijo en un reportaje: “Ulises es tal vez literariamente el primer emigrante que sueña con el regreso a su entrañable tierra. Lo detienen los cantos de sirena y la magia de Circe”. Al igual que el griego, “el inmigrante europeo también partió y cayó en las mismas redes. El viaje o “nostos” griego, enlaza con la nostalgia, el dolor del regreso” (1).
     En las páginas que leí, encontré la evocación de la travesía vista, no sólo como material literario, sino también como un momento de la vida propia o de los mayores que se desea reflejar, para dar testimonio y rendir homenaje a tantos seres que buscaron en otra tierra lo que en la suya no encontraban.

Notas
(1) Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988.

 

Permiso para embarcar

     Marcelo Bazán Lascano señala que la Ley Avellaneda, de 1876, proporciona la definición de inmigrante. Distingue “entre los inmigrantes ‘sensu stricto’, o sea los que venían con pasaje de segunda o tercera clase por cuenta del gobierno u otras entidades, y los que entre el 25 de mayo de 1810 y el presente han arribado a nuestro territorio a su costa, como polizones o en cualquier otra forma clandestina o ilegal. Podría sostenerse, pues, que los segundos son, prima facie, definibles como inmigrantes ‘lato sensu’, aunque hubieran venido en primera clase y aunque lo hubiesen hecho con bienes de fortuna y hasta con títulos nobiliarios” (1).
     Se ha señalado la diferencia entre inmigrantes y refugiados: “El inmigrante toma una decisión y asume el riesgo, aunque tenga que poner en peligro su vida. El exiliado no tiene capacidad u oportunidad para decidir. Otra de las diferencias fundamentales es la experiencia vivida antes de la partida. Muchos llegan heridos, con mutilaciones, han sido testigos de la muerte de personas conocidas y familiares. Sufrieron violaciones sexuales, (...). Luego está el trauma del desarraigo, la pérdida del punto de referencia, la destrucción de todos los bienes”.
     Cuando se trata de un refugiado, por más que se esfuerce por sobreponerse, “El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida. (...) En muchas ocasiones, el desplazado debe adaptarse a países con otro idioma, otra cultura, separado de sus seres queridos. No resulta extraño que sean frecuentes los intentos de suicidio, los conflictos conyugales, el retraimiento social, la sensación de peligro constante, la pérdida de creencias, las conductas agresivas... Un caso donde el desarraigo es especialmente doloroso es el de los ancianos, que desarrollan más cuadros depresivos que el resto. La falta de esperanza sirve para adelantar la muerte” (2).

     Tomada la decisión, se emprende la travesía. Primero, por las oficinas que otorgan el permiso de embarque. No viajaba el que quería, sino el que conseguía la autorización imprescindible para embarcar. Giorgio Bortot escribe que a aquellos inmigrantes “se les exigió: 1) ser preferentemente europeo; 2) ser de sana y robusta constitución, exenta de enfermedades y malformaciones que alteren su capacidad laborativa presente o futura; 3) asegurar que no venían a practicar la mendicidad, y la mujer adulta, además, a ejercer la prostitución; 4) declarar su religión; 5) viajar en segunda o tercera clase; 6) residir en zonas determinadas; 7) al llegar, tomar otros recaudos para asegurar la defensa social”. Y agrega: “pocos se enteraron de tales restricciones. (...) El que escribe fue traído de niño y debió acatar aquello” (3).
     La enfermedad, la senectud, eran muchas veces objeto de discriminaciones que separaban a las madres de sus hijos, a los hermanos entre sí. Syria Poletti lo supo bien y lo narró en su novela Gente conmigo, que fue distinguida en 1961 con el Premio Internacional de Novela convocado por la Editorial Losada. En esa obra alude a las trabas que se imponían a los disminuidos físicos para salir del país. Recuerda Nora Candiani, la protagonista: “Paso tras paso, con su carga de trabajo y el agobio de apuntalar a una familia dispersa, Bertina consiguió arrancar el permiso de embarque. (...) Mi viaje a América se resolvió así en una suerte de contrabando: yo era como un producto deteriorado que debía pasar inadvertido, entremezclado con los productos destinados a la exportación: los emigrantes aptos. Yo era el polizón que logra trepar al barco. Luego, la piedad me admitiría. De todos modos, lo importante era viajar. La vida impone las leyes y la vida enseña las trampas. Sólo que las trampas arañan” (4).
     Un defecto físico impide la salida de una asturiana hacia América: “Cuando tenían todo arreglado para viajar, y ya no había retorno, el cónsul argentino se puso meticuloso con la visa. Despachaba a cientos de asturianos por hora y se daba el lujo de poner objeciones ridículas. Eran tan ridículas que parecían el cebo de alguna coima. El cónsul detectó un dedo mocho en la mano izquierda de Valentina y decretó que esa lesión la hacía inútil para el trabajo, y por lo tanto inviable para emigrar. Sin dinero, sin tiempo y sin chances, Marcial recurrió a su prima, que era cocinera del gobernador, y éste fue magnánimo y ejecutivo. El cónsul reculó y firmó los papeles a regañadientes, y el buque de carga Entre Ríos los llevó a la otra orilla del mundo” (5).
     Lo mismo sucedía con quienes deseaban salir de la Argentina. El italiano Gemesio desea establecerse con su familia en la península. Durante la revisación médica, el galeno señala: “‘¡Esta criatura tiene fiebre! –y le sacó la gorrita, y cuando vio los granos exclamó: -¡Esta niña no puede viajar!’. Y quedó Elenita, que sólo tenía tres años, en brazos de la abuela Irene, mientras el Principessa Mafalda se alejaba de la costa, los pañuelos se agitaban en el puerto y Christina, a través de las lágrimas veía empequeñecerse las figuras familiares. Por primera vez miró a su marido con rencor” (6).
     En 1891 “se abrió el comité del Barón de Hirsch. Fue una salvación para los judíos y empezó el registro de las familias. Aceptaban solamente familias con hijos varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían inscribir a un soltero como hijo y la cosa marchaba” (7).
     Alejo Peyret recuerda que para fundar la Colonia San José, en Entre Ríos, “Se ha aceptado apresuradamente todo cuanto se ha presentado, con la única condición de ser católico. Se han hecho adelantos de ingentes cantidades a familias desprovistas de todo, y que presentan muy pocas garantías de reembolso. Por decirlo, se ha gastado mucho dinero sin necesidad. (...) Suponiendo igual capacidad para el trabajo un colono protestante debe ser preferido al católico” (8).
     En El angel del Capitán, de Chuny Anzorreguy, son políticos los motivos de discriminación a los que debe enfrentarse Miro Kovacic cuando decide exiliarse. Un amigo le sugiere dirigirse al Instituto Croata de Cirilo y Método, donde se entera de que “Un país sudamericano había puesto a disposición del Instituto diez mil visas para los croatas que la necesitaran. No a los largos trámites. No a las profundas investigaciones. No al interminable papelerío”. A fines del 47, en Trieste, se completa el viaje iniciado mucho antes: “Subimos al tren Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la oscuridad absoluta buscando al sol” (9).
     Décadas antes había sucedido algo similar a un personaje de Ana María Shua. Por ser desertor, aguardó durante un año, escondido en la casa de la novia, que algún compatriota falleciera, para poder viajar con sus documentos: “Murió Gedalia Rimetka, medianamente joven, de bigotes. Con su documento fue el abuelo al consulado de América, la verdadera, la del Norte, y le dijeron que no. No lo bastante joven murió Gedalia, no lo bastante joven como para pasar por el abuelo. En Polonia siempre hacía frío, siempre había nieve. Cuando se derretía la nieve, había mucho barro. El barro también era frío. El barro de Tomachevo cruzó el abuelo, que quería cruzar el mar. Y llegó al consulado de esta pobre América. Allí, le habían dicho, no se fijan mucho, no entienden nada, les da lo mismo. Allí también es América, aunque no tanto. Lo que vale es salir de Europa, lo que vale es cruzar el mar. Desde una América ya será posible llegar a la otra. Y no se fijaron, o no les importó, o no entendían nada, y el abuelo pudo ponerse en camino para cruzar el mar” (10).
    Los rusos Gurovitz “Habían quemado todos los documentos. En sus papeles figuraban como griegos. Así lo atestiguaban la ropa, gorra y pipa entregadas poco antes” (11).
     En una carta envada al diario Clarín, expresa Erwin Auspitz: “ (...) en noviembre de 1938, con casi 10 años, vivía en mi ciudad natal, Viena, con mi familia de origen, judía. Mi padre fue detenido y quedó alojado en la Gestapo, de allí lo llevarían a Dachau. El cónsul argentino en Viena, Juan Giraldes, (...) No sólo extendió las anheladas e imprescindibles visas de tránsito para mis padres, mi hermana, mi abuela materna y para mí, sino que –además- lo hizo sin tener en cuenta una carta anónima que entregó a mi madre y que conservo hasta hoy; allí se denuncia la intención de nuestra familia de permanecer ilegalmente en Buenos Aires. Conseguidas las visas, mi madre logró que la Gestapo liberara a mi padre, previo el compromiso de dejar Austria en un plazo perentorio. Llegamos a estas tierras amadas en febrero de 1939, y aquí crecí, viví mi vida y formé mi familia” (12).
     Lajos Fehér, húngaro judío, “consiguió un pasaporte falso a nombre de Alejandro Gross con una expresa mención del obispo de la zona que la religión profesada por el portador era la católica”. Logra llegar a Italia, donde “en una desesperada búsqueda de algún medio para salir de Europa, consiguió finalmente una visa para Ecuador y un lugar en el Augustus que salía a la madrugada siguiente con ese destino. El lugar en ese barco le costó una buena parte de su dinero ya que, aún siendo reconocido como católico, no querían embarcar ciudadanos de países de Europa Central, por poner a la misma compañía marítima en actitud sospechosa” (13).
    Otro documento falso permitió indirectamente la llegada al país de Pedro Roth, “el mayor cronista gráfico de la plástica argentina”, nacido en Budapest en 1938. El vivió en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial y llegó a Buenos Aires –explica- “gracias a un negocio algo oscuro del doctor Liber, un primo segundo de Rosalía, mi madre, que le compró un pasaporte falso al cónsul argentino en Montecarlo el año de mi nacimiento. Puede que el funcionario fuese algo informal, pero le salvó la vida y nunca dejaremos de recordarlo. Bueno, Liber llegó e instaló una fábrica de jabón en San Martín. Mi madre, mi abuela Eugenia y yo llegamos en 1954 y nos establecimos en Florida” (14).
     Roberto Ale se refiere a las condiciones de ingreso de los inmigrantes árabes: “Para entrar a la Argentina de esos tiempos no hacía falta pasaporte y era común que una familia traiga a otra y así practicamente aldeas enteras se trasladaron a nuestro país, esparciéndose de norte a sur y de este a oeste de estas ricas llanuras pampeanas. Tenían ventajas y privilegios sobre el mismo nativo, no tenían cargas militares, ni cívicas. Ante cualquier problema que pudiera surgir, tenían un Cónsul de su propio país que los protegía” (15).
     Juan Carlos Coria se refiere a la inmigración africana: “las entrevistas mantenidas con africanos de distintos orígenes, permiten comprobar que, salvo casos muy excepcionales, ingresaron a la Argentina sin ningún inconveniente ni traba, salvo los ingresados como polizontes en buques de banderas europeas, que por regirse con las leyes de los respectivos países tenían la obligación de devolverlos al lugar de donde habían subido a los barcos. Por ser la Argentina de fronteras abiertas y por ello, un país de recepción casi indiscriminado, esos inmigrantes, lograron ubicarse, muchas veces precariamente, pero subsistieron, trabajando muy duro, obteniendo documentación, no siendo escasos los casos de negros africanos que se nacionalizaron. Superando la etapa de la población negra esclava y su descendencia, los nuevos negros africanos, que se fueron radicando, pueden datarse desde principios del siglo XX con continuos ingresos anuales hasta la década de 1930, en que disminuyen hasta casi desaparecer. Esa inmigración se reanuda con posterioridad a la terminación de la Segunda Guerra” (16).

     Una vez logrado el permiso de embarque, el inmigrante debe dirigirse al puerto**, soportar varios días en el mar y, finalmente, arribar a Buenos Aires, donde algunos se establecerán, y desde donde otros seguirán viaje hacia el interior, a las colonias en las que quizás encuentren a algún ser querido. De este largo periplo dan cuenta muchas de las páginas que leímos.

Notas
1 Bazán Lazcano, Marcelo: “Carta de Lectores”, en La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1999.
2 ABC: “El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida”, en La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de 1999.
3 Bortot, Giorgio: “Correo de lectores”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 23 de febrero de 2003.
4 Poletti, Syria: Gente conmigo. Buenos Aires, Losada, 1962.
5 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
6 Ayala; Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.
7 Chajchir, Mauricio: “Viaje al país de la esperanza: Relato de un viajero del Pampa”, en La Opinión, 8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía Judía de Argentina, Toldot # 8. Noviembre 1998.
8 Peyret, Alejo: en Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1992.
9 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
10 Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994.
11 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1985.
12 Auspitz, Erwin: “Aquel cónsul argentino en Viena”, en Clarín, Buenos Aires, 26 de julio de 2005.
13 Weisz; José Martín: ...mientras los violines tocaban csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires, Editorial Milá, 2002.
14 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Pedro Roth ‘Soy un testigo privilegiado’ “, en La Nación, Buenos Aires, 23 de febrero de 2003.
15 Ale, Roberto Mustafá: “Argentina Siglo XIX y principios del XX. La Inmigración , los árabes y aspectos de su historia, cultura y civilización”, en www.revistaarabe.com.ar, Santa Fe, Marzo de 2004.
16 Coria, Juan Carlos: Pasado y presente de los Negros en Buenos Aires, Buenos Aires, octubre de 1997, Educar, Argentina.

 

La partida

     En El Cardedal, un pueblo de España, un anciano relata a Telma Luzzani la partida del abuelo de la periodista: “Un día de 1912, cincuenta y siete hombres se fueron para América. Yo tenía cinco años y todo el pueblo los siguió hasta la ladera entre lágrimas y buenos deseos. Entre ellos estaban mi padre y tu abuelo. Ese día comenzó la agonía del pueblo” (1).
     Otro periodista, esta vez en la calle principal de Ottobiano, imagina a su abuelo: “un chico de doce años yéndose para siempre con su madre –escribe Miguel Frías. No sé lo que piensa en esa mañana de 1913 y ya no se lo puedo preguntar; tal vez, en el reencuentro con su padre, trabajador en las cosechas argentinas; tal vez, en la leña y las moras que debió robar para sobrevivir al invierno; tal vez, en la cocina del barco donde trabajará para cruzar el Atlántico” (2).
     En Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato evoca la partida desde la tierra de origen: “Addio patre e matre,,/ addio sorelli e fratelli’ Palabras que algún inmigrante-poeta habrá dicho al lado del viejo, en aquel momento en que el barco se alejaba de las costas del Regio o de Paola, y en que aquellos hombres y mujeres, con la vista puesta sobre las montañas de lo que en un tiempo fue la Magna Grecia, miraban más que con los ojos del cuerpo (débiles, precarios y finalmente incapaces) con los ojos de su alma, esos ojos que siguen viendo aquellas montañas y aquellos castaños a través de los mares y los años: fijos e insensatos, indominables por la miseria y las vicisitudes, por la distancia y la vejez” (3).
     Agata, la protagonista de Oscuramente fuerte es la vida, recuerda, muchos años después, el día en que debió dejar su tierra, para reunirse con su marido: “Hasta último momento, yo seguía formulándome preguntas que no encontraban respuesta. Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas, las habíamos mantenido durante esos años difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas? Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos. Había algo en mí que se resistía, que no entendía. Sentía como si una voluntad ajena me hubiese tomado por sorpresa y me estuviese arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada. (...) Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando hortalizas. (...) Entré en la casa, abrí una valija y guardé la bolsita con la tierra. Recorrí las habitaciones como había recorrido el terreno. Con el brazo extendido rocé las paredes, las puertas, las ventanas. Me senté en un rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la hora de despertar a Elsa y Guido” (4).
     También alude a ese momento la calabresa Adelina C. Cela, en el poema “Madre Patria”, imaginando el sentimiento de su tierra: “Tú clamabas por mí/ como una madre divina,/ con lágrimas derramadas/ en nostálgica partida” (5).
     Algún gallego tendría en su mente los versos de Rosalía de Castro, la poeta que escribió: “¡Van a deixala patria!.../ Forzoso, mais supremo sacrificio./ A miseria está negra en torno deles,/ ¡ai!, i adiante está o abismo!...” (6).
     María Rosa Lojo evoca la partida de su padre: “Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados. Para él ya había pasado lo peor: el riesgo de fusilamiento, la cárcel, la ‘redención de penas por el trabajo’. Sin embargo se despidió de los castañares centenarios y los caminos de piedra. Cedió a un hermano sus derechos sobre las fincas que le tocaban –magras por cierto, como miembro de una familia numerosa- hizo las valijas y cruzó el océano. Dejaba irremediablemente truncos los estudios que había iniciado cuando el mundo era otro, el sueño de convertirse en oficial de la Marina de la República. Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba también (aunque de eso me enteré después de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil de ‘mala cabeza’, y de play-boy coruñés, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España que para sus ojos había retrocedido siglos en el tiempo, donde no cabía la dimensión de su deseo. El futuro estaba afuera. Había resuelto que en las nuevas tierras haría otra cosa, y sería, casi, otra persona” (7).
     Un mural pintado por Carlos Salatino y Beatriz Sevilla, en un restaurante de Buenos Aires, evoca el barco que trajo a emigrantes asturianos. A esa obra se refiere el realizador: “El mural que usted vio en FAME tiene una relación indirecta con el tema de la inmigración. Los fundadores de esa empresa son inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para denominar su primer establecimiento gastronómico en gallego significa ‘hambre’, un hambre que España, caída en una profunda decadencia, carente de recursos, atrasada industrialmente, debilitada por guerras internas y perdidas sus últimas colonias, conoció en una escala aún mayor que la que aqueja a nuestro país hoy. Los fundadores de FAME llegaron con la oleada de inmigrantes españoles que buscaron aquí lo que sus países les negaban. Cuando nos tocó realizar el mural, tuvimos en cuenta estos factores pero no fuimos en absoluto literales. El puerto pudo ser cualquier puerto, obviamente también el de Buenos Aires, el barco se llama Virgen de Covadonga porque los fundadores de FAME son, como buenos asturianos, devotos de esa Virgen. Tal vez ellos al mirar el mural hayan recordado el barco que los trajo a esta tierra, aunque se llamara de otro modo y, ciertamente, si ellos no hubieran llegado, como tantos otros, a este país, FAME -que hoy ya es una cadena de cuatro grandes establecimientos- no existiría, y el mural tampoco” (8).
     Nora Ayala recrea el momento en que su abuela deja Alemania, en 1891: “El puerto de Bremen se iba empequeñeciendo en la lejanìa mientras Christina, con los ojos llenos de làgrimas, abrazaba fuertemente contra su pecho la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su padre le habìa regalado al despedirse. Ya no se veìan las figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan, agitando los pañuelos” (9).
     De Rusia parte Jacobo Fijman, a los cuatro años de edad, en 1898. Muchos tiempo después, escribiría: “¡Ah! Yo soy uno de esos caminantes/ Que aún no han encontrado su camino;/ Pero he gustado un luminoso vino/ en huertos generosos y fragantes” (10).
     En El árbol de la gitana, de Alicia Dujovne Ortiz, los Dujovne “Se vistieron de negro riguroso, él con un hongo redondito en la cabeza, ella con un pañuelo y, de inmediato, se encontraron extraños. Parecían vestidos con ropa ajena. La crispación del hombro o la cadera hacía chingar la falda o la chaqueta. Se las habían puesto miles de veces, pero lo que ahora las hacía diferentes era la actitud de los cuerpos con el adiós adentro: nadie se para del mismo modo cuando parte para siempre. Al marcharse perdían su familia y su país pero también su nombre. Nadie más los llamaría Dujovne con el matiz exacto de la e, esa e tan ambigua, de origen tártaro, que se desliza entre la e y la y, mientras la lengua, casi pegada al paladar, deja pasar el aire. Lo sabían tan bien, que ya apartaban de sus rostros, como espantándose una mosca, la tentativa de explicar cómo se pronunciaba el apellido, admitiendo de entrada que Dujovnie se volviera Dujovne, con una e castellana sosa y desabrida como matse sin té” (11).
     Un judío se despide de su mujer y su hija, en el cuento “Papá”, de Susana Goldemberg: “Miró a mamá. Se abrazaron fuerte, fuerte. A mí me pareció que mamá era más pequeña y más débil de lo que yo creía. Enseguida papá me alzó en sus brazos. Con torpes manos recorrió mi cara: los rulos sobre la frente, las cejas, el dibujo de mi nariz, la línea de los labios. Y pellizcó mi mentón, como siempre lo hacía cuando me daba el beso de las buenas noches. Cuando por fin me dejó en el suelo, tenía mojado mi pelo con sus lágrimas. Tomó su atadito y se lo echó a la espalda. Rodeó con el otro brazo los hombros de mamá y salieron al camino. Yo los seguí” (12).
     En Tel-Aviv, el 8 de octubre de 1940, una inmigrante inicia la escritura del diario que recogerá sus impresiones durante la travesía en el “Arabia-Maru”, que arribó a Buenos Aires en diciembre de ese mismo año. Ella escribe: “A Iojanan y a mí por supuesto, nos dolía el estómago, como antes de cada situación conflictiva. Nos despedimos de la abuela y el abuelo. El taxi estaba afuera preparado, arreglamos las maletas y nos sentamos” (13).
     A los inmigrantes “de alguna manera, los acompañaba la esperanza, aún teñida del dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos, afectos y recuerdos -escribe Silvia Fesquet. El dolor no era poco pero el equipaje*** que cargaban –liviano, muy liviano- estaba amarrado con sueños, ilusiones y mucha esperanza: la de encontrar amparo o un destino mejor, la de volver y devolverse a esa tierra que, por razones distintas, ahora los expulsaba” (14).
     En su “Homenaje al inmigrante”, canta Betina Villaverde: “Sí, y fueron valientes, mares de por medio/ sus raices quedaron/ mas, no vacilaron, fijo en sus mentes un/ mapa brillaba, Argentina./ Abriéndose en abanico, ancha y hermosa/ Argentina los cobijó/ idiomas extraños, se entremezclaban, un fin/ lo mismo pedian, trabajo./ Santa palabra, paz, trabajo, hogar,/ sus norte marcaban/ su equipaje, la fe, la voluntad como arma/ la fortuna, sus manos” (15).
     Pierre Cottereau, que no era inmigrante pero nunca volviò a Francia, escribe acerca de su valija: “Sobre la proa del barco/ la abracè con fuerza/ sin embargo no sabìa/ de nuestro ùltimo destino” (16).
     Roberto Cossa, en El Sur y después, incluye una canción que refleja el sentimiento de quienes  tientan suerte en otra tierra: “Allá murió la infancia: / una caricia, una canción, / una plaza, una fragancia. / Los brazos viajaron, el corazón quedó./ Pero una estrella nos llama del sur./ Y un barco de esperanzas cruza el mar./ América, la tierra del sueño azul. / Es un vaso de vino, es un trozo de pan” (17).
     Los italianos que se embarcan en Génova en 1884, hacia el Río de la Plata, son descriptos por Edmondo D’Amicis en su obra En el oceano. Acerca del escritor, dijo Griselda Gambaro: “El autor de Corazón recoge, sin embargo, sus mejores frutos en la crónica. En este fresco están todos los que vinieron a América, en su mayoría obreros y campesinos, cada uno con su sueño particular. Y el sueño –y el destrozo del sueño- empieza en el Galileo, como si el barco navegara en un mar de tierra y sus pasajeros, en los múltiples tipos y pasiones, representaran a la humanidad entera” (18).

Notas
1 Luzzani, Telma: “El Mirador”, en Clarín, 17 de octubre de 1999.
2 Frías, Miguel: “Noticias del mundo”, en Clarín, Buenos Aires, 3 de septiembre de 2000.
3 Sábato, Ernesto: Sobre héroes y tumbas. Buenos Aires, Seix Barral, 1998.
4 Dal Masetto, Antonio: Oscuramente fuerte es la vida. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
5 Cela, Adelina: “Madre Patria”, en La Capital, Mar del Plata, 5 de septiembre de 1999.
6 Castro, Rosalía de: Obra Poética. Barcelona, Biblioteca Bruguera, 1972.
7 Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Sitio Al Margen Revista Digital.
8 González Rouco, María: Entrevista vía e-mail realizada en febrero de 2003.
9 Ayala, Nora: op. cit..
10 Fijman, Jacobo: “Caminante” (poema inédito) en Clarín, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2002.
11 Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol de la gitana. Buenos Aires, Alfaguara, 1997. 293 pp.
12 Goldemberg, Susana: “Papá”, en Cuentos de la bobe. Buenos Aires, Sudamericana.
13 Weiss, Mónica: Muestra en Hotel de Inmigrantes, 2001.
14 Fesquet, Silvia: “La tierra de uno”, en Clarín Viva, Buenos Aires 8 de julio de 2001.
15 Villaverde, Betina: poema enviado por e-mail a MGR en 2004.
16 Cottereau, Pierre M. M.: Sueños y sombras. Villa General Belgrano, Còrdoba, Ediciòn del autor, 1997.
17 Cossa, Roberto: El Sur y después, en Teatro 3. Buenos Aires, Ediciones de la Flor.
18 Gambaro, Griselda: “L’América: el sueño en italiano”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de julio de 2002.

 

Un viaje penoso

     En sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los inmigrantes realizaban el viaje hacia América: “El italiano no había comenzado aún su éxodo de inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto sentido eran como cargamento de esclavos” (1).
     En su libro Los armenios en Buenos Aires, Nélida Boulgourdjián-Toufeksian expresa: “Las condiciones en que viajaban los inmigrantes no se correspondían con las descripciones de los folletos de propaganda distribuidos por el gobierno argentino. En 1907 se tomaron medidas para mejorar la travesía, disponiendo que cada pasajero tenía derecho a una superficie mínima de 1.30 metros cuadrados, a una cama de 1,80 metros de largo, a utilizar cocinas y baños a bordo así como al control médico” (2).
     Cuenta un inmigrante asturiano que “Las camas consistían en unos cajones parecidos a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse” (3).
    Para Valentìn Bianchi “transcurrieron muchas noches de insomnio, acostado en la estrecha cucheta del camarote, mientras pensaba en su nuevo destino y en cual serìa la suerte que le depararìa. Las incomodidades del barco carguero en el que viajaba tambièn le producìan desazòn. Tenìa que sobreponerse a las penurias del viaje y a sus interminables noches, cuando, con frecuencia, solìa sentir a las ratas correteando por sobre su cama” (4).
     No faltaban pasajeros como el italiano Deyacobbi:, nacido en 1886, quien, a los dieciséis años, “se embarcó como polizón siendo descubierto a los pocos días quedando a cargo del panadero del barco que le enseñó su oficio y le dio al llegar a Buenos Aires una recomendación para la empresa Molinos Río de la Plata” (5).
     “El primer recuerdo que me aparece es el viaje”, dice la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, novela de María Angélica Scotti que mereció el premio Emecé 1995/6. “En verdad, es más lo que me contaron que lo que vi con mis propios ojos –continúa. No sólo porque era muy pequeña sino también porque hice la travesía encerrada en un camarote muy especial: viajé oculta bajo las faldas de mamita”, porque “apenas zarpamos de Barcelona, mamita notó que yo tenía el cuerpo y las mejillas repletos de manchuelas coloradas. Ella ya había oído decir que a los enfermos los obligaban a bajar en el primer puerto, y por eso resolvió esconderme” (6).
     Remey Nuez Fontanals llegó desde Barcelona a la Argentina en 1947, a los veinte años. Recuerda el terrible viaje que debió soportar: “Viajamos en la bodega del barco Cabo de Nueva Esperanza. Los hombres por un lado y las mujeres por otro, en un lugar como un pozo, en el que para respirar, había sólo un tubo de lona que subía a la cubierta. Veintitrés días así... durmiendo en literas, en catres, como los judíos en los campos de concentración...” (7).
     En la bodega pasa su luna de miel el turco Víctor: “Fue un mes de viaje. Una inolvidable luna de miel junto con... su suegra. Sí, Luna dormía con su suegra en un camarote y Víctor en la bodega, con los demás hombres” (8).
     Francisco Lores Mascato, Presdente de la Federación de Asociaciones Gallegas, y su esposa, “En 1952 hicieron 10.000 kilómetros juntos, desde Ogrove a Buenos Aires, pero no cruzaron palabra. Quizás fue el mareo o la diferencia de edad: cuando se bajaron del vapor Entre Ríos, en el puerto de Buenos Aires, él tenía 19 y ella 8. Siete años después, un par de gaitas en San Telmo cambiaron las cosas. Boas noites, bonita, le dijo Paco, y María del Carmen aceptó bailar un pasodoble en la Federación de Entidades Gallegas. Cuatro décadas después, Lorena, la hija de ambos, canta antiguas canciones celtas en el mismo salón” (9).
     Cuando mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje de su abuela “con sus tres primeros hijos en la bodega del barco (tres meses viajando en condiciones precarias y los sueños intactos)” (10).
     Sin una madre que lo proteja, solo, viaja a los diez años, el padre del poeta González Carbalho. De su profunda pena dará testimonio el hijo en su lírica (11).
     A los trece emigra, desde los Bajos Pirineos, Bernardo Lalanne;. él relata en sus memorias: “En el año 1873 me vine a este hermoso país, la Argentina, con otros parientes del mismo pueblo, viajando bajo el cuidado de ellos hasta Buenos Aires” (12).
      A pesar de la tristeza, “La música y las danzas abundaban en el barco –escribe Scotti. Algunos tocaban el acordeón, otros la flauta, y por encima de la baraúnda, el violín diáfano de Padrazo” (13).
     Hacía música el galleguito de González Carbalho: “la armónica en los labios/ hice todo el viaje”(14).
     Cuando embarcó en Génova, Valentín Bianchi “portaba la vieja valija de la familia y su inseparable mandolina en la espalda” (15).
     En el océano, “cuando vino con otros/ encerrado en la panza de un buque”, aprendió el italiano del tango “La Violeta”, de Nicolás Olivari, la “canzoneta de pago lejano” que cantaba en la taberna (16).
     Hacer juntos semejante travesía crea lazos. Lo afirma Sergio Pujol: “Uno baila con los de su clase social, sus paisanos, los de su provincia, los de su misma edad, con los inmigrantes que llegaron con uno en el barco” (17).
     Johann Bodemann, quien emigró de Valais en 1857, recuerda: “Todo cambiaba cuando mejoraba el tiempo: se bailaba, se cantaba, se jugaba. El tiempo pasaba pronto. Con nosotros viajaban jóvenes alegres, quienes cantaban muy bien, más que todo al anochecer, cuando la luna hermosa alumbraba el mar tranquilo, y la brisa agradable soplaba del océano. Hemos visto una gran variedad de animales marinos. A veces bailábamos farándulas dando vueltas por todo el barco. Hemos pasado así muchas noches sobre el puente, hasta las doce o la una de la mañana, tan era eso hermoso” (18).
     También se escuchaban narraciones. Ana Padovani dice: “mi abuelo me contaba que cuando vino en barco a la Argentina, los pasajeros de la primera clase bajaban a la bodega para oír los relatos de los inmigrantes de tercera clase” (19).
     Algunos viajeros traían libros. El padre de Rodolfo Alonso trajo de España un Juan Moreira, un Quijote, un Martín Fierro y un Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, “toda una significativa selección”(20); mi abuela, la Imitación de Cristo, de Kempis.
     Muchos traían el manual que les ayudaría a manejarse en América: “los gobiernos preparaban manuales escritos por ‘doctores en viajes’ y no necesariamente basados en experiencias. Eran redactados para orientar a los futuros colonos y contenían precisas instrucciones acerca de lo que sería el viaje, la llegada y la posterior vida en un país extraño. Cómo sacar un boleto, cómo conseguir empleo, cómo cuidarse de los estafadores. Aconsejaban no quedarse en Buenos Aires, ya que más lejos de los centros urbanos, tendrían mayores probabilidades de hacer fortuna. Y otras curiosidades, como por ejemplo, consejos acerca de los hábitos de nuestro país y de otros, como Italia” (21).
     Los que podían, traían ahorros. Cuando Lajos Fehér salió de su Hungría natal, “llevaba consigo todos los ahorros que había juntado en los últimos años, a los que había ocultado en dos partes diferentes: una mitad eran billetes cosidos dentro del forro de un inmenso sobretodo con el que acostumbraba enfrentar los rigurosísimos fríos de la Pusta Húngara, billetes de divisa internacional que habían sido acopiados lenta y cuidadosamente a través de los escasos medios para conseguirlos con que se contaba en la Europa en guerra de esos momentos. La otra mitad, eran monedas de oro que había colocado en el lugar del motorcito ausente de un gramófono portátil que formaba parte de su equipaje, motor que estaba a mano dentro de una de sus valijas, para cuando fuese necesario demostrar que el aparato musical era bueno y en funcionamiento” (22). En América, el hombre se enterará de que los billetes eran falsos. Lo habían engañado.
     Arturo Lezcano me escribe que la madre de José María Martín trajo desde Galicia un cuadro titulado “La abuela y el niño”, de Fernando Alvarez de Sotomayor. Pensaba procurarse con su venta algún dinero para establecerse en América.
     Un armenio viajaba con un recuerdo de familia: “la palangana de cobre que, vaya uno a saber por qué, era el único utensilio que Krikor había traido a la Argentina, luego de pasar trabajosamente algunas aduanas que, entre aclaraciones y confusiones le permitieron eludir el tax, palabra que nunca pudo comprender, aunque le sonaba a crujido o a vidrios rotos, y resultaba amenazante en boca de un empleado de Aduana. Aquella palangana era como un tesoro familiar, al que su padre enaltecía cada vez que se bañaban”. Otro había traido un hammám tazé, el tazón de bronce, para el baño, parecido a un plato encasquetado. En ese recipiente cargaban el agua tibia que, partiendo desde la cabeza, servía para arrastrar todo lo que dejaba de pertenecer al cuerpo. (...) El hammám tazé era un obsequio de Aigás, ese recipiente de metal era su única pertenencia de desterrado”.
     Otros traìan secuelas de la tortura. Un inmigrante relata a su hijo: “Tù sabes que los turcos nos hicieron sufrir muchas humillaciones. Entre ellas, la de clavar herraduras en los pies de algunos armenios, como si fueran animales. Durante el viaje a la Argentina, en el barco, conocì a uno de ellos. Caminaba rengueando y usaba zapatos con plataforma”.
     Y la culpa. Recuerda un armenio: en el barco “a los pocos días comencé a sentirme mal. No eran solamente los mareos. Sentía sobre mí una carga aplastante que iba creciendo. Mis compañeros creían que se debía a la alimentación y hasta me daban parte de sus escasas raciones. Yo no tenía apetito. Es sorprendente comprobar cómo las desventuras nos quitan hasta las ganas de comer y qué corta es la distancia entre el bienestar y las miserias. Yo escapaba mientras los míos quizás estaban muertos o muriendo, en el momento que más se necesita la compañía de los seres queridos. Pues, allí no estaba yo. Los muertos eran mejores que yo. Me di muchas respuestas que no sirvieron para aliviarme. Nacía en mí un sentimiento de culpa, pero la peor de todas, la más difícil de soportar: la culpa de sobrevivir a una tragedia familiar. Los otros polizones también escapaban, pero ninguno con mis cargas” (23).
     Alberto Luis Ponzo expresa en “Dibujos de papá”: “Seguí durante horas/ la cabeza/ que viajaba desde Italia/ dejando olas y vientos/ navegando en la piel” (24).
     Ema Wolf afirma que no sólo venían personas en los barcos. Venían también extraños personajes como el Mamucca, un duende que llegó desde Sicilia: “Con toda seguridad llegó acá en un barco. Lo habrá traído algún inmigrante en su bolsillo, en la bocamanga de los pantalones o en el pliegue del sombrero. Lo habrá traído sin querer, sin darse cuenta. Porque uno puede mudarse de continente llevando hasta un ropero, pero a nadie se le ocurriría cargar a propósito con algo tan fastidioso como el Mamucca” (25).
     Al pasar la línea del Ecuador –relata Johann Bodemann-, los pasajeros debían someterse a una costumbre marinera: “El trece de junio habíamos pasado el ecuador, y estábamos del otro lado del hemisferio. Los marineros hicieron un gran fuego para festejarlo. Al día siguiente nos hicieron saber que todos debíamos someternos al bautismo de la línea, como era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea del ecuador. Las personas adultas tenían que sentarse sobre una silla, mientras los marineros llegaban disfrazados: uno como cura con un gran libro en las manos, otro como peluquero con una navaja de madera, seguido por tres o cuatro hombres con grandes baldes de agua, y un último con una sábana mojada que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de negro el cuerpo del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto surgían detrás de él, los hombres con baldes de agua que vaciaban sobre la cabeza del bautizado. Después el cura inscribía el nombre y el apellido en el gran libro. Una vez esto cumplido, el capitán llegaba y le hacía beber aguardiente. Fue así con cada uno de los hombres, fueran presidentes de la comuna o simples ciudadanos. Después le tocó el turno a los marineros, y para terminar, al capitán. Muchos rehusaron este juego, pero fueron más maltratados que los voluntarios. En cuanto a las personas del sexo femenino se les pedía solamente descalzarse y mojarse los pies en un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo nada. Después los marineros nos pidieron la propina, se vistieron con trajes de fiesta y se divirtieron” (26).
     “Alguien le hizo una broma al napolitano –escribe Dal Masetto-: le robó un zapato. El napolitano está parado en cubierta con un pie descalzo. Anda así desde hace varios días porque no tiene otro par. Habla en voz alta, acusa, está dolorido y furioso. Los demás lo miran desde lejos, divertidos y expectantes. Por fin el napolitano se quita el zapato que le queda, lo levanta sobre su cabeza, lo muestra y después lo arroja al mar. En ese momento, venido desde alguna parte, el otro zapato cruza el aire y cae a sus pies. El napolitano lo levanta y lo tira también por encima de la borda. ‘Ahora’, grita, ‘tendré que desembarcar descalzo’ “ (27).
     Los aspectos desagradables de la travesía son evocados en muchos testimonios. “Había en ese barco a la vez, mucho hacinamiento y revoltijo –narra María Angélica Scotti. Yo no me acuerdo nada de eso, pero mamita contaba que era imposible encontrar un lugar limpio para sentarse porque el piso estaba lleno de mondaduras de frutas y restos de galletas o de comidas. Contaba que muchos se mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios flotaban olores nauseabundos, por los vómitos y porque las criaturas orinaban en cualquier rincón” (28).
     Pero los olores no llegaban a la distinguida primera clase: “En el barco –relata Henestrosa-, los brillos y perfumes de los ricos estaban confinados en un salón, bien protegidos de los vahos de la chusma que se apiñaba en la bodega” (29).
     “Dicen que el aire de mar a unos les provoca náuseas y a otros unas peculiares ansias –continúa Scotti. Padrazo contaba que a él el viaje se le hizo harto breve, que no sentía las molestias ni los calores de cuando alcanzaron el Ecuador y los trópicos,”(30).
     En plena travesía, una mujer dio a luz. Lo relata Johann Bodemann: “Les tengo que indicar que durante el mareo, la mujer de Heimen, de Niederwal, tuvo familia, una hermosa niña. No pudimos ayudarla porque todos estábamos enfermos, nadie podía tenerse parado, y menos, caminar. Fueron los marineros quienes tuvieron que hacer de partera. El doctor mismo estaba enfermo. Menos mal que todo pasó pronto. En todo caso, a ese doctor le importaba un comino los pasajeros. Sin nuestro buen capitán el servicio hubiera sido muy miserable”. Fue el capitán quién solucionó a Bodemann y los suyos el problema de la alimentación en el barco (31).
     También el diario de un asturiano que emigra ilegalmente a la Argentina nos habla de la alimentación a bordo (32). Mal la pasó una asturiana de quince años, a quien “unas manzanas deliciosas de Río Negro (...) la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas” (33).
    Viajando en esas condiciones, era fácil que se propagaran las enfermedades. Acerca de la salud de los ucranios en el mar, relata María Arcuschín: “Los niños, más pequeños, con la inestabilidad propia de su edad y desconociendo los peligros, corrían de popa a proa, perseguidos por sus hermanos mayores. Todo lo querían curiosear. Hasta que, atacados algunos por estados febriles, quedaban atrapados en sus cuchetas, sin darle descanso a los mayores, con sus llantos y quejidos. Todo se soportó estoicamente” (34).
     Cuenta Isaías Leo Kremer que una mujer murió durante la travesía: “Dicen que su madre había fallecido en el barco que la traía desde Rusia y que quince familias judías se juramentaron para cuidar al niño hasta su mayoría de edad, pues no poseía parientes cercanos conocidos en la Argentina” (35).
     Syria Poletti narra en Gente conmigo lo sucedido a una pareja italiana: “El llegó primero; trabajó duro y construyó la casa. Entonces se casaron por poder y ella tomó el barco. Un barco hacia América, hacia él, hacia el nuevo hogar. Durante la travesía la contagió el tracoma y no pudo desembarcar. Las prescripciones sanitarias no lo permitieron. Y él tampoco pudo subir a la nave. Debió conformarse con agitar el pañuelo desde el muelle cuando el buque zarpó de regreso a Italia”. La narradora sabe bien por qué sucedió eso a la infortunada pareja de emigrantes: “Ella había contraído el tracoma por viajar junto a algún enfermo clandestino. Un enfermo a quien alguien –un médico o un traductor- habría posibilitado el embarco eludiendo o alterando un diagnóstico” (36).
     Salvador Petrella, personaje de Frontera sur, muere de fiebre amarilla en el barco. Su cuerpo fue cremado en el horno del lazareto de la Isla Martín García. La novia que lo esperaba “pone el brazo izquierdo sobre la mesa, la mano abierta, la palma arriba, y con la derecha se da un hachazo...” . Esa fue la espantosa forma en que se suicidó. (37).
     A las enfermedades a bordo se refiere asimismo Claudio Savoia, quien afirma que la “fiebre inmigratoria”de 1907 fue bautizada así por los historiadores porque casi todos los pasajeros de los barcos llegaron a la Argentina con fiebre (38).
     Como la inmigrante que evoca Poletti, aunque por otro motivo, a Italia vuelve también el protagonista de Guido de Andrés Rivera, a quién se le aplicó la Ley de Residencia 4144. Dice el hombre: “Estoy aquí, en un camarote o calabozo, de dos por dos y medio, tirado en una roñosa cucheta, vestido, el cigarrillo en la mano, roja la brasa del cigarrillo, y sobre mí, encendida, una lámpara que ellos rodearon con tiras de metal. Idiotas, creen que trasladan a suicidas. (...) soy un tipo que se llama Guido Fioravanti y que los patrones de este desgraciado país, envían, como un saludo, a la bestia de la Romagna” (39).
     El viaje era insalubre y riesgoso. En el cuento de Luis León, “Izmir, Vísperas de Pésaj”, judíos de Esmirna preparan su viaje hacia la “Aryintina, como Ierushalám, tierra prometida de leche y miel...” (40). En “Chacarita, Vísperas de Pésaj”, del mismo autor, un hombre recuerda con pesar esos “cuarenta días en el vapor” que “no fueron menos que cuarenta años en el desierto” (41).
     Interminable debe haber sido el viaje para la alemana Renate Schotellius, cuyo buque no llegó a tiempo, lo que alarmó a la adolescente: “Yo viajaría treinta y ocho días en barco y llegaría un día determinado, que mi tío sabía cuál era. El problema fue que el barco se atrasó tres días y, al llegar, era Carnaval. Me sentí muy asustada, porque pensaba que mi tío me dejaría allí y tendría que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó sin ningún problema, le habían avisado” (42).
     Gyula Kósice dijo en una entrevista: “ ‘He viajado 28 días en barco, y lo único que veía eran las estrellas y el mar. Evidentemente, quedé influenciado por esa travesía’. Habla de su llegada a la Argentina, a los 4 años, proveniente de Kosice, un pueblo de Hungría” (43).
     A Stéfano, protagonista que da el nombre a la novela de María Teresa Andruetto, le toca en suerte un viaje accidentado: “En medio de la noche los ha despertado la tormenta, el ruido del agua contra la banda de estribor. El llanto de un niño viene del camarote vecino o de otro que está más allá. Aquí donde ellos esperan, nadie grita, sólo el hombre de jaspeado dice que el mar esta noche no quiere calmarse y es todo lo que dice; habla con serenidad, pero Stéfano sabe que está asustado. Al llanto del niño se han sumado otros, pero nadie ha de tener más miedo que él, que quisiera que a este barco llegara su madre y lo apretara entre los brazos y le dijera, como cuando era pequeño y todavía no soñaba con América, duerme, ya pasará” (44).
     Los descendientes de una inmigrante cuentan la forma en que ella y sus hijos salvaron la vida: “Ana Dubroff vino vía Génova, con León (hijo) y Berta. Una señora que viajaba en el mismo barco se enfermo gravemente. Ana era o se hizo muy amiga y cuando el capitán del barco decidió que la enferma debía bajar en Génova por la gravedad de su estado, Ana decidió a su vez bajar con su familia y quedarse a cuidarla. El barco siguió su viaje y naufrago, sin llegar jamas a Argentina. Eso explica por que la familia Dubroff era de las pocas que arribo a Argentina sin samovar: la mayor parte de sus cosas se hundieron con el barco” (45).
     Nada tenían que ver con el clima las desventuras de los intelectuales españoles que llegaron a bordo del Massilia, el 5 de noviembre de 1939. Esta noticia apareció al día siguiente en el diario Noticias Gráficas: “Las medidas adoptadas contra el grupo de intelectuales y artistas españoles son de un rigorismo que sólo tratándose de peligrosos confinados se hubieran aceptado.... Un marinero nos informó que los españoles refugiados tenían orden de que nadie se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey. Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden terminante de que ese grupo de gente que representa de modos distintos a la cultura y el cerebro de España permanezca en la sombría situación de los delincuentes incomunicados” (46).
     El escritor Rodolfo Alonso afirma, refiriéndose a los exiliados gallegos, que “si Buenos Aires –y con ella la Argentina- hacía ya mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes (obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939 vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos, periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que, firmemente afianzados en su colectividad, entonces mayoritariamente republicana, y reunidos alrededor de una figura ejemplar: Alfonso R. Castelao, no sólo líder político sino en realidad un humanista, durante décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica capital de la cultura gallega enmudecida en su tierra por el franquismo” (47).

Notas
1 Mansilla, Lucio V.: Mis memorias
2 Boulgourdjian Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires. La reconstrucción de la identidad (1900-1950).. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
3 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
4 Bianchi, Alcides J.: Valentìn el inmigrante. Santiago de Chile, Ediciòn del autor, 1987.
5 S/F: “El negocio del hielo”, en La Capital, Mar del Plata, 25 de mayo de 2000.
6 Scotti, María Angélica: Diario de ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996.
7 Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
8 S/F: “Una mamá que hoy celebra sus 100 años”, en La Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de 2002.
9 Peralta, Elena: “Clubes españoles”, en Clarín, Buenos Aires, 3 de julio de 2005.
10 Carballeda, Elsa: “El altillo de Elsa”, en Floresta y su mundo, Año 9, N° 106, Febrero 1999.
11 Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletín Galego de Literatura.
12 Lalanne, Bernardo: “Memorias”, en Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 1997, Revista N°3.
13 Scotti, María Angélica: op. cit.
14 Requeni, Antonio: op. cit.
15 Bianchi, Alcides J.: op. cit.
16 Olivari, Nicolás: “La violeta”, citado por Cirigliano, Gustavo, en “Disquisiciones tangueras”, en El Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001.
17 Pujol, Sergio.: “El baile, una historia de sexo, violencia y tensiones sociales”, en La Capital, Mar del Plata, 13 de febrero de 2000.
18 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1992.
19 Itzcovich, Mabel: “De profesión, contadoras de cuentos”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1997.
20 Alonso, Rodolfo: en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
21 S/F: “Hotel museo para la memoria”, en La Voz del Interior on line, Córdoba, 24 de julio de 2002.
22 Weisz, José Martín: op. cit.
23 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires, Ediciòn del autor, 1998.
24 Ponzo, Alberto Luis: “Dibujos de papá”, en El Tiempo, Azul, 20 de junio de 1999.
25 Wolf, Ema: “El mamucca” en Clarín, Buenos Aires, 22 de marzo de 1998.
26 Vernaz , Celia: op. cit.
27 Dal Masetto, Antonio: La tierra incomparable. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
28 Scotti, María Angélica: op. cit.
29 Henestrosa, María Guadalupe: Las ingratas. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002.
30 Scotti, María Angélica: op.cit.
31 Vernaz, Celia: op. cit.
32 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
33 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
34 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.
35 Kremer, Isaías Leo: “Proveeduría ‘El Progreso’“, en Mundo Israelita, Buenos Aires, 8 de agosto de 2003.
36 Poletti, Syria: op. cit
37 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
38 Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
39 Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el Paraíso. Alfaguara, 2002.
40 León Luis: “Izmir, Vísperas de Pésaj”, en SEFARaires N° 1, mayo de 2002.
41                  “Chacarita., Vísperas de Pésaj”, en SEFARaires N° 2, junio de 2002.
42 Schotellius, Renate, en “Bajaron de los barcos. Historia de la inmigración en Argentina”, Colegio Schönthal, www.monografias.com
43 Repar, Matías: “ENTREVISTA CON GYULA KOSICE, INVENTOR FULL TIME DEL ARTE ARGENTINO ‘El mundo no me necesita, pero para el arte contemporáneo soy inevitable’ “, en Clarín, Buenos Aires, 3 de julio de 2005.
44 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
45 Rotstein, Enrique y Fabio: “Fanny Dubroff y David Rotstein”, en www.math.bu.edu/people/ horacio/ anc-cast.htm
46 Schwarzstein, Dora: “La llegada de los republicanos españoles a la Argentina”, en Estudios Migratorios Latinoamericanos, 37. CEMLA. Buenos Aires, 1997.
47 Alonso, Rodolfo: “La Galicia del Plata”, en El Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 2002.

 

En el puerto

     “Mole de mundo,/ cargado de niñez, hombres y tumbos,/ arribaste”, canta Carolina de Grinbaum en “Llegaste”. (1). Por fin, se avista la tierra americana.
     “Un día el barco atracó en la ribera/-dice el poema de Roberto Druetta- y dos mozalbetes bajaron de él,/ portando valijas llenas de ilusiones,/ repletas de sueños y de mucha fe”(2).
     “Desde el vapor hasta la costa –relata el pionero holandés Diego Zijlstra, en Cual ovejas sin pastor- tuvimos que navegar en carro y lancha unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí...” (3).
     El narrador describe, en Frontera sur, uno de los tantos desembarcos de inmigrantes, en la década del 80: “Los buques anclaban muy lejos de la costa, y viajeros, equipajes y mercancías pasaban, o eran arrojados, a una gabarra o a varios botes pequeños, que lo llevaban todo a los carros en que, finalmente, salía del agua. Si el calado no resistía una quilla, por escasa que fuese, las irregularidades del fondo lo hacían en algunos puntos excesivo par alguna de las ruedas de los vehículos, que encallaban o volcaban, arrastrando su carga al desastre. Padre e hijo presenciaron un desembarco, pendientes del bamboleo y los sobresaltos de los carros, del griterío de los que temían ahogarse en aquel tramo de su odisea, que imaginaban último, y de las voces de quienes, de pie en los pescantes, guiaban a las bestias. Ramón abandonó la contemplación de las inmundicias que las llantas arrancaban del limo y sacaban a la superficie cuando su padre fue a reunirse con un mayoral de mirada torcida” (4).
     A criterio de Delfín Garasa, “Una de las más cumplidas descripciones de un heterogéneo desembarco es la que ofrece Luis Pascarella en su novela-alegato documental, El conventillo. Llega el Christoforo Colombo y primero bajan los hombres de negocio con su apoplética cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados a dar órdenes y ser obedecidos, los turistas ingleses con sus máquinas fotográficas y algunas señoras un tanto perplejas por no ver en el muelle indios con plumas y taparrabos. Por ese entonces, el viaje a Europa empezaba a otorgar prestigio social, y los argentinos que regresan cambian opiniones en alta voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente, aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los azares de las proclamas políticas, un ‘enorme hormiguero’ que había viajado en el mayor hacinamiento. Rostros curtidos, exhaustos, azorados. En todos se presiente la pregunta: ¿Qué les deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada se ilumina o un brazo se agita en alto porque se ha reconocido a alguien en la muchedumbre que espera. Van bajando los hebreos de desgreñadas barbas y gastados levitones, los ‘turcos’ con sus espaldas combadas, los nórdicos enjutos, los napolitanos pequeños y retorcidos como raíces, los andaluces gárrulos, los gallegos pacientes, los holandeses esponjosos, los genoveses de músculo recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la tierra que los acoge y tras su actitud ritual se adivina un pasado de penurias y recelos. Y agrega Pascarella: ‘La gran ciudad de calles dirigidas hacia el Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada en un ambiente de libertad (...) se reproducirá en su inmensidad desierta” (5).
     Desembarcan los inmigrantes en Irresponsable, de M. T. Podestá: "A lo lejos empezó a divisar una caravana de hombres, mujeres y niños, que parecían acudir a alguna feria. Era una larga fila de inmigrantes que cruzaban la plaza marchando detrás de sus equipajes que ellos mismos ayudaban a transportar. Jóvenes en su mayor parte, fuertes, vigorosos, con esa robustez peculiar de los hijos de las montañas. Vestían sus mejores trajes: los hombres, sus chaquetillas lustrosas, con botones de metal, colgadas del hombro derecho, y dejando ver su camisa blanca, amplia, de hilo crudo, sujeta al cuello con un pañuelo de seda multicolor; sombrero de fieltro, en cuya cinta habían colocado algunos una pluma; el brazo izquierdo desnudo, musculoso, férreo, caras plácidas, de hombres sanos, contentos, sanguíneos; hablaban fuerte en su dialecto especial, echando tal vez sus cuentas sobre la probabilidad de una próxima fortuna. Algunos llevaban en sus brazos criaturas rollizas, rubias, con la plasticidad exuberante de la buena pasta con que estaban amasados; otros iban encorvados, cargando sobre sus espaldas cuadradas sus baúles y sus valijas, jadeantes, colorados, dejando caer gruesas gotas de sudor sobre la arena caliente y brillante del suelo. Las mujeres, con sus trajes de aldeanas, de colores vivos, con sus caderas anchas, redondeadas, sobre las que apoyaban negligentemente su mano. De facciones correctas, y algunas hasta hermosas, con sus colores de manzana madura, sus grandes ojos negros, vivos y de mirar curioso; dentadura fuerte, blanca, compacta, y un seno elevado, turgente, capaz de alimentar tres chicuelos hambrientos; cubría su cabeza un pañuelo de lanilla de fondo gris con flores estampadas, atado delante con un nudo abierto: una simple vuelta para que los dos extremos de sus puntas simétricas caigan con igual armonía sobre los hombros; la garganta descubierta, blanca, ostentando vueltas de cadenas de gruesas cuentas de oro, en cuyo centro colgaban amuletos de coral o la imagen venerada de la madona de su aldea. Iban caminando lentamente detrás del carro y sus equipajes: un gran carro, en el que se había apiñado una pirámide de baúles, de valijas, cestas nuevas, en cuyos escalones iban sentados algunos de los inmigrantes, en mangas de camisa, con el pecho descubierto, quemado por el sol, y a la sombra de grandes paraguas verdes y colorados para proteger a los niños que estaban allí prendidos al pecho de las madres recostadas cómodamente contra las valijas. Era una especie de marcha triunfal a las doce del día bajo los rayos del sol ardiente; parecía una ovación a este pedazo de la América, cuya fama corre hasta golpear las puertas de las aldeas más remotas, en busca de brazos vigorosos con la insignia de la mies y del arado. ¡Cuántos se acordarían de sus hogares y cielo, a quienes habían saludado por última vez al doblar el camino de sus queridas montañas; enviando una despedida cariñosa al campanario de su aldea que parecía asomarse empinado desde el fondo del valle para decirles una vez más: aquí los espero... ¡hasta la vuelta!” (6).
     Jorge Isaac evoca, en Una ciudad junto al río, el momento en que los extranjeros arriban a la nueva tierra: “Los inmigrantes, aunque vengan en el mismo barco, llegan y descienden aquí de manera diferente según sea su origen que nosotros, con sólo mirarlos y hasta a veces sin oírlos, hemos aprendido a determinar con riesgo escaso de equivocarnos”. Seguidamente, describe el desembarco de italianos, alemanes, españoles, judíos y árabes, señalando las peculiares características de cada grupo.
     Y el desembarco de un enfermo: “Llegó la segunda tanda de ‘polacos’. Uno, vino enfermo. Lo bajaron dificultosamente del barco, lo llevaron casi arrastrándolo sobre la larga planchada y luego, alzándolo en vilo, lo trasladaron hasta debajo de los árboles donde se hallaban, en varios grupos, los demás. (...) De vez en cuando retorcíase y gemía, sin abrir los ojos. (...) Media hora después, llegó la ambulancia. Un carretón tétrico, tirado por cuatro alazanes bien alimentados, muy parecido a otro que sirve de fúnebre pero del que tiran unos caballos renegridos. Casi podría decirse que la variante consiste tan sólo en el color de los animales. Lo cargaron al enfermo sin que él se diese cuenta. Mantenía los ojos cerrados y los miembros blandos, sin fuerza, exhalando de vez en cuando un gemido corto”. Un largo rato después, el narrador recibe el legado del polaco: una bolsa conteniendo una colchoneta, varios tarros ennegrecidos por el humo de las fogatas y un paquete con hierbas de varias clases (7).
     En La rejión del trigo, Estanislao Zeballos imagina el estado de ánimo del inmigrante: “Mirad al colono en el muelle, pobre, desvalido, conducido hasta allí después de haber sido desembarcado á espensas del gobierno, sin relaciones, sin capital, sin rumbos ciertos, ignorante de la geografía argentina y de la lengua castellana, lleno de las zozobras y de las palpitaciones que agitan al corazón en el momento supremo en que el hombre se para frente a frente de su destino para abordar las soluciones del porvenir, con una energía amortiguada por la perplejidad que produce la falta de conocimiento del teatro que se pisa, y las rancias preocupaciones sobre nuestro carácter, el más hospitalario del mundo por redondo y el más vejado en Europa por nécias o pérfidas publicaciones. Solamente lo alientan en tan extraña situación de espíritu las aptitudes que lo adornan y la voluntad de hacerlas valer” (8).
     La protagonista de Virgen, novela de Gabriel Báñez finalista en el Premio Planeta, aún anciana “podía escuchar el rolido de las aguas contra el casco del lanchón de amarre, los saludos violentos de la tripulación a lo lejos, y la mano aterrada de su padre mientras le ayudaba a bajar de la planchada. No iba a olvidarla jamás: era una mano con consistencia de pez, húmeda y avergonzada” (9).
     Un pasajero es recordado por Susana Aguad, su nieta, en “Al bajar del barco”, donde escribe: “Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules y verdes” (10).
     La casa de Myra es la novela de Aurora Alonso de Rocha que mereció el Segundo Premio Xerox para autores inéditos, en 2001. En ella, la escritora relata qué sucedía, en el año 1874, cuando los inmigrantes descendían del barco: “Un mulato joven movía con el pie descalzo el pedal de la máquina. Con cada golpe una nube de cal pulverizada cubría la ropa, las manos, la cara, el equipaje de cada viajero” (11).
     Más tarde, se utilizó otro procedimiento. En La noche lombarda, Atilio Betti recrea, al acostarse en su camarote del barco que lo lleva a Italia, el duro trance que sufrió el padre del protagonista, junto con otros pasajeros: “Un chorro de agua, un manguerazo brutal, le dio en la cara. Lo vi trastabillar, mojado. Lo vi llorar de indignación y afirmarse en los zapatos claveteados, agarrándose fuertemente del tirador negro, sobre el torso sin saco, para no caer bajo el golpe del agua. (...) En tropel, árabes y turcos aparecían y desaparecían alrededor de mi padre. Corrían, gritando, aullando, perros mojados, perros azotados a manguerazos, a refugiarse bajo mi cama mientras que papá, rascándose con furia las axilas, gritaba o gemía, o gritaba y gemía al mismo tiempo: ¡Piojosos! ¡Piojosos!” (12).
     Otro escritor alude a esa práctica: “De aquella antigua inmigración que inspiró al dramaturgo Vacarezza, a la que desinfectaban con los chorros de fumigadores de animales sobre los muelles de Puerto Madero donde hoy se come con inmaculada vajilla, quedan sus jerarquizados descendientes –nosotros-, bruscamente sobresaltados”, afirma Orlando Barone (13).
     Aún en América, en muchos inmigrantes el miedo persiste. El capitán croata Miro Kovacic recuerda que, cuando desembarcaron, había “un fotógrafo que se ofrecía a sacar fotos a las familias. Más de uno huía cuando lo veían aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no querían precisamente hacer pública su llegada, ni que su cara quedara fijada para siempre en un papel que podría ser utilizado por alguien más adelante. Todos veníamos con la intención de iniciar una nueva vida. Habíamos sufrido demasiado. Estuviéramos del lado que estuviéramos. De la guerra ningún ser humano sale indemne” (14).
     En la nueva tierra, había reglamentos que cumplir. Samuel Watch, polaco, había llegado años antes; al arribar Raquel, “para poder bajar del barco se tuvieron que casar en el Hotel de Inmigrantes, casi sin conocerse” (15).
      Y trámites que realizar: “Un pequeñísimo inmigrante ilegal. Así fue como arrancó su historia en este país Clorindo Testa, un bebé de tres meses que, a upa de su mamá, quedó demorado muchas horas en un barco mientras afuera, en el puerto de Buenos Aires, la discusiones en torno a su ingreso, que sí que no, arreciaban entre su padre y los funcionarios de migraciones. (...) Hijo de Juan Andrés, un médico radiólogo afincado en el país desde 1910, y de la argentina Ester García, Clorindo Testa (también Manuel José pero sólo de bautismo) nació el 10 de diciembre de 1923 en Nápoles, por designio romanticista de su papá, quien se embarcó con su mujer embarazada para que el primogénito conociera la luz en la tierra de sus mayores. ‘Pero al volver, al viejo no se le ocurrió que tenía que anotarme en el consulado argentino, pensó que si venía con ellos alcanzaría con el registro civil italiano’, explica”(16).
     La ciudad que recibe al inmigrante es aquella que evoca Marcos Alpersohn, en 1891: “No se veía persona alguna en las calles. Edificios dañados, puertas y ventanas protegidas por rejas de hierro. Escasos tranvías se arrastraban perezosamente por las arterias céntricas, conduciendo a muy pocos pasajeros” (17).
      Baldomero Fernández Moreno, en La patria desconocida, recuerda.: “La primera impresión de mi madre, que tenía dieciocho años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin cloacas, así que cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y los transeúntes eran pasados a babuchas por alguien que se encargaba de ello. Las revueltas de la época, las calles empinadas en barricadas, las tropas que a todos les parecían siniestras después de los atildados soldados europeos. Aquellos días de lluvia interminables en que ni el pan ni la carne ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías de caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído exhalar con tanta nostalgia como a mi madre” (18).
     Oscar González, en “La anunciación”, brinda otra visión de la ciudad: la que tiene una mujer italiana, quien “desembarcó asombrada un día cualquiera,/ En un extraño puerto sin molinos ni cabras” (19).
     Y Arcuschín, la de los judíos ucranios: “Al bajar se sorprendieron de la brillantez de la luz solar, la diafanidad del cielo y la cordialidad con que fueron recibidos. Buenos Aires hacia 1906, era una ciudad chata, de casas bajas, con un puerto pequeño y muy pocos medios de transporte. (...) Sin embargo, la primera impresión no dejó de desilusionarlos” (20).
     Décadas después, el teniente coronel Walther Werner, de las fuerzas especiales nazis, intenta imaginar la ciudad en la que crece su hijo: “¿Cómo sería esa ciudad de Buenos Aires? Tengo referencias vagas, fotos vistas en un álbum de turismo. Imagino una ciudad de casas bajas, calles muy quietas, con avenidas largas y monótonas como las de ciertos barrios de Londres. Es un pueblo bastardo, pero casi blanco y amigo de Alemania”. Lo narra Abel Posse en El viajero de Agartha, novela que obtuvo el Premio Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México (21).
     Del barco, al Registro Civil, donde se les proporcionará el documento argentino. Gabriel Báñez relata algunas anécdotas al respecto: “Las escenas más patéticas tenían lugar en el Registro Civil del puerto, sin embargo, ya que en el vértigo de las anotaciones los empleados de Inmigraciones, que no entendían ni medio, terminaban inscribiéndolos por aproximación, con traducciones bárbaras y fulminantes, así que cuando alguien decía Damianovich o Dimitropoulos, ellos copiaban Damián Vich o Demetrio Pulos. Nadie traspasaba las oficinas de documentación con el apellido indemne”(22).
     Fruto de este accionar es el apellido de una familia de origen polaco. Así lo explica Ana María Shua: “ese Gedalia nunca se llamó exactamente Rimetka. El apellido Rimetka fue el producto de una combinación de la fineza auditiva y la arbitrariedad ortográfica de cierto empleado, sumadas a su particular forma de interpretar un documento escrito en una lengua desconocida, más su concepto personal sobre el apellido que debía llevar en el país un extranjero proveniente de Polonia: del empleado del registro civil que, en su momento, le tomó los datos al abuelo Gedalia para confeccionar su documento argentino. Como tantas otras familias de inmigrantes, los Rimetka tuvieron, así, un apellido intensamente nacional, un producto aborigen, mucho más auténticamente argentino que un apellido español correctamente deletreado, un apellido, Rimetka, que jamás existió en el idioma o en el lugar de origen del abuelo, que jamás existió en otro país ni en otro tiempo” (23).
     “Hijo de Gerónimo, un capitán de barco yugoslavo apellidado Poklépovich, Caride llevó ese apellido hasta los 19 años, cuando harto de que lo transformaran en Lipoclepo o en Popoclopovich, se quedó con el Caride por parte de madre” (24).
     En una reunión de inmigrantes armenios, “entre todos festejaron los errores de los apellidos actuales, ante la imposibilidad de los funcionarios de encontrar letras algunos sonidos del idioma armenio. No faltaban hermanos con distintos apellidos. El filoso sable del turco alcanzaba a seccionar algunos nombres. Esa primera generación llevaba nombres armenios, aunque o pasaran el riguroso examen del Registro Civil. Pero en familia se los llamaba por su nombre verdadero; el apócrifo era el de los documentos. Con las edades sucedía lo mismo. Algunos se agregaban años para poder viajar como mayores, porque no tenían ningún familiar. A otros, por falta de dinero, les quitaban años y pasaban como menores. Era cuestión de sobrevivir” (25).
     Relata Carlos Prebble, descendiente de escoceses y españoles: “mi abuelo materno llegó, a principios del siglo XX, al puerto de Buenos Aires; viajaban con él muchos parientes. Cuando el empleado de Migraciones le preguntó su nombre, él dijo “Moisés José Almendra”. El empleado le contestó: “¿Cómo se van a apellidar Almendra, si son tantos?”. En el documento argentino que recibieron, todos ellos se apellidaban Almendros. Y así se apellidan sus descendientes argentinos.
     En “Historia de una inmigración”, leemos: “Contaba una señora que el apellido de muchas familias tiene un origen particular: cuando comienza la inmigración, muchos no tenían siquiera un documento. Otros por cuestiones de la guerra dejaban a sus hijos a cuidados de otras familias, quienes los anotaban con el nombre de estas familias. Las familias representaban a los lugares de origen. La familia Huck, por ejemplo, era en alusión a un pueblo de nombre Huck en la zona de Rusia, Saratow” (26).

Notas
1 Grinbaum, Carolina de: “Llegaste”, en Inmolación. Buenos Aires, el grillo, 2002.
2 Druetta, Roberto Antonio: “Inmigrantes”, en Colonia Castelar. Su centenaria epopeya de trabajo y amor 1890-1990, citado en www.nalejandria.com/01/tarbut/novedad/pikudei/inmigr.htm
3 S/F: “Historia de pioneros”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de febrero de 2002.
4 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit.
5 Garasa, Delfín Leocadio: La otra Buenos Aires. Paseos literarios por barrios y calles de la ciudad. Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1987.
6 Podestá, M. T.: Irresponsable. Buenos Aires, Editorial Minerva, 1924.
7 Isaac, Jorge E.: Una ciudad junto al río. Buenos Aires, Marymar, 1986.
8 Zeballos, Estanislao: La rejión del trigo. Madrid, Hyspamérica, 1984.
9 Báñez, Gabriel;: Virgen. Barcelona, Sudamericana, 1998.
10 Aguad, Susana: “Al bajar del barco”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.
11 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires, Fundación El Libro, 2001.
12 Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra, 1984.
13 Barone, Orlando: “El avance de la intolerancia aldeana”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 2000.
14 Anzorreguy, Chuny: op. cit.
15 Watch, Ana: “Clara, una niña judeoargentina víctima del nazismo”, en www.fmh.org.ar.
16 Muzi, Carolina: “En el nombre del arte”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 22 de junio de 2003.
17 Alpersohn, Marcos: Memorias de un colono argentino, en Judaica N° 50. Tomado de Senkman, Leonardo: La colonización judía. CEAL, Historia Testimonial Argentina. Documentos vivos de nuestro pasado, 1984.
18 Fernandez Moreno, Baldomero: La patria desconocida.
19 González, Oscar: “La anunciación”, en El Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000.
20 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.
21 Posse, Abel: El viajero de Agartha. Buenos Aires, Emecé, 1989.
22 Báñez, Gabriel: op. cit.
23 Shua, Ana María: op. cit
24 Guerriero, Leila (texto) y Lucesole, Martín (fotos): “PERSONAJES Miguel Caride El pintor olvidado”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 24 de abril de 2005.
25 Bedrossian, Eduardo: op. cit.
26 S/F, con la colaboración de Pablo Münter: “Historia de una inmigración”, en www.basoenlared.com.ar.

 

.....
    Así viajaban los inmigrantes hacia la “tierra de promisión”. Tristeza, incertidumbre, enfermedades, los acompañaban, pero también la esperanza de que en la Argentina encontrarían paz, libertad y bienestar.
* Este tìtulo ha sido utilizado anteriormente por Celia Vernaz.
** En marzo de 2001 se abrió en el Palais de Glace la muestra “El tesoro de la memoria”, ambientada como un buque. Aldo Galli escribe sobre la original presentación de la misma: “Guillermo D’Aiello, el curador, la presentó como si fuese un barco cuyos ocupantes reciben un ‘pasaporte’ rosado análogo al que se daba en Italia a los emigrantes y unos canillitas distribuyen el Corriere de la Sera” La Nación, 25 de marzo de 2001.
*** Durante Casa FOA 2000, que tuvo lugar en el Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes, las arquitectas Ellen Hendi y Emilia Rabuini expusieron baúles facilitados por los descendientes de los inmigrantes. Ellas –entrevistadas por Claudio Savoia- recuerdan que “Cuando la gente pasaba por delante de la muestra se detenía y, a los pocos minutos, muchos lloraban de emoción: los baúles habían despertado su propia historia”. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.

arriba

 

Camila Méndez

A mejor vida

 

Por Camila Méndez

Fabián se despertó extrañado. Nunca se había sentido así. Raro, pequeño y sin voz. Pensó que todo era una pesadilla. Un sueño deplorable. Era peludo y veía en grises. No distinguía con claridad las imágenes, aunque el olor a basura lo apreció rápidamente. Se vio las uñas que surgían escondidas entre las montañas de pelo, eran delgadas, filudas y arqueadas como garras. Intentó hablar. Alcanzó a escuchar dentro de las profundidades de su cuerpo un diminuto ronquido animal.
-¿Había sido un ladrido? –Pensó- ¿Por qué no me despierto? – quiso gritar de nuevo y sus oídos desarrollados se concientizaron de la realidad. Ya no era más él.
Tuvo miedo y desesperación. Recordó la noche anterior. Había ido al bar como todos los miércoles. Tomó whisky hasta el cansancio y el efecto fue mortal. Tuvo un ataque de ansiedad, se sintió intranquilo y triste y decidió salir a mojarse en la llovizna desolada de las tres de la mañana.
Sabía que le haría daño el contacto irascible con el rocío, pero no importaba nada en ese instante, más fuerte era el agobio de su vida. Se sentó en los basurales y prendió un cigarrillo y entre el humo y la lluvia su memoria se nubló, como si esos fragmentos de la existencia se deshicieran sin dejar una prueba irrefutable de que se vivieron y sin motivos, ni anuncios, sin una explicación previa había reencarnado en un can.
¿Qué es esto?- renegaba para sí, no quería escuchar esos chillidos desconocidos para su boca. Maldijo su existencia. Se movió enloquecidamente para ver si alguna reacción nueva le devolvía su cuerpo. Le dio hambre y sed, también le rascaba su pata trasera y no podía frotarse y hasta se llegó a preguntar porque tenía que pensar si los animales no lo hacen. Quería morirse de una vez por todas. No podía comprender por que le habían enviado ese castigo. Gimió como un desesperado, sin que nada surgiera. Trató de gruñir con ese sonsonete aguerrido y taciturno que emiten los de su especie cuando un sonido que sólo ellos oyen, los perturba y tampoco hubo respuesta. Se vio asimismo como un ser íngrimo que guardado desde una caja aislada busca una salida imposible.
Era distinto caminar con cuatro patas. Se sentía más liviano, más ágil, aunque el mundo no tuviera colores y los olores lo contagiaran en su esencia, revueltos, pestilentes o provocativos, como ese pan fresco que posaba en la vitrina. ¿Cómo hacer para obtenerlo? La angustia se apoderó otra vez de él. Deseaba devorarlo y saciar el hambre incontrolable, pero su mismo conflicto interior no lo dejaba actuar y la orden que escuchó, alguna vez de un veterinario de que los perros sólo deben comer dos veces al día, fue la excusa ideal para no desfallecer.
El aroma de los árboles confundido con el polvo y sus rastros en la calle, le indicaron un lugar. Su casa. Odiaba tener esa habilidad monstruosa de reconocer por medio del olfato pasos, orines de otros animales y el humor entrañable de su esposa. Estaba tan cerca. La puerta blanca y la fachada moderna se imponían en el conjunto de viviendas escuetas, como un barco sobresale en la lejanía del mar. Vio las ventanas abiertas, el jardín rebosante y las flores moradas. Jamás había sentido ese olor tan profundo. «Antes todo era más fugaz» pensó. Temía entrar. Quería demostrarles que era Fabián.
-Sócrates ¡Volviste!
No tuvo tiempo de reaccionar cuando se vio sacudido y alzado por Sangela y su hijo.
«! Que gran recibimiento!» Quería llorar, sus sentimientos se revolvieron. No podía contarles que estaba ahí. Ni gritar. Y sus ladridos no dirían nada. ¿Qué había pasado con todo? ¿No existía la lógica en ninguna parte?, indagaba, dándole paso a sus lágrimas perdidas que salían despacio, abrió el hocico y jugó con su nueva lengua para poder probarlas. Eran saladas, eran humanas. «Veánme. Soy yo. Tengo mis ojos. Aún los tengo. Mírenme» Suplicaba para sus adentros y un aullido lamentoso surgió de sus entrañas. «Soy yo». La Familia se sorprendió. Pablo le dijo a su madre que Sócrates lloraba, que no lo había visto tan alterado. Ella tocó sus mejillas para comprobarlo. Fabián creyó que le habían entendido.
- Es sólo la emoción de regresar a casa- dijo su esposa.
- Y no mueve la cola - le insistió Pablo.
- Por eso mismo.
Sangela permaneció en silencio, porque notó su eventual diferencia. Le detalló los ojos con cuidado, mientras su marido quería meterse en los suyos y hacerle saber que era él, decirle con su mirada pequeña todo lo que había pasado para que lo ayudara, pero ella no vio más que unos ojos de perro. Le miró la piel, tenía el lunar café entre su pelaje blanco. Le revisó los dientes y ese colmillo demás que no se le había caído, continuaba en su puesto.
- Es él- aseguró tranquila- Hay que bañarlo y darle de comer. ¿Dónde habías estado chiquito? Te estuve buscando. ¿Por qué te escapaste? No vuelvas a hacernos esto- decía con palabras tiernas, mientras le daba besos y lo cargaba como un bebé.
- «Estoy perdido».
Pasaron meses antes de que Fabián descubriera que había muerto. En su mente canina sólo cabía el olvido y la ensoñación, que fueron un beneficio para no desesperarse, ni caer en traumas sicológicos que lo acabarían. Ese día entendió resignado que no se sabría que él seguía vivo y reencarnado en Sócrates, el adorable French Poodle que había comprado Sangela para Pablo y que su esposo sólo estimaba por apariencias frente a su hijo, porque en realidad no le agradaban los animales y mucho menos ese ‘perrito de abuelitas y homosexuales que daba vergüenza sacar a pasear’
«¿A dónde se había ido el alma de Sócrates, si era que tenía?» – se preguntaba inquietado en su propio entierro, mientras llegaban sus parientes y compañeros de trabajo, que contemplaban su descenso, indiferentes o intrigados por saber cual sería el futuro de la empresa y de la viuda.
Tras las gafas oscuras de Sonia, su amante, no se iluminaba llanto como el difunto esperó ver. Para ella era sólo una despedida a la adrenalina de lo prohibido, a los encuentros imprevistos y a los viajes y detalles glamorosos que recibía de su relación fútil. Sangela siempre sospechó que la frialdad de su esposo se debía a la infidelidad. Inicialmente se entristeció y buscó la forma de arreglar su matrimonio, hasta que le ganó la impaciencia y optó por aceptar las insinuaciones de su primo segundo, con quien forjó una relación estable y madura que los llevó al matrimonio.
Sentado en el amplio sofá de la sala, el perro examinaba la soledad de su vida humana. Nadie lloraba su muerte, ni se notaban tristes. Ninguno de los presentes lo había estimado de verdad y él tampoco sentía por ellos lo que imaginaba era el cariño real.
-Que farsa. Todo fue una farsa.
Tres asaltantes acabaron con su vida, le dispararon sin respiros para robarle la billetera. Su cuerpo había sido encontrado en el callejón donde amaneció transformado y donde estuvo deambulando por horas, hasta que los olores lo convencieron de la realidad. Pensaba en los ratos efímeros en que creyó ser feliz. Cuando realizó ese viaje al exterior, cuando se enamoró y casó, cuando su padre le dejó a cargo el próspero negocio familiar, sus encuentros furtivos con Sonia, el día que recibió el premio por su gran labor de empresario y hasta la tarde lejana en que probó ese delicioso vino francés que ahora necesitaba para liberarse del estrés y el abatimiento.
No podía ladrar, ni morder al nuevo cónyuge, sabía que saldría perdiendo. Mejor aprovechaba que a veces podía dormir con su esposa, aunque no a su lado, sino en el borde de sus piernas y sintiendo la respiración asmática del intruso, pero por lo menos estaba a sus pies.
Descubrió entonces que su nueva condición no era un obstáculo para disfrutar a la familia. Borraría para siempre su nombre e intentaría entender que sólo cuando pronunciaran Sócrates, podría integrarse a la vida, salir del encierro a través de sus ojos y buscar la manera de llegar a las sombras olorosas que demostraban presencias.
No se le desprendía a Sangela y ésta tampoco se hastiaba por tenerlo a su lado. Lo sacaba a pasear en el carro, le daba agua fresca de su mano, le acariciaba la barriga y ante la más minúscula insinuación de llanto, se desvivía para complacerlo. Lo único que le molestaba era el vestidito de lana azul con el que lo disfrazaban en las ocasiones especiales, le producía calor y era incomodo para su ego masculino que aún sobrevivía.
Además del apego mutuo y los grandes momentos, su ama también le compartía intimidades. Ella no imaginaba que su antiguo esposo se iba a enterar de la tristeza interior que mantenía, la insatisfacción en el amor y hasta la necesidad de volverlo a ver y recuperar lo que alguna vez fue perfecto. Fabián intentaba acercarse, quería darle un abrazo, decirle que lo perdonara o trasmitirle con alguna expresión tierna que no se sintiera sola. Llegaba a ser tal el desahogo que no sabía que hacer, movía su cola hasta que la conmovía y la hacía sonreír. También descubrió las profundidades de su relación con Roberto, ella se extendía en monólogos para hablarle de las discusiones que tenían con frecuencia, los defectos intolerables y los reproches o secretos que él desconocía y que no podrían ser divulgados nunca por ese perro sin alma, que como un objeto más de la casa, desconoce la realidad de sus habitantes.
Con Pablo todo fue más fácil, a pesar de ser un niño retraído, que se refugiaba en la televisión y los dulces para remediar su soledad, Fabián logró conquistarlo con rapidez. Entraba a su habitación en silencio, se subía a la cama y le daba un par de lengüetazos para demostrarle afecto de alguna forma.
Al principio, su hijo se asombró de ver a Sócrates en esa actitud tan efusiva, antes sólo se dejaba corretear o jugaban con los muñecos sin otras innovaciones. Podía admitir que así era mejor. Ahora iban al parque en plena libertad, sin que su Poodle cometiera las imprudencias de una mascota no-adiestrada. Tenía conciencia de los peligros, sabía cuando cruzar la calle sin necesidad de estar atado a un collar y no tenía problemas con otros canes porque éstos tampoco se metían con él. «Seguramente es mi mirada. Ellos saben que soy algo humano», suponía.
Se volvieron cómplices. Pablo le daba comida, porque sospechó que ya no le gustaba el concentrado. Prefería el pollo, el sabor del hueso se le hacía cada vez más tentador y la capacidad para cortarlo con su dentadura afilada era una sensación inefable. El olor lo enloquecía, haciendo que se desesperara y que aprendiera a gemir como una criatura desconsolada, alterando al servicio, que debía acelerar en sus quehaceres para servirle al animal. Fue difícil tener que alimentarse sin la ayuda de las manos, pero después se dejó llevar por sus instintos crecientes que empezaban a manejarlo con mayor frecuencia. Era como una energía adherida a su cerebro que cubría las emisiones de pensamiento que todavía generaba y que le permitía actuar sin cordura o prevención en ese tipo de situaciones o despreocuparse frente a otras. No sufría por dinero, ni por buscar el poder o mantenerse en éste. Las crisis financieras, la situación política, la guerra o el futuro incierto, eran temas en los que no tenía que profundizar, ni analizar, ni dedicarle un espacio pequeño. Todo lo que otrora fue de su interés, lucía ahora banal desde su mundo. No podía evitarlo. La ensoñación lo nublaba y sus reflexiones se diluían como una lectura efímera de la que no queda ni el recuerdo.
«Las palabras se pierden con el tiempo y no dejan sino vacíos, por eso somos el consuelo de los hombres. Tenemos la grandiosa facultad del silencio» decía, mientras aceptaba con entereza a su especie muda y se percataba de un presente sin reparos.
Era agradable sentarse sobre Sangela, acurrucado y roncando, cobijado con ternura o sentir como en los amaneceres lluviosos, Roberto debía levantarse para trabajar, mientras él, se quedaría durmiendo, sin problemas que lo atormentaran. Iría a vivir con Pablo, a rebuscar entre la esencia de la naturaleza con sus sentidos despiertos o revolcarse en la tierra fresca, escuchando los sonidos lejanos que los demás no detallan y oliendo sosegado lo que le trae el viento, cuando mueve en los arrebatos de la tarde sus orejas largas y distrae su vida pasiva hasta que el tiempo lo ayuda adaptarse, como a los hombres, a ser un animal de costumbre.

Libros y Letras
Teléfono: (571) 3331140. Bogotá, Colombia
culturalibrosyletras@hotmail.com

 

Roxana Heise

EL FORASTERO

      Por Roxana Heise

Vaya si no puedo hablar, sólo pensar, y eso. Estoy perdida en el laberinto de una frase impronunciable, dando vueltas en U alrededor de tu nombre sin conseguir nombrarte, peor aún, sin descubrir la verdadera  razón de este  suceso.
             Me acerco a la ventana; las gotas de lluvia golpean mi conciencia hasta sumergirla, hasta dejarla en apnea total. Fue un error permitir que invadieras esta casa. La huella de tu paso parece multiplicarse, tú no eres de aquellos que se hacen olvidar.
              Mi rostro se refleja en las vidrieras, una arruga me jala el pensamiento, luego una gota de lluvia me surca de principio a fin,  partiéndome el rostro en dos. Me siento graciosa; soy la nueva princesa del invierno, con los párpados vencidos por la inclemencia del tiempo y por ti.
           Abro la boca, pretendo decirle algo a mi madre quien me mira desde su mecedora, pero es inútil, no puedo emitir palabra. Es más; llevo varios días sin comer, apenas logro beber algo de agua y respirar.  Tu nombre vuelve a sonar en mis oídos, siento rabia al no descifrarlo. Eres un forastero, forastero tal vez sea la mejor forma de llamarte.
          Llegaste un día de esos sin esperanza, como no la tiene poblado en el mundo de cuatro personas viviendo entre sí, sabiéndose la vida de un rezo. Fuiste bienvenido inmediatamente. Aún siento tu galope al filo de los cuatro vientos acercarse presuroso. Tenías hambre y frío. Mis padres estaban alegres, suele ocurrir así cuando alguien cruza la frontera y pide alojamiento. Había un gran banquete en tu honor, estabas halagado. Eras todo un señor, con sueños de frontera a lomo de esperanza. Me miraste, ¿tendrías novia?, qué más daba. Importante era que dejaras una gota de vida en este rincón del mundo para empezarlo de nuevo.
         Palpo los vidrios con los largos dedos, apenas siento el frío en la punta de mi desilusión; vuelves a estar, sonriente, juegas cartas a orillas del fogón, yo hablo sin parar; es la alegría de tu llegada, la alegría de haberme convertido de pronto en un extraño instrumento de sentir; de sentir hasta acalorarme la vida, hasta querer estallar en mil pedazos.
         Mi padre y tú entablaron amistad. Galopaban juntos, mientras ayudaba a mamá a preparar la cena. ¿Te quedarías? imposible saberlo. En este lugar sólo habita el silencio, cuando no se harta de sí mismo. Pero tú supiste desde niño tolerar las adversidades, eso te daba grandes posibilidades de quedarte. Y si te hubieras marchado sólo por cansancio, habría comprendido, desde el fondo de mi, sin egoísmos.
       Mi madre me pide que coma algo, niego con la cabeza. Pronuncio un sonido con dificultad, más bien parece el quejido de un moribundo. Ella está preocupada, jamás me vio en este estado. Durante los días de lluvia no hay médico alguno que pueda devolverme la salud. Coge el rosario, reza en mi nombre, siento ganas de llorar, pero las lagrimas también me abandonaron. Estoy vieja, ¿será eso? Vieja de veras no estoy, pero ya pasó el momento de buscar algún novio galopando la colina. Hoy sólo queda la lluvia y los recuerdos, los recuerdos que pesan en el alma como montañas de roca.
        Debiste escapar, huir después de aquella noche en que corriste a mi lado. Me hablaste despacito en medio de la oscuridad, para que mis buenos padres no se enteraran. ¿Porqué no sentí a Dios jalar mis orejas cuando me pregunté si hacía lo correcto?
       Llovía copiosamente, como hoy. Cogiste tu manta y me envolviste con tus brazos poderosos. La luna se había replegado bajo las nubes grises, sin embargo para mí, todo resplandecía sobre la paja que tapizaba las caballerizas. Habías llegado al fin, después de esperar una vida que cruzaras la frontera.
        Mi madre reza más fuerte cada vez, debe haber notado esta creciente palidez. Ella no entiende que se trata de algo transitorio, vendrá otro día y  lograré reponerme.
       Pensar que en poco tiempo te volviste uno más de la familia. Eras un buen herrero y sabías de agricultura; seguro viviste en el campo miles de vidas. Aparte de esto,  tu pasado era un libro cerrado con broche de hierro y cuando creí haber descubierto algunos secretos, me golpeaste en plena cara con tu actitud. ¡Vaya si me amabas! No quiero pensar cómo habría sido lo contrario.
       La idea del matrimonio no fue del todo tuya, debo reconocer mi parte de culpa, pues yo misma pedí nos concedieran mayor libertad, para no ser prejuzgada por escapar contigo de vez en cuando, montada en pelos de un potro salvaje, creyendo haber encontrado el paraíso.  Entonces no callaba como hoy, tampoco pasaba horas mirando por la ventana, recordando cuando me besabas en la cocina y sonreías tan niño, ofreciéndome esta vida y la otra.
       Mi madre está a punto de terminar su rosario, un rosario que también fue herencia de familia, y lo único que logramos rescatar de aquel pequeño cofre. En pueblos como este, lejos del burocrático mundo de los bancos, toda la gente tiene su pequeña fortuna bajo el colchón.
       Una vez más intento pronunciar tu nombre, pese a no lograrlo, noto un avance en mi estado, pues al verte en aquel rincón (sin que estés por supuesto), comienzo a llorar. Llorar es bueno porque nos oxigena la razón, eso decía mi padre después de lo ocurrido, después de haberte confiado todos nuestros secretos.
       La lluvia va bifurcándose en hilos cada vez más pequeños y forma en el vidrio un enrejado de historias; quizás sean las historias que dejaste olvidadas antes de marcharte aquella noche: a hurtadillas, sin aviso, como una maldita rata.
       Apego mi rostro contra el vidrio, mis manos, mi cuerpo y todo lo demás. Me dejo empapar de agua, me dejo empapar de ti, aún sabiendo que nunca vendrás para saberlo. Ahogo un suspiro; la frustración de traer a la memoria tantos nombres conocidos sin identificar alguno, produce gran cansancio.
       Mi madre termina de rezar, besa el rosario, irradia piedad desde el centro de su reflejo. Reparo en la pobreza de sus ropas. Somos pobres ahora, más pobres que de costumbre. Entonces se hace en mi mente la luz de una palabra y logro susurrar finalmente: Ladrón..., y ya no me interesa saber como te llamas.

Roxana Heise V:
Derechos reservados.

 

 
Ud. es el Visitante Nº

  Volver arriba Contáctenos
Contáctenos
Página de Inicio
Inicio
página  anterior sección siguiente

Haciendo click en las flechas verá todas las páginas de cada sección. Al posar el mouse sobre las mismas se indica si pasa a la sección siguiente o a la siguiente página de la misma sección

 
W3C css validator Valid HTML 4.01! Site labeled by ICRA Agregar a Favoritos Software libre y gratuito  
Sitios Argentina Diseño y Webmaster: Mónica Spinelli