
El autor
Aunque parezca anacrónico, la verdad es que el mundo camina con una fuerte dosis de mercantilismo. Está bien: no es aquel mercantilismo de hace dos o tres siglos; se trata de algo renovado, una suerte de neomercantilismo. Este término designa las políticas contemporáneas donde el Estado tiene un rol central a través de medidas proteccionistas o mediante políticas comerciales agresivas.
Se trata de un conjunto de ideas y prácticas en el plano de la política económica, definidas por características comunes. Estas ideas operan en la dirigencia de gran parte de América Latina. La primera de ellas sostiene una fuerte orientación nacionalista. El fomento de la economía nacional y la defensa de los intereses propios subyace en todo programa neomercantilista. Las restantes ideas promueven el diseño de políticas económicas proteccionistas e intervencionistas, pues entienden que es la propia acción del poder político, ejercida mediante leyes y prohibiciones, el más eficaz medio para conseguir los objetivos trazados.
Así como, en sus inicios, el propósito mercantilista era enriquecer al príncipe, hoy la estrategia consiste básicamente en lograr atraer hacia sus arcas la mayor cantidad posible de recursos fiscales. Para el mercantilismo, la riqueza era un medio para mantener o incrementar el poder, pero, a su vez, el poder era lo que garantizaba la adquisición o retención de la riqueza. Se trata de un círculo que se alimenta a sí mismo. Los lazos sociales solidarios construidos y afirmados en el rescate de valores humanos han sido, sino atacados, descartados por el mercantilismo.
El Estado, cuando interviene suele producir diversas perturbaciones afectando la competitividad. Lo dijo Adam Smith: Cualquier sistema que pretenda atraer con estímulos extraordinarios hacia cierta especie particular de actividad económica... retarda, en lugar de acelerar los progresos de la sociedad hacia la grandeza y riqueza verdaderas...
Y lo reafirma Ortega y Gasset: Este es el mayor peligro que hoy amenaza a la civilización: la estratificación de la vida, el intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado; es decir, la anulación de la espontaneidad histórica, que en definitiva sostiene, nutre y empuja los destinos humanos.
El papel de la riqueza como medio de poder no deja de ser una evidencia para los gobernantes de América Latina. El dinero les permite sostener complejas burocracias, llevar adelante rentables en términos políticos- programas asistenciales y costear ambiciosas inversiones de gobierno de dudosa efectividad.
Al respecto, ¿qué nos dice Ludwing Von Mises? En Los objetivos inmediatos de la educación económica, escribe: De una manera irrefutable se ha demostrado que todas las medidas intervencionistas producen consecuencias que, desde el punto de vista de los gobiernos y partidos que recurren a ellas, son menos satisfactorias que el estado anterior de cosas para cuyo arreglo se idearon.
Durante el siglo pasado hubo en el mundo períodos de fuerte intervención estatal, especialmente en las naciones de corte totalitarista, socialista o, simplemente, dirigista. En América Latina, entre la década del 40 y la del 80 se aprecia una variada gama de acentuadas intervenciones. La creencia de que el Estado podría por si mismo generar riqueza satisfaciendo las aspiraciones de una sociedad llamada a un nivel de vida elevado, a partir de la dotación de recursos de la naturaleza, se golpeaba con la cruda realidad. En definitiva, subyacía la herencia cultural de una región tanto en su etapa virreinal como republicana- constituida desde la época colonial a partir de una muy generosa dotación de recursos naturales respecto de una población escasa.
Hoy, en pleno nuevo milenio, la región navega entre un sistema capitalista con un pobre nivel de mercado y un populismo distributivo donde operan las ideas neomercantilistas. Pero este cuadro no es resorte exclusivo de ésta. El mundo opera en un mapa dialéctico perverso. Los pocos resultados de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) derivan de los sentimientos anticomercio de los dirigentes del mundo. La retórica marca la apertura y el libre comercio pero en el subconsciente de la dirigencia prima la idea de que la libertad de comercio debe exigirse al mercado de otros y no al propio. Se habla mucho, pero pocos son los que piensan que los beneficios de los mercados abiertos son más grandes que las pérdidas que resultan de ello. Es que las ganancias más generosas, en general, resultan menos advertibles y llegan con mayor retraso, a diferencia de las pérdidas que se muestran inmediatas.
Con la creación de grandes instituciones librecambistas como la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional (FMI) han surgido nuevos conceptos sobre la libertad económica que esconden herencias proteccionistas. América Latina debe lidiar con un espectro político externo inmerso en la más cruda hipocresía. Economistas como Paul Krugman entienden que estas instituciones operan dentro de una suerte de "mercantilismo ilustrado", que más que favorecer el librecambismo, promueven solapadamente concesiones comerciales mutuamente ventajosas.
Hispanoamérica sufre las prácticas neomercantilistas pero no es parte de los proteccionistas de productos alimentarios. Su proteccionismo tiene otros horizontes. La estrategia de comercio de la Política Agrícola Común de la Unión Europea y sus equivalentes en los Estados Unidos, basadas en programas de retiros de áreas, subsidios directos en los precios, programa de garantías o subsidio directo a las exportaciones (Export Enhacement Program), fueron los causantes de una acentuada distorsión en los precios, al punto tal que se le hace muy difícil competir al grupo de los no proteccionistas.
No se ha implementado todavía un programa global de penetración en los mercados con el concepto de instalar en forma general las bondades y ventajas de los productos de la región. El caso de Chile, por el contrario, es un ejemplo a seguir. Chile ya es un importante exportador, especialmente de alimentos. Industrias como la salmonera, la vitivinícola y la de frutas frescas, que casi no existían hace un cuarto de siglo, han crecido hasta convertirse en negocios multimillonarios que ostentan una participación importante de los mercados mundiales. Con las exportaciones de alimentos, Chile ahora ocupa el 17º lugar entre los proveedores de alimentos a nivel mundial, entre Argentina y Nueva Zelanda.
En este cuadro de paradojas y mentiras, los dirigentes de la región tienen argumentos para construir políticas neomercantilistas derivadas de las malla de protecciones que establece buena parte del mundo. Las economías avanzadas que hablan de libertad entregan a muchos dirigentes razones para construir más poder en base a prácticas de claro corte neomercantilista. No es casual la aparición en la escena latinoamericana de políticos como el Presidente de Venezuela.
*Manuel Alvarado Ledesma nació en 1952, en la Argentina.Graduado en Economía en la Universidad de Buenos Aires, cursó el Posgrado en Agronegocios en la misma casa de estudios y la Especialización en Gestión de la Empresa Agroalimentaria en la Universidad Católica Argentina. Apasionado de la docencia, es profesor de la Maestría de Agronegocios en la Universidad de Belgrano y Coordinador de la Diplomatura en Agronegocios en la Universidad Nacional de San Martín. Colabora con Agrositio.com y Nuevamayoria.com. Dirige la Consultoría Agroeconómica
(CAE) y tiene una vasta experiencia en el gerenciamiento de establecimientos rurales y en empresas trading de commodities agrícolas. Profesor universitario y conferencista en universidades como Georgetown y Purdue, fue experto consultor del Programa Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).Escribió los libros La Argentina agrícola; un país que niega su destino, en 2003 premiado por la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa y, al año siguiente, Agronegocios; empresa y emprendimiento. Publicó un sinnúmero de artículos en diarios de la Argentina y de hispanoamérica. Por sus notas en los diarios La Nación y Ámbito Financiero, ambos editados en Buenos Aires, Argentina, en 2001, recibió el Primer Premio de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA).