*Ricardo J. Yerón, es médico y
poeta de nacionalidad argentina, pero reside y se desempeña
en los Estados Unidos. Ha sido distinguido con numerosos premios
por sus trabajos en prosa y poesía en diversos certámenes.
No dejes que las moscas acaben con el banquete,
muchacha.
Dentro de este cuadro
la comida que está servida es poca,
el resto hay que buscarla entre los objetos
menos imaginados.
Los que se mueven dentro del cuadro
necesitan
una lamida de este doméstico animal.
Si estás quieta,
podrás acariciar el pelaje arisco y
el cuerpo flexible de algún gato comiendo
lo que más tarde lo habrá de cazar.
Quiero cargar esas piezas destrozadas por las hormigas
y como una mosca satisfecha
quiero
mirar desde arriba,
sacar mi lengua
y afilarme el ala izquierda
para caer y romper la ruta de carga:
el ir y venir de las hormigas.
II
Flores de la noche (1918) de Paul Klee
Estás en el jardín del gran
cuadro,
eres alta y en tu piel
se han posado hormigas.
Estás echada sobre azahares
y desde tu vientre
la nube que elegiste
gira y ya no ves su perfil,
pero su cuerpo es aún perfecto,
un girasol invertido en la noche
que cruza el puente de la luna negra.
Voltea la mirada, muchacha.
Ve y hiere la hierba,
que no sea la luz la que interfiera,
sino el cielo.
Sube rápidamente muchacha al castillo rojo
y lánzate hacia el fondo del cuadro
para tocar sus imperceptibles espacios en blanco que
se descubren en tu movimiento torpe.
Una vez allí, recoge a las hormigas que reposan a las
orillas del río
y llévalas al jardín,
allí circularán por los charcos de la noche.
Finalmente, corre hacia fuera, pero no
voltees, muchacha
porque los golpes que vienen de adentro
podrían agobiar tu andar
en el camino que
no has de volver a ver
III
Paseo de a tres (1914) de Auguste Macke
Otro agente ha llegado,
y la identidad
es el pasaporte difícil de esconder.
Tomó de la sangre
aún derramada en los rosales,
limpió su rostro
y en sus ojos cansados estabas tú,
tatuada sobre un fondo blanco.
Deja abiertas las ventanas que dan al jardín
para que las hojas vuelen
y caigan como cuando no hay nada qué decir.
Recuerda que en el último cuerpo
hubo culpa
y los gatos rasgaron el óleo.
Las hormigas guardaron algo de los cadáveres,
aquello que servirá para invierno. Y tú,
regresaste a besar mi pecho. Pero muchacha,
tengo la nostalgia de un vientre vacío,
y tus hormigas se angustian mientras camino,
esperando que mi cuerpo caiga
sobre las rutas abandonadas.
Es fácil para ti arrastrarme hacia tu bosque,
hundirme en la firmeza de los huesos de tus muertos,
herirme entre los rosales.
Sin embargo, me levantas.
No me quieres para las moscas.
IV
Mujer de vestido verde (1912) Jean Metzinger
Ofrecí mostrarte los elementos
del cuadro,
pero insistes en observar desde las gradas.
Mi pequeña flor de quinua, recuerda que aun
no estás lista para recorrer este jardín.
Fuera del cuadro
busco ser una mosca
y aplastar los ojos sobre el papel.
Tu terquedad viene de mí,
y tus ansias de vomitar en este proyecto de panza
hacen que me lance sobre el charco,
pero aún no soy la mosca que quiero ser
y el tiempo pasa,
y la muchacha me empuja hacia sus rosales.
Las hormigas de tu cuerpo van a ser
iguales a las mías,
pero deja que llegue el agente apropiado
con su misión casi terminada.
En el cuadro siempre habrá árboles
de moras y limones
para prepararte helados.
V
El sueño (1910) de Henri Rousseau
Te he escrito un poema, mi pequeña flor.
Tú corres y estás muy segura de
que puedes saltar las gradas sola y
yo no estaba allí para animarte.
Estaba aquel que trajo tu llegada.
Gracias, mi flor de quinua.
Ahora puedo mirar a través del pequeño cristal
del gran cuadro
y sin miedo ni dudas
alejarme sin llevar pertenencias.
Entre faroles
Detén esa música que
ahoga, pequeña.
Apaga el silencio de esta noche.
Dame tu espalda, muchacha
ve hacia la hierba
y hiere tus ojos con los rosales.
Dile al heladero que aquí no hay niños,
sólo hormigas
en luz y blanco.
Son las seis
El camión blanco ha llegado.
Nubes limón y mora para mi lengua
y aún estás lejos de mis planes.
No te enojes, mi flor de quinua,
del campo de guerra
nadie se libra.
Ven, ya llegará el momento.
Calla,
no esperes allí agachadita
bajo esas gradas del jardín
sino de aquéllas
las que están fuera del cuadro.
VII
EL taller rojo (1911) de Henri Matisse
Quiero lamer las hormigas de tu pecho
y escribir
que nuestro gato murió indigestado
de muslos, entrepiernas, espaldas y manos.
Y nosotros que creíamos
que sólo discutía con las moscas.
Las hormigas sobrevivientes almacenaron
sus restos,
y tú, muchacha, pensaste
que nos habían limpiado la ruta.
Alza tus piernas una por una
y atraviesa los cuerpos invisibles.
Desde afuera
nadie sabe qué pasó, entonces
tu andar simulará una danza.
VIII
Rosales bajo los árboles (1905) de
Gustav Klimt
Haré de este ruido un canto de despedida.
No más cuerpos fragmentados para mañana.
He decidido dejarte ciega en los rosales
y recoger del charco
lo que te podría contaminar. Luego,
volaré y construiré una ruta
sobre el sendero de las hormigas.
Será tan mía que ellas
arderán en su enloquecido andar.
Allí aprovecharé para buscarte,
mi pequeña flor de quinua
debajo de las gradas o
fuera del cuadro
y te mostraré el agente
que fracasó en su huída lenta.
También hay otra salida fácil,
mirar hacia el otro lado
y caminar sin llevar pertenencias,
pero si tus palabras son
canto de montaña,
aún estás pensando en la posibilidad
de volar
y no sentir la caída.
MIL NOVECIENTOS NOVENTA:
Universidad San Marcos
Y el campo volteaba la cara a la ciudad. Carlos Oquendo de Amat
Este paisaje no se acomoda a lo que yo
quiero.
No hablar no tocar
no mirar hacia arriba.
Del umbral penden VIVAS
cargadas de explosivos rojos y amarillos.
Este silencio que ves andar
es en realidad
miedo,
miedo de no salir del campus.
Miedo de no llegar a casa,
miedo a que algún desconocido me detenga,
me diga los nombres de mis hermanos
y los horarios de trabajo de mis padres.
“Los árboles pronto romperán
sus amarras
y serán ramos de flores todos los policías”,
me digo
mientras cierro la puerta del cuarto,
pero tampoco quiero esto dentro de mi gran cuadro.
Y los algarrobos lloran sangre en cada estallido del desierto
de Lima.
Bata, Inresa, la Comisaría y la Iglesia del Carmen de
La Legua,
y la lista se extiende hacia el mar,
Argentina
avenida donde se encontraban los escombros de la noches rojas.
Cada vez se hizo más difícil
llegar a Reynoso,
rey
no oso, no reino para los osos de los andes,
el reino de los osos de La Oroya, Ayacucho y Cerro de Pasco.
En la U(niversidad)
la libreta electoral necesita una foto
reciente.
El nuevo fotógrafo encañona a los estudiantes
que se niegan al orden,
entonces los sienta,
y allí están
como en las caricaturas
del coyote y el correcaminos Explosivos
marca acme.
Los árboles pronto rompieron sus
amarras
y eran ramos de flores todos los policías
encañonados frente a los jardines de la facultad de Letras.
Otro paisaje que hace a los estudiantes tiritar,
contar sus pasos hacia el aula
y si se portan bien
llegarán a casa para la cena familiar.
Dentro y fuera.
cualquier situación llama a la locura.
Si no estás con nosotros, estás con ellos,
y si no estás con ambos, estarás
pues
en todas partes
¡coyote!
Solo que aquí
no funcionan los efectos
de las caricaturas.
*ERICKA GHERSI (Lima, 1972)
Poeta e investigadora. Es cofundadora del Colectivo
de Arte, Cultura y Agitación, “Piedra Encadenada
al Aire”. Ha publicado dos libros de poesía
“Zenobia y el Anciano” (Ediciones de la Universidad
de San Martín de Porres, 1994) y “Contra la Ausencia”
(Ediciones Santo Oficio, 2002). Está en busca de un editor
para su tercer libro.
Bachiller en Ciencias de la Comunicación de la Universidad
de San Martín de Porres (Lima, Perú). Trabajó
en la revista, sobre pequeñas y medianas empresas, ÉXITO
y en los diarios EL PERUANO y CAMBIO. Ganó una beca para
hacer su Maestría en Literatura en Ohio (USA): Bowling
Green State University; posteriormente, estudia su doctorado
en poesía latinoamericana en la Universidad de Florida
en Gainesville (USA). Actualmente, está escribiendo su
tesis doctoral (misma que trata sobre la violencia de los años
ochenta y noventa en el Perú y su influencia en la poesía),
y trabajando para la Universidad de San Martín de Porres
(Lima, Perú).
El amasijo
TANGOS DEL POLO NORTE
(Donde se habla de saber cantar)
Por: John Argerich
El tuerto Santesteban andaba siempre sin un
sope cortado al biés. Sin tela para ir al cine, ni a
la milonga, y mucho menos para culminar el levante más
rasca, en posición decúbito dorsal. Hecho determinante
de que su arrastre con las naifas se fuera al zócalo.
Pero la autoestima sólo claudica después del último
suspiro. Cuando entrás en la categoría de fiambre,
un decir. Así fue como, con tanto rebote en el legajo,
para no juntar complejo de gil empezó a sublimar su entorno.
La culpa era de las minas, un descargo que efectuaba sin aportar
ideas que pasaran al acervo cultural, porque era medio flojón
con la pensadora. Y su denuncia era canturrear una copla gauchesca
oída de purrete, de esas que se pegan como estampilla.
Primero mediante regios solos de bañadera, que en su
afán de embellecerse, proseguía hasta el espejo
Todo el día con la misma cantilena. Ni siquiera transitando
la vía pública, cambiaba de tema. Y de no ser
porque el diablo metió la cola, lo más probable
es esa manía hubiera pasado inadvertida, porque acá
sólo el uno por ciento del grasaje pesca la castilla.
"Las mujeres de hoy en día
sólo buscan interés..."
-denunciaba el poema-
"Y si el burro tuviera plata,
¡también lo habrían de querer!"
Mas tan escaso porcentaje de hispanohablantes,
indicativo de igual probabilidad matemática, cada tanto
se hace ver. Y una vuelta que pensaba tomar el ferry que va
a Alemania para comprarse un vinito libre de impuestos, conoció
al Bagre Raponi. Ilustre representante de la colonia nacional
y nativo de Villa Insuperable, que estaba anclado en Trelleborg
desde 1978. Aunque se las rebuscaba para viajar a Buenos Aires
todos los años. Cuando acá hace un frío
que te las pelás, y allá están en pleno
despelote del verano. La Costanera, Olivos, Mardel, el minaje
en ropita que te trastorna el coco, qué se yo. Cómo
se las rebuscaba para vivir a ese tren con la guita del Social,
no lo sabía nadie. Y mejor no preguntarle, porque era
de pocas pulgas.
-¡Hacéte planchar la jeta, boludo! -gatilló
al escuchar en el bondi las coplas que al tuerto le iban saliendo
del corazón.
En medio del ruido, el destinatario no se dió cuenta
de que ocurría lo inédito. Le estaban hablando
en español. Y contestó, como un sueco cualquiera.
-Förlåt? (¿Cómo?)
-Si me hablás en jeringozo, te pescaría más
mejor.
Ya no quedaban dudas: ¡Un paisano! Y se inició
un diálogo lleno de intimidad.
-¿Quepe tepe papesape?
-¿Sos de los míos, entonces?
-Segurola, dijo Piazzola... ¿No me viste la facha de
bacán? Sin liquidez, pero toda una promesa.
Y como para un argentino eso es tener condiciones, al ratito
hicieron migas.
-Mirá -expuso por fin Raponi, con tonito magistral- Tomátela
con soda, que hay una onda flor y truco para forrarnos bien
-¿A ver?
-Ponemos un conservatorio para enseñarles a los suecos
a cantar tango y chamamé. Academias de baile ya hay muchas.
-¡Chamamé sólo se escucha el domingo en
Plaza Italia, negro! -dijo Santesteban, medio nervioso por los
prejuicios sociales de nuestra época.
Pero sea como fuere, quedó esbozado un proyecto inédito.
Naciendo del mismo una entidad cultural sin fines declarados
de lucro, "Conservatorios La Garufa del Gotán".
O sea, CLGG para ahorrar tinta, estilo sueco. Claro que del
dicho al hecho, hay mucho trecho, porque los mangos le gustan
a todo el mundo. Y analicemos ahora el modus operandi. Atrapar
al cliente no resultó difícil, pues Raponi había
sido vendedor de departamentos por tiempo compartido en Marbella,
y conocía bien las malandradas del singular oficio. Mandaban
a la yeca unas minusas todas pintarrajeadas, más caretas
que mascarita en carnaval. Y ensartaban puntos a rolete, usando
jarabe de pico con una generosa exposición de piel. El
diálogo podía empezar de cualquier modo, pero
habían fijas.
-¡Querés descubrir tu garganta de oro, che? -era
una de las favoritas.
-Förlåt? (¿Cómo?)
Y la productora arremetía en svenska.
-Digo que con esa pinta de amante latino, cualquiera te imagina
haciendo la noche en Florida y Corrientes, che.
-Jaså? (¿Ah, sí?)
-Vd. puede tener un futuro musical cantando tangos, señor.
-No me diga...
-Vea que los premios al mérito son en especie... ¿eh?
-¡Huija rendija! -contestaba sin variantes, y loco de
entusiasmo, el cliente.
Después, hacerlo entrar era pan morfado. ¡Y a ponerse
como el duque Paganini, pibe! Porque los honorarios jamás
bajaron de tres mil coronas. Agreguemos finalmente que faltando
mejores talentos, el conservatorio había rejuntado una
orquesta de pincharratas. Pero con la páctica, toda timidez
se supera. Así es como un buen día, tuvo lugar
la primera festichola, celebrando el casamiento del tuerto Santesteban
con una minusa que conoció paseando por Trelleborg. Todo
iba en carroza, y los anuncios puestos en sitios clave decían
"5 Grandes Recitales 5". Escuche al quinteto Ventolini
con sus vocalistas Åke Svensson, Kjell Andersson y Mohammed
Babusi". La tensión estaba patente en cada rostro,
hasta que por fin un bandoneón rompió el silencio.
Y la voz canyengue del cantor lloró de sentimiento.
"Tango ke me hiciste skada
men jag ¡ahijuna! te kiero.
Porke sos la ombudsmanjiero
del anda del mio förort..."
-dijo Åke Svensson.
-¡Qué bella melodía transcultural!
-exclamaron los críticos.
Luego llegó el arrullo de Kjell Andersson.
"Kom ihåg Milonguita, vos eras
vackaraste purreta i Chiklana,
miniskjolen kortona y las trenzas,
y på håret un rayo de sol..."
-¡Muy bien! -dijo al unísono la
concurencia, porque los que no hablaban sueco igual pescaban
el significado de esos versos.
Entonces sonaron los compases del himno nacional.
-¡La Cumparsita, del compositor Alí Babajuna! -dijo
Mohammed Babusi.
Metidas de pata que cometen los extranjeros. Pero el horno no
estaba pa' bollos, con tanta nostridad. Y sobre el pucho voló
la primera silla. Luego se armó un toletole que te la
voglio dire. El turco quería tranquilizar a la gente
con buenas razones, mas su empeño era como echar nafta
al fuego. Y quien no estaba planchado a sopapos, ponía
caminantes en polvorosa. Desbande que se multiplicó,
al gritar un rengo con experiencia de campanario:
-¡Araca, la cana, che!
Al ratito aportaron los vikingos, repartiendo leña a
reglamento. O sea, sin discriminación racial, que está
prohibida. Y así llega el fin de esta triste historia.
La idea del conservatorio era buenísima, pero sólo
dejó un recuerdo amargo. El local hecho escombros, los
otarios alarmados con tanta pasión latina, y sin ganas
de cantar más. ¡Adiós, morlacos dulces del
subsidio cultural! Pero eso no es todo, porque la yeta siempre
trae cola. Raponi se fue a baraja con los pocos fasules que
quedaban, llevándose de yapa a la flamante señora
del tuerto Santesteban. Que hablando mal y pronto, estaba propio
para el mordisco, pero era difícil de aquerenciar. Y
aquél, de nuevo sin un sope cortado al bies. Para más
pior, otra vez sin naifa.
"Baciencia baisano"
-cantaba el turco, cuando pasó la bronca-
"¡La vida es así...!"
En resumen: He aquí otro monumento a
las desdichas, que en las noches del exilio son alma atormentada
de nuestro tango inmortal.
La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en veintinueve
medios, de nueve países.
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