|
|
|
| |
AÑO IV - WASHINGTON DC., ESTADOS UNIDOS -
|
|
|
|
|
| Para ver
todas las páginas de cada sección haga click en las
flechas. |
|
|
Los pigmentos luminosos,
maquillando están su cuerpo,
paseándose por los néctares de las arboledas
torbellino de frescura, libre como el aire cuando silva
al rayar el alba, el Rey de los astros te saluda,
le revelas gorjeando armoniosas melodías
el ímpetu sobrelleva la gloria de tú raza
palpitando el corazón,
la agitación se asoma en los balcones de tus ojos.
El colibrí
embrujado,
vivaracho en su vuelo, agudizando el ingenio
cautivado por su hembra, su atributo es el amor,
de rama en rama, con inquietud y cortejo hasta llegar al destino
las estrellas se adelantan iluminando el camino,
con tormentas y rayos él mismito se ha encontrado
aparejarse de temple, eludiendo está su entorno
en las alas cabalgando, a la Reina de su mundo.
*Este
poema quedó semifinalista en el concurso realizado por
Estudios del Centro de Estudios Poéticos de Madrid, España.
Será incluido en una Antología que con el nombre
de “Pétalos de Pasión” editará
la entidad organizadora del certamen.
|
 |
 |
El amasijo
EL ARTE DE PATEAR BIEN
(Donde se habla de cómo Pepe González llegó
a París)
Por John Argerich
|
|
A una cuadra de la estación
de tranvías que daba colorido a mi barrio, había
un baldío. Lleno de charcos, latas y papeles, como todos
los baldíos del suburbio. Criadero de ratas, cucarachas,
perros atorrantes y gatos de albañal, pero flor y truco
para el fóbal. Un verdadero imán de la afición,
donde los pibes gambeteaban sus berretines cuando salían
del cole. Porque el deporte rey está en todos los corazones.
Convencidos de que alguna vez el destino iba a llamarlos a lucir
la camiseta bicolor del equipo nacional. Es que habían
aprendido a gritar “¡Viva Boca!” antes que
decir “mamá” y “papá”.
Con lo cual, y a pesar de los globos que siempre desparramó
la propaganda británica, surge una enseñanza.
El fóbal no fue inventado en la abadía de Westminster,
por monjes pelirrojos que jugaban en el patio con la sotana
remangada. Y mucho menos por los kelpers que se afanaron nuestras
Malvinas. El fóbal nació en el Riachuelo, señores,
con música de tango como cálido arrroró.
Cuando los viejos aún contaban historias del último
malón. La época de María Castaña,
un decir.
-Te equivocás, salame, porque eso fue ayer, nomás
–interrumpió un conocedor de las cosas nuestras-
El fóbal nació en la época de los apóstoles.
Cuando los hombres eran tan barbáros que mataban los
pajáros arriba de los arbóles.
-¡Aijuna, que sabía historia el loco! –dijo
un gil de Balvanera.
Y después empezó la discusión.
-Que patatín.
-Que patatán.
-Que ¿a quién le ganás?
-¡Rajá chauchón!
Un par de castañas, y se apaciguaron los ánimos.
La historia de siempre. Entonces una voz sensata llamó
a la reflexión, invocando los deberes del hinchaje.
-¡Dejesén de buscar roña, y vamo al potrero
pa’ jugar un cacho, che!
-¡Viva el fóbal! –gritaron todos.
Y entonces se vio que había espíritu de equipo,
porque de la multitud fue surgiendo un murmullo.
“Tenemos un arquero que es una maravilla...
Se ataja los penales sentado en una silla.
En eso se desmaya, le damos chocolate,
¡Arriba Boca Juniors, y abajo River Plate!”
Convicciones que hacen al alma nacional, porque
la hermandad que empezó en primer grado iba robusteciéndose
con tanto partido y el correr de los años. Los pibes
se rompían para que los dejaran jugar como cadetes, hasta
que uno entró en la quinta. Poco después lo siguieron
varios más. Pero a pesar de hallarse en carrera hacia
la gloria, no habían olvidado el baldío que los
vió nacer.
-¡Ese pibe tiene pasta! –decían, cuando algún
purrete se marcaba un pepino que hacía temblar a la afición.
-¡Siga así, mijo, y va a ser alguien en la vida!
Los chicos se iban contentos, y los adolescentes empezaban a
afilar con el minaje del vecindario.
-¿Salimos este sábado a la noche, Juan?
-Disculpáme, Rosita, pero tengo entrenamiento todo el
fin de semana.
-Entonces salgo con el Cacho, ese rubio que me está invitando
desde hace un mes.
-Lo siento, querida... ¡Todo sea por el club!
Mas no hay entrenamiento que dure cien años, y llegó
el día lunes. Juan fue a visitar a la Rosita y de tanto
hacer zaguán esperaba que una vuelta lo dejaran entrar
a la casa. Pero se equivocó como turco en la neblina.
-¡Hola, querida!
-¡Rajá, boludo! -dijo ella por toda respuesta-
Lo nuestro se acabó.
-¿Qué sapa?
-Me dejaste sola, y me metí con el Cacho. El no tiene
otra obligación que ayudar al papá en la verdulería
de lunes a viernes. Pero sábado y domingo me los va a
dedicar a mí. Además es hincha de Racing y tiene
bulín en Avellaneda.
-¡No me dejés, piruja!
-Dame una pueba de amor, entonces, pero sin derramamiento de
sangre. El juicio de Dios modelo “light”.
Y él se retiró llevando en su alforja otra visita
de zaguán nomás. Decidido a rescatar su vapuleado
amor.
“Mirá, atorrante –decía la carta del
Juancito- Te mando el presente anónimo valientemente
firmado porque soy un tipo bien. Me afanaste la Rosa con chamullo
mersa de puro sport. Podría hacerte pomada, pero ella
no quiere ver fiambres. Vení a la cancha si sos hombre,
que tengo el puño prohibido. Y traéte una canastra,
para llevarte los pepinos. Sin otra cosa que agregar, me cago
en vos y en el Racing Club.
La suerte estaba echada. Si aquel desgraciado tenía madre,
iba a contestar. Pasaron dos días, y por fin apareció
un papel clavado en la ventana del Juan.
”Che cornudo”–decía la respuesta, trabajosamente
escrita con caligrafía inglesa- “Si les tenés
pavura a las piñas, yo a vos te reviento igual jugando
al truco. O al fóbal, o con las minas, así que
elegí, nomás.
Había llegado el momento de hablar por el celular. Pocas
palabras, eso sí.
-El fóbal.
-Formá equipo, entonces, que voy con once valores de
Avellaneda para hacerte pasar vergüenza.
-Pasado mañana a las 12 y media en el baldío que
está cerca de la estación de tranvías.
-El que pierde paga los chorizos y se olvida de Rosita.
-Está bien, pero hay algo más. El que pierde se
liga también una patada en el culo, como para aterrizar
en Francia.
-Eso está a 15.000 kilómetros de Buenos Aires...
¡Qué mal la vas a pasar!
-Menos charla, maricón.
Los días transcurrían lentamente, como crónica
de una pateadura anunciada. Todo el barrio pendiente de los
resultados.
-Le voy a poner una vela a la Virgen del Carmen para que lo
ayude al Juancito –decía una señora entrada
en grasas, al salir de la carnicería.
-Yo también, doña Consuelo.
-Pero me han dicho que en Avellaneda hay mucha afición
por el Cacho, un verdulero tan desgraciado que hasta cobra la
verdurita, dicen.
-¿Cobra la verdurita? ¡No se lo puedo creer!
-Eso no es nada. También roba en el peso.
-Y le han puesto velas a San Cayetano para que le haga ganar
el partido.
-Nosotras le pondremos velas de lujo, entonces, de esas que
venden en Luján. Así el santo se da cuenta de
que no somos unas rascas como la pandilla del verdulero. Que
además son todas hinchas del Racing Club.
-¡Qué asco, doña Flora...! No me lo puedo
creer.
-Créamelo doña, que le estoy batiendo la pura.
Por fin llegó el día del encuentro, con un cielo
encapotado que amenazaba lluvia. Y todos sabemos lo que
ocurre en Buenos Aires cuando empieza a llover en junio. Frío,
mucho viento, inundaciones a todo lo largo de la costa. Así
que la gente estaba apurada por que el match empezara cuanto
antes.
-Acérquense los capitanes –dijo un gordito que
tenía ferretería en Banfield, y jugaba de referí.
Y allí estaban ambos rivales, sacando pecho. Juancito
de azul y oro. El Cacho de azul y blanco.
-¡A jugar como caballeros! –dijo el ferretero- Putear
se puede, pero nada de casotes ni patadas. ¿Me oyeron
bien?
Después tiró la pelota, y dio comienzo la lid.
Los boquenses presionaban, pero la Academia se mandaba unos
contraataques para dejar temblando al más pintado.
-¡Gol de Boca!
-¡Gol de Racing!
-¡Dos a dos!
-¡Tres a tres!
-Tiempo adicional.
-¡Tres a tres!
-Se decidirá por penales –dispuso el de las pilchas
negras.
Pero se cansaron de patear a quemarropa, y nadie atajaba un
gol.
Entonces Juancito decidió tomar el destino en sus manos.
O mejor dicho, en sus pies. A falta de goles para humillarlo,
se puso detrás del Cacho, y le disparó un terrible
envío rumbo al culo. Adrenalina pura. Pero nadie había
ganado ese partido, y tal agresión, descalificaría
a los pizzeros. Así que un hincha llamado Pepe González,
que no tenía nada que ver con el asunto, corrió
para empujar al visitante y esquivarle la terrible coz. Mala
suerte, porque le dio a él de lleno en el culo. El hombre
se elevó en el aire, describió una curva balística,
y desde entonces vive en París. Con lo que se cumplió
un viejo dicho: No hay comedido que salga bien.
THE END
Copyright: John Argerich, 2006
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
|
 |
 |
MORIR
EN MARASH, NOVELA HISTORICA
Comentario de María González
Rouco
|
|
MORIR EN MARASH, por Eduardo
Bedrossian. Buenos Aires, Edición del autor, 2004. 448
pp.
A ochenta y nueve años
del genocidio armenio, el autor dedica su obra “A los
armenios de Marash. Al millón y medio de niños,
mujeres y hombres masacrados en el primer genocidio del siglo
XX. A sus descendientes, a sus familias. A la Nación
Argentina y a todos los países que los acogieron con
generosidad. A cada hombre y a cada mujer que lucha honestamente
para sobrevivir en un mundo envilecido por los poderosos de
turno”.
“La llamada ‘guerra de
Marash’ – señala Bedrossian, en el Prefacio-
es más una expresión evocativa que una realidad
bélica. Es otra estación del calvario de los pueblos
sometidos al yugo otomano. Entre 1820 y 1890 fueron asesinados
más de 90.000 armenios, griegos y búlgaros; trescientos
mil armenios son aniquilados entre 1894 y 1896. También
los árabes y asirios tuvieron sus mártires. La
‘guerra de Marash’ no fue una guerra. Si una parte
queda diezmada y la otra carece prácticamente de bajas,
la palabra guerra pierde su contenido y es lícito reemplazarla
por otra más realista: matanza. De eso trata este libro.
De un pueblo acorralado, de cara a la muerte, que ha sufrido
el despotismo de los sultanes, luego el genocidio a manos de
los ‘Jóvenes Turcos’, y finalmente hasta
1923 la culminación con Mustafá Kemal, cuando
casi no quedan armenios por esas tierras”.
En el Prólogo a la obra, el
embajador Leandro Despouy, Relator Especial de Derechos Humanos
y Discapacidad en las Naciones Unidas, escribe: “Marash
tiene especial significación para el autor: es el pueblo
natal de su madre. Su padre fue arrojado a una fosa común
dándoselo por muerto. Los Bedrossian, como sobrevivientes
del horror, llegaron a la Argentina donde su hijo Eduardo nació
y creció con el recuerdo de la tragedia que ellos habían
dejado atrás. La escritura de este compatriota le da
sentido al sufrimiento de su progenie. En los umbrales del siglo
XXI y frente a nuevos delitos de lesa humanidad, el presente
trabajo es de lectura indispensable para preservar la memoria,
involucrarse con la historia y censurar sin reservas todo acto
que violente la condición humana”.
La historia se inicia en el pueblo
armenio, el martes 30 de septiembre de 1919, cuando Elmast (abuela
del autor) despierta a su esposo Shadarev, pues ha tenido lo
que ella considera un sueño premonitorio, y lo insta
a salir del lugar. El hombre sostiene que los temores de la
mujer son infundados, pues han pasado ya los malos tiempos,
y nada hace presagiar que vuelvan los años de las torturas
y las muertes, del dolor y el llanto. No obstante, la duda se
ha instalado en su ánimo.
La mujer no se equivocaba. Una vez
más, los armenios son víctimas de los crímenes
más feroces, del sadismo más terrible. Bedrossian
da testimonio de esta crueldad, pero destaca que no fue un ataque
del islam hacia el cristianismo, y afirma que, así como
muchos turcos fueron sanguinarios, otros sufrieron la destitución
de sus cargos por oponerse a cumplir órdenes. Exalta,
asimismo, el heroísmo de los misioneros, quienes pusieron
en riesgo sus vidas para parlamentar con los turcos.
“Los hechos relatados son auténticos
–manifiesta-, los actores deben resignarse al guión
no elegido, son arrastrados irresistiblemente a la insospechada
tragedia común que los envuelve. Vienen a nuestro encuentro
con el temible lenguaje de la verdad. La acción transcurre
a través de los ojos y la piel de sus protagonistas.
Sus nombres son reales. Carecen de maquillaje, visten con la
ropa del hombre de la calle. Llegan a nuestro encuentro sin
libretos aprendidos de memoria, con sus defectos y virtudes,
grandezas y miserias. En pocas ocasiones, la titularidad de
los acontecimientos pertenece a otro hermano de infortunio.
Cuando suben al escenario cada uno se convierte en un personaje.
No son las criaturas del autor, en realidad es el autor la criatura
que ellos han dado a luz tras penosos dolores de parto. Sólo
pretenden que se escuche su voz y se respeten sus silencios”.
Hay escenas de gran dramatismo, como
aquella en la que describe el éxodo hacia Adaná,
con un frío intenso. A poco de empezar a caminar, los
pies se congelan; la ropa, empapada, impide la marcha. Los más
débiles se quedan a la vera del camino; sus familiares
no pueden hacer más que santiguarse. A muchos, ni siquiera
pueden cerrarles los ojos, pues tienen los párpados congelados:
“El camino a Adaná se va convirtiendo en un sendero
señalizado por cadáveres en posiciones desordenadas,
como estatuas caídas. Acostados. Sentados, apoyados contra
un árbol, se trata de una última colaboración
hacia los rezagados, para que no pierdan el camino. No existen
vías como las de un tren. Desde lejos se los podrá
confundir con las ramas secas de un viejo árbol. Algunos
están sentados juntos con las bocas abiertas como si
hablaran en voz baja, en un lenguaje secreto, para que no escuchen
los que siguen. Hay cuerpos abrazados, parecen estar unidos
en oración, con copos de nieve en la barba de los hombres
o en el cabello de las mujeres, como un pegajoso maná
caído del cielo. Si fuera por ese vestido de nieve se
diría que están descansando. Un extraño
no sospechará si se trata de una huída o de una
escena familiar. Nadie se atreve a quitarles el abrigo ya innecesario
que forma un conjunto inseparable con cada cuerpo, como fantasmas
decorados de blanco por la nieve y de violeta por el frío”.
Los incendios de templos llenos de
refugiados, las violaciones a adolescentes y mujeres, a menudo
delante de la propia familia, son denunciadas por este estudioso
que se propuso “no olvidar”, como lo dice el título
de una de sus novelas.
Los Bedrossian y los Boulgourdjian
son sólo algunos de los muchos armenios que evoca el
autor, y que encontraron paz en estas tierras. De esas familias,
acosadas por el dolor, la miseria y la impunidad, han salido
hijos que estudiaron, que hicieron brillantes carreras, y demostraron
a sus padres que, después de todo, la vida tenía
sentido.
Al igual que en obras anteriores, las
costumbres, las comidas, los relatos y los refranes son reflejados
en esta obra que nos ilustra detalladamente acerca de la vida
cotidiana de una comunidad en la paz, y también en la
guerra.
Eduardo Bedrossian es Doctor en Medicina
y Licenciado en Desarrollo Educativo. Ha escrito anteriormente
Pilato (novela, 1968), Hayrig Detrás del silencio de
un millón y medio de voces, (novela, 1991), Hayrig II
(ensayo, 1995), Memorias para no olvidar (novela, 1998), Después
de Hora (Narrativa, 2000). A la seriedad con que se ha documentado,
se le suma un diestro manejo del idioma; ambos nos hacen admirar
el talento de este escritor, que tanto hace por difundir la
historia de los suyos.
Completan el volumen la bibliografía
consultada, el apéndice –que incluye información
sumamente actualizada- y el plano de época de la ciudad
de Marash, preparado por el arquitecto Alejandro Bedrossian.
|
| |

José Juan Botelli |
José Juan Botelli
Por María Fernanda Abad
|
|
| José Juan Botelli es
común encontrarlo sentado en medio de sus nostalgias.
En su vieja casa de la calle Necochea los recuerdos están
enmarcados en cuadros, detenidos en fotos, atrapados en las
anécdotas que al "Coco" le brotan nítidamente,
sin esfuerzo... como su música.
Un escritorio antiguo con un vidrio. Debajo, las escenas de
una vida, en blanco y negro. En las paredes, cuadros. Pinturas
grandes, obsequios de aquellos amigos con los que compartía
las tardes y las noches en el patio de don Juan Carlos Dávalos,
bajo la morera. Y entre las pinturas, más fotos. Chiquitas,
espiando desde la memoria y la admiración: Ramiro Dávalos,
Gustavo Leguizamón, Manuel J. Castilla, Manuel De Falla,
Maurice Ravel, Igor Strawinski, José Hernán Figueroa
Aráoz, Jorge Hugo Román...
El "Coco" Botelli es un lúcido
representante de aquella Salta que quedó en los libros
y en la memoria por su rico caudal de artistas: escritores,
músicos y pintores. Así, por separado, o todo
al mismo tiempo, como es el caso de Botelli, que tiene varios
libros publicados, varios cuadros colgados y toda la música
echada al viento. Eran los años '40, '50... Ellos eran
jóvenes, y al mismo tiempo grandes, muy grandes. Ahora,
Botelli habla y el pasado llega como tropel, superpoblado. Pero
no lo estanca. Lo enriquece, pero no lo estanca. Y es que el
presente es también tan rico que la convivencia parece
casi perfecta. El joven Botelli que acompañaba a don
Juan Carlos a dar largas caminatas o se enredaba en contrapuntos
de piano con el "Cuchi" se mueve cómodamente
en este cuerpo de más años, más rituales
y menos alborotos. Conviven. Y de a ratos habla uno, y de a
ratos habla el otro.
"Comencé con la música a los doce años,
aquí en Salta y mi primer instrumento fue el bandoneón",
recuerda, y no mezquina detalles: "Mis hermanos trabajaban
en Huaytiquina, la línea que iba a Chile, y cada uno
se compró un bandoneón, pero nunca pudieron aprender
a tocar nada. Yo los agarré y al poco tiempo ya estaba
tocando de oído. Ahí nomás me mandaron
a estudiar con José Mantuano, profesor que tenía
un conjunto de tango. Entonces aprendí las primeras piezas
clásicas, como "Desde el alma", el vals de
"Rosita Melo" y la zamba "La jujeñita",
que no volví a escuchar nunca más".
Eran los años mozos y la música era importante,
pero no lo era todo. Por eso, a los quince se fue con su amigo
Juan Britos "de linyera", a Buenos Aires. "Hemos
mentido que nos íbamos a los cerros, cosa que siempre
hacíamos, y hemos vuelto recién al mes, bien flacos.
Andábamos en los trenes de carga, nos bañábamos
en el Paraná. Pura aventura... Me acuerdo que cuando
volví, mi hermano mayor, que hacía de jefe del
hogar porque mi papá murió cuando yo tenía
tres años, no me dijo nada. Llegué y me senté
a tocar el bandoneón en el patio. Y no me dijo nada.
Qué iba a decir si yo ya no tenía remedio".
Botelli abrazó el fuelle hasta que un día, de
esos que suelen marcar comienzos, a su hermana Ofelia le compraron
un piano vertical. Y empezó a tocar.
Y
empezó a crecer. "Me mandaron a estudiar con Juan
Dakal. Después pasé a mi maestro de toda la vida,
Alberto Prevot. Después estudié armonía
con Emerencio Kardos. A los quince, con el acordeón a
piano, hice mis primeros valsesitos. Luego estudié tres
años en Tucumán, me llevó mi primo Gabriel
Salazar, que fue mi mecenas. Ahí aprendí mucho
con Enrique Mario Casella. Después volví y en
el año '37 o '38 conocí a Jaime, y a través
de él a todos los Dávalos".
Botelli estudió y creó. Y en eso, por lo menos
genéticamente hablando, no registra antecedentes. "Mi
papá tocaba algo la guitarra, de oído. Mi hermana
era la que empezó a estudiar música, pero el habilidoso
resulté ser yo".
Y en aquellos años, la habilidad - según revela
la historia-, parecía ser contagiosa. Y se contagiaba
entre pares, entre jóvenes entusiastas que se reunían
en torno de una figura que los aglutinaba, los cobijaba y los
invitaba constantemente a producir. "Conocí a mucha
gente en la casa de Don Juan Carlos Dávalos, donde todos
eran artistas. Ahí los conocí a todos: al Cuchi,
a Jacobo Regen, a Miguel Angel Pérez, a todos... En su
casa de la 20 de Febrero, don Juan Carlos tenía tres
patios. Había uno con una morera y ahí nos encontrábamos.
El tenía una portentosa amenidad, recitaba a los clásicos
y a nosotros nos fascinaba. Conversábamos alrededor de
algún vinito que él compraba. Era muy generoso.
No podía estar si no te invitaba algo. Las reuniones
eran fiestas que organizaba el Arturo, asados que él
mismo hacía. Don Juan Carlos animaba todo, siempre estaba
hablando y nos entretenía. A veces sacaba un libro y
se ponía a leer, después cada uno de los presentes
recitaba sus propias composiciones. Jacobo recitaba lo suyo,
Arturo lo de él. El nos escuchaba y nos estimulaba para
que siguiéramos escribiendo. Uno le contaba algo y él
inmediatamente te decía: `escribí eso, es literario'".
Este tramo de su vida, a Botelli, le llega con el espesor de
los buenos vinos, lo bebe sorbo a sorbo y le baja suave, lentamente...
"A veces yo estaba tocando el piano en esta misma habitación
y llegaba don Juan Carlos, golpeaba el vidrio con su bastón
y nos íbamos a caminar por la ciudad. Terminábamos
tomando una cerveza en el parque y el viejo siempre se quedaba
a charlar en cualquier lado. Todos lo invitaban porque era un
personaje. Yo considero que él ha sido mi maestro. Y
ha sido mi padrino, porque yo estaba sin trabajo y me hizo debutar
en la docencia, como profesor en el Colegio Nacional. Ahí
enseñé desde el '55 hasta el '82".
Los de antes
Botelli es todo un caballero. Esos hombres "de antes",
que se desviven en atenciones. Galante como pocos, abre la puerta
e invita a pasar. Y entre sus paredes pobladas de recuerdos,
vuelve una vez más a la banqueta de madera oscura, coloca
sus manos sobre el viejo piano, lo acaricia, agacha la frente,
y comienza a tocar. "Una milonguita, para ustedes".
Y uno se queda ahí, y apenas atina a decir gracias. Porque
se pueden regalar muchas cosas en la vida, pero cuando un artista
de su talla se molesta en ofrecer ese intimismo, uno se siente
infinitamente privilegiada.
- ¿Una galletita?
Y otra vez, "gracias".
Después del gesto - imborrable gesto-, Botelli retoma
el diálogo con la naturalidad de quien mezcla constantemente
las grandes y las pequeñas cosas. Entonces habla del
Cuchi. El infaltable e inagotable Cuchi. "Empezamos a componer
en el '46 o '47. El no sabía escribir su música
y aprendimos juntos, prácticamente solos. Y aprendimos
por la necesidad que teníamos de escribir lo que hacíamos.
Y comenzamos a componer en el mismo tono, en `la bemol mayor',
por ejemplo. Pero el Cuchi me ganó de mano porque se
agarró para él a un letrista formidable, como
lo era Manuel Castilla. Porque yo pienso que la letra es la
mitad de la canción. Mi letrista fue José Ríos.
Después trabajé con otros muy importantes, como
Miguel Angel Pérez y Nella Castro. Con Ríos tengo
como 14 piezas. Con García Pintos, tengo `La nostalgia
de tu ausencia', con Juan José Coll `Chacarera de los
loros'. El Cuchi tenía la ventaja de que se agarró
para él a Manuel, que era un letrista insuperable; así
como Falú se agarró para él a Jaime Dávalos.
Manuel era muy amigo del Cuchi, estaban todo el tiempo juntos.
En esa época todos convivíamos y se producía
mucho. Algunos no sabían escribir su música, como
le sucedía por ejemplo a Julio Espinoza. A la `Vidala
para mi sombra' se la escribí yo. La música era
de él, por supuesto, pero como no sabía escribir
música, se la pasé yo. Con el Cuchi tocábamos
a dos pianos. Hicimos recitales en el Hotel Salta, en Jujuy,
en la Casa de la Cultura... Pero es una lástima que nada
de eso haya quedado documentado, registrado. Es que los grabadorcitos
de ese entonces no eran buenos. Generalmente no escribíamos
la partitura, improvisábamos, trabajábamos sobre
el instrumento".
- ¿Y cómo
define su música?
- Es una pregunta
difícil. No te sabría decir, pero siempre que
hallé una buena letra me ha salido buena música.
Ahora, a la música de cámara la hice siempre basada
en melodías del folclore. Mi sonatina, por ejemplo, tiene
ritmo de zamba, gato, chacarera... "La danza irregular",
tiene ritmo de carnavalito.
-¿Por
este método de fusionar el folclore con lo clásico,
usted se considera innovador?
-No, más bien hice lo que hicieron todos los músicos:
abrevar de su propio folclore. Chopin, por ejemplo, compone
a partir de la música de su tierra.
Hay que tomar de la fuente. Verdi hace folclore italiano. De
manera que no soy innovador, sino que intenté hacer lo
que todos los grandes. Conminado a confesar, a nombrar, Botelli
se reconoce admirador de Gershwin, Chopin, Strawinski, Chopin,
Beethoven, Ravel, Louis Amstrong... Y también le gusta
algo de Serrat. Esa música, la universal- dice-, es la
que lo conmueve. E inmediatamente llega la pregunta obligada:
- Como integrante de una generación floreciente dentro
del folclore, ¿cómo ve al folclore actual?
- En mi época los folcloristas iban a la casa de los
compositores a buscar los temas musicales, pero ahora eso ya
no se usa. Aquí venían Los Fronterizos, Los Cantores
del Alba, todos los conjuntos. En cambio, ahora, los conjuntos
(me imagino que por aprovechar el derecho de autor) componen
sus propias piezas. Y pienso que esas producciones tienen menor
calidad, sin ánimo de sobrevalorar a los de mi tiempo.
Ahora los grupos trabajan para cumplir con la moda. Y la moda
es lo más antifolclórico que hayno favorece el
progreso cultural. Además los artistas deben tener una
cultura general que ahora no veo, es todo muy pobre, muy limitado.
Antes los artistas eran muy cultos y al mismo tiempo muy populares.
En las letras de Jaime, de Manuel hay muchas figuras de Neruda,
por ejemplo. Ahora el folclore está más cerca
de lo comercial que de lo artístico. Prevalece el mercado
y entonces hay que producir para la demanda. Están muy
atados a esos mandamientos. Veo que el folclore se va acercando
cada vez más a la cumbia y parece que la gente pide eso
más allá de que la cumbia sea en sus fuentes un
ritmo muy bonito. En mi época me parece que la gente
pedía otra cosa como por ejemplo"La Felipe Varela"que
tuvo un éxito bárbaro. La música de esa
zamba me salió de un sólo tirón porque
la letra es tan hermosa que ya tiene una música interna.
¿Y
la inspiración? Ese halo medio mágico que uno
suele prenderles como distintivo a los artistas para explicar
por qué ellos pueden y uno no... ¿Y la inspiración
de dónde le viene? Y en este punto Botelli desentona
un poco porque dice que no le viene del vino (ni tinto ni blanco)
como solía ser el caso de muchos de sus contemporáneos.
A esas musas las encuentra, confiesa, en la habitación
que nos cobija toda salpicada de recuerdos. "Una vez estaba
aquí sentado mirando unas fotos viejas de cuando yo era
chango. Y miraba también otras de mi hijo... Entonces
me dí cuenta de cómo llegamos a ser eternos a
través de los hijos y las cosas que hacemos. Es el camino
para perdurar. Pensaba y me salió un poema: `Yo y el
tiempo'. Dice así:
El tiempo es este retrato de lo que fui de niño
el tiempo es este hijo mío niño y será
cuando él sea viejo que así como yo soy en él
y él será en otro seré en todos los que
vengan de mí yo y el tiempo.
Así, Botelli encuentra continuidad. Botelli alcanza continuidad.
Le sobra vida porque le sobra obra. Y es para nosotros.
Desde un beso
Escondido rincón
del mundo eterno
donde la vida acurrucada en sombra
cobija a un tibio corazón humano
que ha de latir un día: desde el beso.
Polen astral, simiente que el amor
fecunda entre la carne de dos seres,
uniendo cuerpos en mandato oculto
de regresar de nuevo: desde el beso.
(Fuente: Agenda Cultural de El Tribuno del 17 de
junio de 2001)
|
 |
 |
Dos Poemas de María
Griselda García Cuerva |
|
| La nostalgia
del crepúsculo
La nostalgia del crepúsculo
solloza en mi corazón
y la monotonía roza
la sombra de los recuerdos.
El inmenso cielo se oscurece
y en la plaza solitaria
la brisa cálida y suave
mece los brazos del silencio.
Sentada sobre un banco
suspiro mirando las rosas
y mis pensamientos se dispersan
en los senderos de mi mente.
La gran quietud tropieza
con los gemidos de un violín
y lloran los acordes
viajando por el aire.
La melancolía del atardecer
penetra en mi espíritu
y algunas palabras entrecortadas
se escapan de mi boca. |
Encantos
nocturnos
El resplandor de la luna
baña de oro las rosas
y una lluvia de brillo
cae sobre sus pétalos.
Los ojos de la noche
abren sus párpados enormes
y se llenan de estupor
al ver el rostro de la belleza.
Las estrellas visten los sueños
con trajes color plata
y se divierten con las nubes
que vienen a besarlas.
El perfume de la primavera
perdura en el aire
y el amor trae palabras
pronunciadas en secreto.
La vida se aferra
a los encantos nocturnos
y lleva en su sangre
la pasión de sus deseos.
|
|
 |
 |
CONCIENCIA
(Aria)
Por Freya Hodar Nistal
|
|
Sombra y lealtad
al honor horadan,
nula castidad,
silente conciencia,
infierno y dolencia,
queman a mis ojos.
El alma de instinto
osada castiga,
y al dolor mitiga
de yertos despojos.
( Freya)
15 de Mayo, 2005
http://freyahodar.blogspot.com
|
|
 |
 |
Griselda
Gambaro, en la Casa de Letras, habló sobre la novela
“El mar que nos trajo”,
eje de su carrera literaria
Por Stella Maris Mairó
Datos de las protagonistas* |
|
| El ciclo
de entrevistas con escritores argentinos de ficción,
organizado por el Fondo Nacional de las Artes y la Casa
de Letras, en la que fuera la residencia de Victoria Ocampo
en Palermo Chico se iniciò con Griselda Gambaro,
quien fue entrevistada por la periodista Silvia Hopenhayn.
|

Silvia Hopenhayn |
|
Ella inaugurò el encuentro
una tarde bellísima, en una de las salas de la Casa de
Letras, ampliamente iluminada y con una gran vista hacia la
plaza Grand Bourg, que está enfrente, en la misma manzana
que el Instituto San Martiniano ?copia fiel de la residencia
del pròcer en el Grand Bourg de Francia-, realizada por
el arquitecto Julio Salas, en Teodoro Sánchez de Bustamante
y Alejanndro de Aguado, de Buenos Aires, Argentina.
El público, minutos antes del encuentro,
aprovechó para recorrer la Casa de Letras, su biblioteca,
sus salones y el aire místico de palabras esfumadas en
el tiempo, de la talentosa escritora que recibiò a la
intelectualidad universal de su tiempo en ese bello y elegante
rincònde del Palermo porteño.
Una de las primeras invitadas a conversar
sobre la ficción, fue, como dije, la escritora y dramaturga
Griselda Gambaro, quien con su simpatía y gracia, atrajo
a un auditorio compuesto por personas de todas las edades.
Hopenyhayn y Gambaro, se lucieron, no solamente
por lo que llevaban puesto (camisas y polleras sobrias), sino
por el carisma para cautivar al público con palabras
justas e interesantes acerca de una obra cargada de recuerdos,
enseñanzas y experiencias.
Mientras Gambaro hablaba, Liliana Heker,
escritora y miembro del Directorio del Fondo Nacional de las
Artes escuchaba atentamente a su colega.
Durante la mayor parte de la entrevista ?genero creado por la
escritora y periodista Marìa Esther Vàzquez que
luego reproducìa en el suplemento literario de La Naciòn
de Buenos Aires-, Gambaro habló sobre una de sus novelas:
El mar que nos trajo.
Esa obra es para ella el eje de su producciòn
literaria pues, en cierto modos, es autobiogràfica. Cuando
escribiò en el inicio, “En el verano del `89, se produjeron
dos acontecimientos importantes en la vida de Agostino...”,
empezò una gran relato de abandonos, de pérdidas,
de sufrimientos y de desilusiones, entre Italia y Argentina,
que transcurren entre los años 1889-1939.
El mar que nos trajo es una trama que Gambaro
oyó en su familia: ?Era una historia que escuchaba en
torno a la mesa y siempre me seducía por los desencuentros
de medios hermanos que no se conocían; los odios, las
pasiones, entre Argentina e Italia?. Sobre la novela Gambaro
confiesa: “tenía ganas de escribirla y lo intenté
en primera persona, con poca suerte, porque está escrita
en tercera, pero no pude, ya que me parecía demasiado
personal; entonces la dejé como veinte años, hasta
que de una manera misteriosa empecé la primera frase”.
Desde Italia, el mar trajo esperanzas, sueños y un poco
de felicidad a una casa de inquilinato en donde las mujeres
eran sumisas, infelices y tristes. “Las amas de mi familia
vienen de un ambiente patriarcal; en aquella época trabajaban
mucho sin protestar o lo hacían de manera ineficiente;
se casaban para obedecer al marido”, cuenta Gambaro. Y
hacia Italia, el río de La Plata se llevó lágrimas,
pérdidas e impotencias.
Con un desenlace señalado por la llegada de la muerte
de algunos personajes, la novela logra una dosis de vida con
el encuentro entre protagonistas, que el lector creyó
que no se iban a tropezar. El mar que nos trajo consigue conmover
al lector por la belleza y profundidad de un relato sobrecogedor.
Cuando se halla a punto de concluir, la narración adquiere
matices más templados. Parecería que asoman nuevas
historias de mar, de otras tierras, de otras voces lejanas que
terminan con los hechos dramáticos. Para Gambaro, el
fin de su novela le permitió percibir las raíces
que todos tenemos y a las que no prestamos atención:
“En mi caso esos seres borrosos que estaban en mi origen
se tornaron presentes y vivos y pude comprobarlo en sus alegrías,
desazones y sueños”.
La página oficial del sitio de la Casa de Cultura es
www.fnartes.gov.ar y el mail para comunicarse es casadelacultura@fnartes.gov.ar
*************************************************
*Las
protagonistas:
Griselda Gambaro
Nació en Buenos Aires en 1928. Entre sus libros figuran
El desatino (1965), Una felicidad con menos pena (1965), Ganarse
la muerte (1976), etc. Sus obras dramáticas han sido
estrenadas en los escenarios más prestigiosos de distintos
países de América Latina y Europa y traducida
a numerosos idiomas.
Es considerada por la critica como una de las escritoras más
relevantes de la literatura argentina actual.
Silvia Hopenhayn
Es periodista literaria. Fue editora del suplemento semanal
El Cronista Cultural. Ideó y condujo el programa de televisión
El Fantasma , seguido de La crítica, La lengua suelta
y La página en blanco . Participó en diferentes
programas radiañes y actualmente es responsable de la
sección La palabra escrita del programa Primeras luces,
en Radio Nacional. Es editora independiente.desde hace diez
años. Cuentos reales es su primer libro.
Victoria Ocampo (1890-1979)
Escritora argentina. En 1931 fundó la Revista Sur y la
dirigió durante cuarenta años. Fue una de las
publicaciones literaria hispanoamericana de prestigio universal.
Victoria Ocampo es la Primera mujer que ingresó en la
Academia Argentina de Letras.
|
 |
 |
Miguelina Ángel
Por Gladys Ovadilla |
|
|
Temblorosa en
su puerta
Aguardo el misterio
Si es posible creerte muerta
Parada, llorare tristeza vana
No olvidaré tu magia miguelina amiga
Cuando corrías por mis hijos
Yo pensaba subirme al andén, cobarde
Y correr para que mis niños estén bien
Tu imagen, dulce italiana
Trasteaba los polvorientos vientos
Imaginándote niña
En morris desierto
Ramos de sueños
De ideas florecidas
Clavel, pimpollos de rosas
Convocaran tu huida
Tantas veces te soñé
Aclamando la inocencia
Es el tiempo que perdona,
Que carece triste olvido
Si con mi mano pudiera
Ilumina tu ventana
Torrentes de amor
Corriendo por mi mente |
|
|
| |
 |
INMIGRACION A LA ARGENTINA
(1850-1950)
Testimonios
y Literatura
(Capítulo
III – Primeros Días)
Por María González Rouco |
|
La
travesía ha llegado a su fin. Los pasajeros, con su documentación
argentina, se encuentran con sus familiares, amigos, o empleadores,
o se remiten a las instituciones que los orientan.
Algunos inmigrantes son esperados por
sus parientes, a los que conocen en el momento de arribar a
la Argentina. Así sucedió a Carmina, la madre
de Jorge Fernández Díaz, cuyos tíos “importaron
a una hija de España porque el médico que operó
a Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios.
(...) Pedía una niña, y prometía cuidarla
y educarla hasta que mi abuela pudiera viajar”. Al llegar
la asturiana, de quince años, la tía le dice:
“Aquí no volverás a pasar hambre, querida”.
“Le abrió una camita disimulada dentro de un mueble
del comedor, y Carmen durmió, por primera vez en mucho
tiempo, diez horas seguidas. Consuelo la despertó con
medialunas, la bañó y despiojó, le dio
ropa y zapatos nuevos (...) y la llevó a la peluquería”.
También al médico: “Carmen venía
con una bronquitis aguda, estaba desnutrida, mal desarrollada
y probablemente raquítica. Le prescribieron jarabes,
vitaminas y una dieta a base de alimentos ricos en hierro y
calcio”.
Pero todo tiene su precio. “Pasados
los primeros días, Marcelino envió a Consuelo
con un mensaje: Carmen debía levantarse a las cinco,
prepararles el desayuno y servírselos en la cama. Luego
tendría que acompañarlos a la escuela, donde se
dedicaría a limpiar el patio, a barrer las aulas, a cepillar
los escalones, a fregar los mármoles y a encerar la dirección.
Cumplida la tarea, recibiría un billete colorado y visitaría
la feria de la calle Guatemala para hacer las compras, después
limpiaría toda la casa y prepararía el almuerzo.
Haría su tarea escolar y a las seis de la tarde entraría
en la primaria para adultos que funcionaba en horas nocturnas
del Fidel López”. Para colmo, “semana tras
semana, en ausencia de Mino y de Consuelo, el hidalgo acosaba
a su sobrina en el juego mudo, casi chaplinesco, del gato y
el ratón” (1).
El padre de Gladys Onega “Llegó
solito, y cuando fue a la casa de su tío Agapito Vega,
hermano menor de mi terrible abuela Carmen, esa noche lo pusieron
a dormir en la cochera y no en la cama más blanda, como
aquella que le reservaban siempre al tío Agapito en la
casa da pena de Galicia”. La escritora se pregunta: “¿El
tío que lo encandiló en Galicia con la ilusión
de América fue el primero que empezó la destrucción
de la ilusión?” (2).
“A la Argentina –recuerda
Luis Varela, en De Galicia a Buenos Aires- no se podía
emigrar sin un contrato de trabajo, pero se hacía responsable
de nosotros mi tío José, hermano de mi madre,
que nos estaba esperando en el puerto, acompañado de
la hija, mi prima Norma, que lucía un gorrito de punto
muy blanco, y con una sonrisa y un beso nos levantó un
poco el ánimo, sintiéndonos ya amparados en casa
de nuestra familia americana, mis tíos habían
emigrado hacía ya 30 años y, por supuesto, los
hijos eran criollos. (...) La habitación también
estaba lista para los dos huéspedes. Dos camitas plegables
entre la pila de cajones de cerveza en la cocina del bar, que
era además depósito de mercadería. Desfilaban
las cucarachas de 5 ó 6 en fondo, pero yo ya desfilare
varias veces con otros bichos, y si bien estaba familiarizado
con las pulgas, había que acostumbrarse a convivir con
todo bicho viviente” (3).
Cuando llegó en el “Bremen”,
en 1929, mi abuela pasó en casa de unos parientes los
pocos días que faltaban para su casamiento. Mi abuelo
había llegado mucho tiempo antes, y vivía a unas
cuadras.
“Generalmente los vascos casi
no utilizaron el Hotel de Inmigrantes, del que se podía
ser huésped por ocho días, ya que frecuentemente
venían consignados, siendo muy jóvenes (12 0 14
años) a parientes o compadres que los estaban esperando”
(4).
Acerca de su padre, sus
tíos y su abuela, que dejan Turquía, relata Silvia
Isjaqui Sereno: “Cuando la guerra terminó
y llegó el primer giro los embarcaron como bestias apiñadas
con rumbo a América. Cualquier cosa parecía mejor
que lo vivido y además la esperanza, esa mariposa volando
en el medio del pecho. (...) cuando llegaron al puerto de Buenos
Aires los esperaban parientes. que los llevaron a comprar ropa
decente a Gath y Chaves, el brillo que entonces tenia la gran
ciudad los encegueció, Elías no se reconocía
en los espejos que le devolvían una imagen pulcra y graciosa”(5).
Una inmigrante armenia
dijo a la investigadora Nélida Boulgourdjian: “Al
llegar a Buenos Aires, en 1924, vivimos ocho días en
casa de mi cuñada, en la calle Niceto Vega. Después
alquilamos una casa cerca de la calle Canning. Mi marido era
carpintero, ganaba bien. A los pocos meses compramos un lote
en Liniers, a pagar en diez años” (6).
Los que no tienen conocidos en la nueva
tierra, sufren “las penurias del desembarco en Buenos
Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un destino”(7).
Algunos se hospedan en otros hoteles. Días después,
se trasladarán a un conventillo; a una vivienda más
digna, o viajarán hacia el interior.
Notas
1. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos
Aires, Sudamericana, 2002.
2. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo
Mondadori, 1999.
3. Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así
es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996.
4. S/F: “Características de la inmigración
vasca en el Cono Sur”.
5. Sereno, Silvia Isjaqui: “Un par de zapatos”,
en SEFARaires, N° 44. Buenos Aires, Diciembre de 2005.
6. Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en
Buenos Aires. La reconstrucción de la identidad (1900-1950)..
Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
7. Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna,
1991.
El Hotel de Inmigrantes
Quienes llegaban
al Puerto podían alojarse en el Hotel (1), sólo
si observaban el reglamento de la institución. El mismo
figuraba en el Manual del emigrante italiano, y establecía,
por ejemplo que “Después de cada comida, a la hora
indicada por el reglamento, se deberán limpiar los utensilios
que se le hayan entregado antes, sin lo cual no podrá
ausentarse del Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán
que limpiar las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres.
La parte destinada a los hombres, está separada de la
de las mujeres; al igual que en el barco, está prohibida
la promiscuidad. Con todo, se respetará el sagrado derecho
de ayudar a su mujer y a sus niños. Una vez escuchado
el timbre del silencio nocturno, está prohibido cualquier
tipo de alboroto. Quien se sienta mal debe avisar a la dirección
del establecimiento. Está permitido salir a determinadas
horas, pero quien no haya regresado en el horario previamente
fijado no podrá pasar la noche en el Hotel” (2).
Un pionero holandés
se alojó allí: “En mayo de 1889, el vapor
Leerdam trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina.
En este barco llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra,
quien en su libro, Cual ovejas sin pastor, recuerda su llegada:
‘Desde el vapor hasta la costa tuvimos que navegar en
lancha y carro unos diez kilómetros soplando un viento
de invierno que nos penetraba hasta la médula de los
huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio...
Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí...
Engarrotados de frío y medio hambrientos pisamos por
fin tierra argentina. Desde Buenos Aires, y previo paso por
el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta
Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares,
en la llamada Colonia del Castillo‘ ” (3).
El friulano Juan Faccioli
fue uno de los “integrantes de aquella primera migración
que dejaron testimonios escritos”: “Según
Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de
que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde
les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes:
algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar
sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar
a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría
del otro lado del arroyo El Rey” (4).
Por ese entonces, “La aglomeración
de gente presentaba un cuadro poco edificante. En ‘La
Nación’ (N° 2355), denunciaba el mal estado
del hospedaje a los extranjeros. A un pedido de aclaración
del ministro Laspiur, el Comisario de Inmigración informó
que: ‘el Asilo de Inmigrantes está muy distante
de ser lo corresponde al objeto que se destina. V:E: lo ha reconocido
así y mandó levantar planos y presupuestos de
la obra que debe construirse en el terreno que al efecto fue
cedido por la Municipalidad en el bajo del Retiro...’
y agrega que nunca habían tenido enfermedades infecto-contagiosas,
y que en un nuevo edificio, del fondo, se destinaba a los enfermos
que eran visitados dos veces por día por el médico.
Luego informa el señor Dillon: ‘Los inmigrantes
permanecen poco tiempo en el Asilo y cuando llegan se envían
al Río que está inmediato, lavan la ropa y se
asean. Cuando no están en esa operación, la pasan
en la Plaza, de manera que sólo en los días de
lluvia se siente algún inconveniente, cuando existe mucha
aglomeración, pero basta uno o dos días buenos
para que todo esté seco, pues el aire y la luz penetran
por todas partes” (5)
Marcos Alpersohn, pionero en la Colonia
Mauricio, provincia de Buenos Aires, llegó a la Argentina
en 1891. El se refiere al Hotel en sus memorias: “Las
chalupas nos condujeron hasta el Hotel de Inmigrantes, enorme
edificio de madera, vetusto, mugriento, cubierto de moho y musgo
y dividido en infinidad de habitaciones. Allí encontramos
a otros doscientos inmigrantes judíos llegados un par
de días antes en el vapor Lisboa” (6)
Alberto Gerchunoff relata que “Del
Hotel de Inmigrantes, de Buenos Aires, nos llevaron a Moisés
Ville en la provincia de Santa Fe. Es la primera de las colonias
fundadas por el Barón Hirsch”. Habían llegado
al Hotel provenientes de Tulchin, Rusia, “Una ciudad sórdida
y triste, sin alumbrado ni aceras, cuyo lujo arquitectónico
se reducía al palacio semiderruído de los condes
de Bazá y a un edificio llamado La Buena, sitio de paseos
dominicales” (7).
Al Hotel llegaron, en 1906, judíos
provenientes de Ucrania. Relata Maria Arcuschin: “Si nuestros
viajeros hubiesen tenido la posibilidad de alejarse de los muros
grises del Hotel de Inmigrantes, habrían podido apreciar
varios notables progresos que señalaban el fin de la
aldea colonial con el crecimiento de una futura ciudad”
(8).
En la carta que envía al periódico
El Obrero, en 1891, José Wanza, un inmigrante establecido
a su pesar en Tucumán, expresa: “En B. Ayres no
he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una
inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos
sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos
su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones
a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación,
manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron
en hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando
yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían
más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron,
me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el
estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por
la policía”. En el Hotel de Inmigrantes tucumano
no le va mucho mejor: “Al fin llegamos al hotel y pudimos
tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie
permitían salir de la puerta de calle. Estábamos
presos y bien presos” (9).
José Arias expresó sus
vivencias en el hotel de Puerto Madero, al que llegó
en el 30: “Quiero dejar aquí constancia del trato
y de la atención que las autoridades tenían con
los inmigrantes. Nos daban comidas sanas y abundantes; para
dormir, camas limpias y cómodas; en mi caso han pasado
sesenta y ocho años, yo entonces tenía trece,
pero nunca podré olvidar mi paso por el Hotel de Inmigrantes.
Y como si esto fuera poco las autoridades de inmigración
le sacaban el pasaje a destino y se lo pagaban, y hasta lo acompañaban
hasta las estaciones, por lo menos en mi caso” (10).
Marta B. de Pellegrini escribe: “Llegar
a un lugar donde todo era desconocido, la tierra, el idioma,
la gente, predisponía en nosotros a aumentar la incertidumbre,
hasta que fuimos llevados al Hotel de Inmigrantes. Era una especie
de oasis, donde nos agruparon según la nacionalidad y,
ya con el ánimo calmado, empezamos a mirar la realidad
de esta suerte de tierra prometida. Nos mantuvimos durante dos
semanas en las que el hoy llamado ‘viejo hotel’
sirvió de nexo entre lo trágico y conocido, que
había quedado atrás, y lo nuevo y desconocido
que teníamos por delante. No creo que haya en el mundo
otro refugio semejante para recibir y albergar a los inmigrantes”
(11).
En el Hotel estuvo Jacobo Rendler,
judío polaco, quien recuerda que el dormitorio “era
un salón enorme con cuchetas de a tres camas. Cuando
vimos las camas perdimos las ganas de acostarnos. Con Melcer
convinimos dormir afuera sobre unos bancos de cemento que había.
(...) Al día siguiente nos levantamos muy temprano. El
barco de piedra era muy duro y estábamos a la intemperie
pero las camas estaban tan sucias y tenían tantos bichos
que teníamos miedo de amanecer de nuevo en Polonia”.
Va a visitar a unos paisanos: “Al
salir del Hotel de Inmigrantes, el bulto con mis cosas estaba
en el depósito. Las personas de la Asociación
de ayuda a los inmigrantes me habían anotado en un papel
en castellano la dirección y el apellido de la familia
que buscaba. Era una especie de volante donde estaba impreso
que era un inmigrante recién llegado y se pedía
a la gente que lo leyera me ayudara a llegar a esa dirección,
que era en la calle Jean Jaurés de la ciudad de Buenos
Aires. Me indicaron tomar el tranvía número 2
y que le mostrase el papel que llevaba al motorman para que
me indicara dónde bajar”.
Encuentra a la familia que buscaba,
uno de cuyos miembros le asegura el empleo y promete pasar a
buscarlo al día siguiente. ”Al volver al Hotel,
Meltzer me estaba esperando. Me contó que había
vuelto una de las personas de la Asociación de ayuda,
que a él le habían conseguido en la casa de un
relojero, a otros los habían ubicado con carpinteros
o sastres, cada uno según su profesión y que a
todos los iban a ir a buscar al día siguiente”
(12).
En su poemario Las huecos de tu cuerpo,
Manuela Fingueret evoca a su madre, que se hospedó en
el Hotel. La hija le dice: “Suspendida del verano/ como
las/ glicinas de la calle Leiva/ ‘flor quieta y desnuda’*/
tus pies se arrastran/ en la noche/ como una alucinación/
que se desliza/ por las paredes/ del hotel de inmigrantes y/
tu cuerpo se estremece/ hija entre tantas/ en una aldea/ de
Lituania” (13).
Allí nació,
en 1947, Américo Fiorentini. Su hermana Aurora, afincada
en Bariloche, escribe: “Ni bien llegué a la Argentina,
junto a mis padres, en 1947, tuvimos que quedarnos más
de un mes en el hotel de inmigrantes, cerca del puerto de Buenos
Aires. Mi padre, profesor italiano en el exterior, enviado por
el Gobierno italiano, tenía que presentarse en la Dante
Alighieri de Santa Fe para asumir su dirección y mi madre
también, como maestra. Mi madre estaba embarazada de
8 meses y a nuestra llegada resultó claro que el bebé
no tenía intenciones de esperar demasiado para nacer.
Trámites, mudanzas, trabajo no formaban parte de sus
planes y por lo tanto ellos tuvieron que esperar a que naciera
antes de retomar sus obligaciones. Mi hermano, de nombre Américo,
nació 15 días después de nuestra llegada
y mi madre salió en los diarios porque, como siempre,
la prensa está a la caza de noticias algo extrañas.
Puesto que en la Argentina está en vigor la ley de la
sangre para lo que se refiere a la ciudadanía, los periodistas
anunciaron que una inmigrante italiana, apenas llegada, había
donado un hijo a su patria de adopción. Es de notar que
el sensacionalismo no es un invento actual” (14).
En el Hotel de Puerto
Madero, un panel reproducía las palabras del polaco Pablo
Nowak (15). Este hombre, llegado a la Argentina en 1949 recuerda
los magníficos asados que se hacían al mediodía
y agradece las que califica como sus primeras buenas comidas
en toda la vida. En otro panel se destaca aquello que escribió
Teresa Joan en el libro de visitas: “Llegué a esta
costa con 11 años, en el buque Madre Cabrini y fui hospedada
aquí con mis paisanos. Recuerdo el olor a pan de trigo”
(16).
Relatado por el profesor
Ochoa, conocemos el testimonio de una húngara: “Es
curioso algún recuerdo de una muchacha, hoy día
una señora ya de edad que vino a los trece años
con sus padres y contaba que en el desayuno se le servían
unos enormes tazones de café con leche o mate cocido
con leche –cosa que ellos no conocían, el sabor
a la yerba mate- y se servían en regaderas –ése
era el concepto de ella. Se refería a esas enormes cafeteras
que tienen mango de costado con un pico largo, por supuesto
sin la regadera, pero el pico estaba y para la mentalidad de
la chica se servía con regaderas. (...) Ella estaba muy
enojada cuando llegó porque no había visto las
palmeras y cocoteros que imaginaba en el Puerto de Buenos Aires
–era la visión europea de América- y después,
como había estado en muy buena posición y habían
quebrado en Hungría tuvieron que venirse acá sin
nada, pero les quedaba el recuerdo de la vida de buen pasar
y pensó que ella venía a un hotel de tres o cuatro
estrellas actuales y se encontró con que venía
a este hotel de cantidad de personas, grandes dormitorios para
todos –los hombres de un lado, las mujeres y los niños
de otro- y sintió desagrado, desagrado que dice que se
le fue cuando empezaron a comer. Dice que nunca habían
comido –ni aún en su posición buena primaria
en Hungría- como habían comido en el Hotel
de Inmigrantes” (17).
En septiembre
de 2000, se inauguró Casa FOA en el Hotel de Inmigrantes.
El estudio de Laura Ocampo y Fabián Tanferna, que tuvo
a su cargo la ambientación de uno de los dormitorios,
“antes que una reconstrucción histórica,
prefirió hacer un homenaje a todos aquellos que vinieron
con el coraje de iniciar una nueva vida” (18). Para ello,
contaron con la colaboración de algunos de los inmigrantes
que se hospedaron en el Hotel, quienes narran sus historias
en sendas grabaciones. Son estos hombres y mujeres los húngaros
Antonieta Rubido Zichy de Eicket, Américo de Gosztonyi,
Esteban Bergner y Eugenio Weisz; Ana Wasinger de Schaab, nieta
de ruso alemanes, y el español José Pereira Barros.
Dora Schwarsztein
presenta el testimonio de una española que llegó
al Hotel. Dice la mujer: “Nos metieron en el Hotel de
Inmigrantes. Salas muy limpias, pero, claro, una tristeza enorme.
Nos agolpamos todas las mujeres españolas por un lado.
Yo recuerdo las señoras más mayores que había,
todas estaban tristes. Allí por primera vez vi un mate”
(19).
El doctor Nicolás
Rapoport narra sus recuerdos de la época en la que, siendo
estudiante de medicina, colaboraba en la atención de
los recién llegados en el hospital del Hotel. El relata:
“Los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos
la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo
las preguntas que les dirigían los médicos en
sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados,
las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían
en íntima congoja y conmiseración. Todos los días
los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos
a los hospitales servíamos de intérpretes para
llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo
se iluminaban los ojos de los míseros al oír una
palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape
a su dolor moral” (20).
Felipe Fistemberg
Adler escribe que, al llegar a la Argentina, su madre y otros
familiares se alojaron en el Hotel: “Desde Nizni Apsa,
Checoslovaquia, el 30 de noviembre de 1930, llegaron a Buenos
Aires, a bordo del barco ‘Massilia’, Abraham (Alter)
Leibovich, su esposa Jane Adler, su hija Leique de un año
de edad, y Rifke Adler, hermana de Jane. Rifke Adler era mi
futura madre, que estaba por cumplir 26 años de edad.
Las autoridades de la J.C.A., los alojaron inmediatamente en
el entonces Hotel de Inmigrantes, donde permanecieron por una
semana. Mi tío Alter venía destinado a la colonización
con la promesa de obtener una parcela de tierra. El nuevo y
provisorio destino, Buenos Aires, deslumbró a los varones
inmigrantes, y ante el ocio de la permanencia en el humilde
Hotel de Inmigrantes, un grupo se aventuró a sus calles
y al regresar exhibieron el primer choque cultural: se habían
afeitado sus peies y barbas, atributos distintivos de la ortodoxia
de la época, en la que todos ellos habían sido
educados. Ese hecho les valió la reprimenda de las mujeres,
que, en especial mi madre, conservaron las leyes y costumbres
religiosas hasta sus últimos días”. Los
representantes de la J.C:A: los alimentaron durante esa semana
“con pan, aceitunas, alguna fruta y agua” (21).
Los alemanes del Admilral
Graf Spee se alojaron en el Hotel de Inmigrantes. Uno de los
militares de esa nacionalidad hospedados allí escribe
en su diario: “Hace calor. En el patio de la inmigración
florecen las hortensias y las acacias y no podemos creer que
estemos cerca de la Navidad. Esto es bueno, porque la idea de
esta fiesta, la más grande para nosotros los alemanes,
nos llena de tristeza sin esperanzas. Para esta fecha deberíamos
estar navegando rumbo a nuestra tierra y cada uno de nosotros
habíamos soñado y hecho proyectos para el año
nuevo, cuando estuviéramos en casa. Y ahora estamos aquí,
en la Argentina, a 8000 millas de la patria, y con miras a ser
internados hasta el fin de la contienda, que recién está
en sus principios. ¿Qué será de nosotros?
Esta es la pregunta que llena nuestros pensamientos”(22).
Juan Carlos Marina tenía
diecinueve años cuando presenció, el 17 de diciembre
de 1939, el hundimiento del Graf Spee, acorazado alemán
“destinado a hundir buques que llevaban alimentos de
acá para Europa”, que se encontraba en el Río
de la Plata. Marina relató sus recuerdos de aquella jornada
memorable; en su relato se refirió al Hotel de Inmigrantes
de Puerto Madero: “a las ocho de la noche de ese día
lo hundió el mismo comandante, la misma tripulación.
Un capitán, que después vivió en La Falda,
Córdoba, fue el encargado de ponerle tres cargas de dinamita.
Sacaron la pólvora de los cartuchos de las balas, formaron
tres paquetes explosivos y los pusieron uno en la popa, otro
en las máquinas y otro en la proa. Después el
comandante hizo bajar a toda la tripulación a los remolcadores
y desde una lancha fue el que accionó la percusión
de los explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes
de Buenos Aires”. (23).
En la biografía
que escribió Chuny Anzorreguy, relata el capitán
croata Miro Kovacic: “Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes.
Dejamos allí nuestros petates. Unos bolsos, un baúl...,
y salimos a caminar. Como en Trieste. Pero la sensación
era diferente. Caminábamos con alas en los pies”
(24).
Valentín Bianchi,
llegó a la Argentina. “Al desembarcar lo estaba
esperando un paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella.
Este lo recibió eufórico saludándole en
el dialecto fasanés. Estas cordiales expresiones tonificaron
el ánimo de Valentín, que se sentía deprimido
por el largo viaje y por las condiciones en que le había
tocado realizarlo. Los recuerdos de su familia, de los amigos
y el pueblo lo habían abrumado durante toda la travesía.
Ahora, junto a su amigo, en cuya compañía se dirigió
al hotel de inmigrantes, veía las cosas de un color muy
distinto. (...) Aquella noche pernoctó en el hotel de
inmigrantes y a la mañana siguiente, de acuerdo con las
indicaciones que le diera Daniel, se presentó en las
oficinas del Ferrocarril. Allí le informaron que debía
trasladarse a la ciudad de Mendoza, la capital de esa provincia,
en cuyas oficinas se desempeñaría como empleado
contable” (25).
La transmisión
oral tiene gran importancia en esta clase de evocaciones. En
mi familia, como en tantas otras, el Hotel es recordado con
gratitud. Uno de mis abuelos se hospedó en 1905 en el
Hotel de Inmigrantes de La Boca. Su muerte temprana me privó
de este testimonio que hubiera sido para mí el más
preciado.
En novelas y cuentos
encontramos testimonios acerca de la existencia de esta institución.
Ellos, de diversa índole, nos hablan de la presencia
del Hotel de Inmigrantes y de su importancia en la comunidad.
Aparece en páginas
de Antonio Argerich, escritor acérrimo enemigo de la
inmigración que vivió entre 1855 y 1940. En ¿Inocentes
o culpables?, publicada por primera vez en 1884, alude al establecimiento
que albergaba a los extranjeros que no tenían trabajo
al desembarcar. Afirma Argerich: “Al salir del Hotel de
los Inmigrantes se juntó con una manada de compañeros
que seguían la vía pública por la mitad
de la calle. Había hecho relación con estos sus
paisanos y todos á la vez buscaban trabajo” (26).
Se refiere agresivamente a quienes de allí salían,
asemejándolos a animales, recurso que también
utiliza Cambaceres (27) al describir a los inmigrantes.
Los personajes de
La logia del umbral (28), novela de Ricardo Feierstein
recuerdan que en el Hotel les dieron “pan y carne, en
platos de lata. (...) Y algunos religiosos (...) no querían
comer. Decían que la carne era treif, impura. Que no
era para nosotros, judíos de fe”. ”Pero bien
que extrañamos esos almuerzos cuando fuimos hacia el
campo –agrega otro. Días y días casi sin
masticar. Los niños enfermaban...”.
En el cuento de Luis
León “Chacarita, Vísperas de Pésaj”,
otro judío, esta vez un sefaradí proveniente de
Esmirna, recuerda con disgusto su paso por el hotel: “Cuarenta
días en el vapor no fueron menos que cuarenta
años en el desierto, y al llegar, ese hotel. Parecido
a la timaraná de Chesmé, igual a ese manicomio
donde murió Doudou, su madre que nunca lo abandonaba,
y comenzó a dejarlo un día, de a poco, en su cerebro,
poco a poco hasta olvidar quién era su único hijo,
y otro día se fue entre esas paredes ajenas. Esas inmensas
salas llenas de camas, donde cada uno hablaba de lo suyo y sin
que nadie los entienda”. El recuerdo de ese lugar es una
pesadilla para el hombre: “Así llegó la
oscuridad, invitándolos a dormir, y a soñar, cuando
apenas había bajado el sol. Sueños pesados, adentro
la timaraná, en las salas del Hotel de Inmigrantes, con
peleas en idiomas desconocidos, con camas altas casi inalcanzables
y trozos de matzá pisoteados, molidos por los gruesos
zapatones de inmigrantes que iban y venían sin verlos”
(29).
También se
hospedó en el Hotel el abuelo Gedalia Rimetka, de El
libro de los recuerdos, de Ana María Shua. El inmigrante
y sus “hermanos de barco” “Llegaron después
a Buenos Aires, mucho más aceptablemente América.
Comparable a Varsovia, Buenos Aires. Una ciudad. Durmió
en el hotel de inmigrantes. Amigos lo esperaban. Hacía
frío, no como en Polonia pero mucho más que ahora.
Otro frío era el frío de los inmigrantes. Adentro
de la ropa se ponían papeles de diario para calentarse.
Los papeles de diario calientan bien, así, así,
debajo de la camiseta papeles, diarios enteros” (30).
Una joven irlandesa
se presenta, en Frontera sur, para un puesto de maestra. Durante
la entrevista se desmaya; es que –como explica en su trabajoso
castellano- había comido por última vez en el
barco, ya que no había parado en el Hotel de Inmigrantes
(31).
La rutina diaria de
la institución es evocada en Stéfano, de María
Teresa Andruetto (32). En esa obra, la autora narra: “El
hotel está a pocos pasos de la dársena; tiene
largos comedores y un sinfín de habitaciones. Les ha
tocado un dormitorio oscuro y húmedo. En la puerta, un
cartel dice: Se trata de un sacrificio que dura poco. (...)
Los dormitorios de las mujeres están a la izquierda,
pasando los patios. Por la tarde, después de comer y
limpiar, después de averiguar en la Oficina de Trabajo
el modo de conseguir algo, los hombres se encuentran con sus
mujeres. Un momento nomás, para contarles si han conseguido
algo. Después se entretienen jugando a la mura, a los
dados o a las bochas”.
María del Carmen
García es autora de los “cuentos de gringos”
que se encuentran reunidos en el volumen titulado Cuentos de
criollos y de gringos (33). En uno de los textos allí
reunidos, la autora presenta a unos asturianos que “Se
acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado
para todo humilde recién llegado, después del
Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito
propio”.
Patricio Pron seleccionó
para integrar una antología (34) un cuento en el que
menciona un hotel anterior al que conocemos. El protagonista
de “La espera” “era porteño. Había
nacido allá por 1908 en La Boca, en el Hotel de Inmigrantes,
un día de lluvias frías. Sus padres, llegados
hacia días de Cataluña, le habían transmitido
casi sin saberlo esa sensación de ya no pertenecer a
ninguna parte, ni a Cataluña ni a Buenos Aires”.
En Memorias para no
olvidar, de Eduardo Bedrossian, un armenio “En Buenos
Aires, apenas pasó por el Hotel de los Inmigrantes, que
era para europeos, no para asiáticos. Además los
piojos, entonces brazos armados de la ley, lo echaron a empujones.
Vivió en la calle durmiendo por la noche sobre los bancos
de las plazas, hasta que logró albergue en uno de los
galpones del Ejército de Salvación de La Boca;
allí tenía asegurado el techo y algo de comida.
Los salvacionistas distribuían democráticamente
lo poco que tenían entre muchos desarraigados y vagabundos
hacia los que nadie quería mirar” (35).
Susana Aguad, escritora,
recordó al Hotel en su texto “Al bajar del barco”.
En esas líneas rememora los primeros instantes americanos
de su abuelo, nacido en Italia, que emigró a los diecisiete
años. Escribe Aguad: “El sol es tan fuerte como
en Oleggio, donde se festeja este mismo día el comienzo
del verano, mientras que aquí, en el confín del
mundo, hace un frío polar. Cuando suben los agentes del
Commissariato dell’Emigrazione ya están todos alineados
frente al desembarcadero. A la derecha de la oficina de registro
se levanta el edificio blanco del Hotel de Inmigrantes. Podrán
alojarse gratuitamente durante cinco días y con sus tarjetas
numeradas, entrar y salir libremente. Se disipa la angustia
de una travesía de dos meses que les quitó fuerza
y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas
cuando miran por última vez al ‘Génova’
con sus dos banderas trenzando azules y verdes” (36).
Notas
1 González Rouco, María: “El Hotel de Inmigrantes”,
en www.monografias.com.
2 Armus, Diego: Manual del emigrante italiano. Colección
Historia testimonial argentina. Documentos vivos de nuestro
pasado. Buenos Aires, CEAL, 1983.
3 S/F: “Historia de pioneros”, en Clarín,
Buenos Aires, 2 de febrero de 2002.
4 S/F: “Friulanos sobre el Paraná”, en La
Nación Revista, 29 de julio de 2001.
5 Cracogna, Manuel I.: Primera fundación de Avellaneda,
en www.hammerprohosting.com.
6 Alpersohn, Marcos: “Memorias de un colono argentino”,
en Judaica N°50. Tomado de La colonización judía.
Historia Testimonial Argentina. Documentos vivos de nuestro
pasado, por Leonardo Senkman, CEAL, 1984.
7 Gerchunoff, Alberto: “Autobiografía”, en
Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Selección
y prólogo de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá,
2001.
8 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso.
Buenos Aires, Marymar, 1986.
9 Panettieri, José: Los trabajadores. CEAL, 1982.
10 Arias, José: “Disqueprensa” en La Prensa,
Buenos Aires, 1998.
11 Pellegrini, Marta B. de: “Carta de Lectores”,
en La Prensa, 1998.
12 Rendler, Jacobo: “Mis primeros pasos en la Argentina”,
en www.enplenitud.com.
13 Fingueret, Manuela: Los huecos de tu cuerpo. Buenos Aires,
Grupo Editor Latinoamericano, 1992.
14 Fiorentini, Aurora: “Recuerdos de una emigrante italiana”,
en www.italy-news.net.
15 Nowak, Pablo, en un panel en Casa FOA 2000.
16 Joan, Teresa, en un panel en el Hotel de Inmigrantes, 2002.
17 Markic, Mario: “Hotel de sueños”, en En
el camino, en TN, 12 de septiembre de 2002.
18 Folleto escrito por Ocampo-Tanferna, para Casa FOA 2000.
19 Schwarsztein, Dora: Entre Franco y Perón. Crítica,
2001.
20 Jankelevich, Angel: “Historia de los Hospitales de
Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires”, en www.aadhhorsogar.htm
21 Fistemberg Adler, Felipe: Moisés Ville. Recuerdos
de un pibe pueblerino. Buenos Aires, Milá, 2005. 112
págs. (Testimonios). Págs. 12-13.
22 S/F: “El episodio Graf Spee”, en La Voz del Interior
on line.htm, 24 de julio de 2002.
23 Urús; Mariana: “En el combate del Graf Spee
el mar estaba calmo”, en El Tiempo, Azul, 3 de marzo de
2002.
24 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía
del Capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor,
1996.
25 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago
de Chile, Edición del autor, 1987.
26 Argerich, Antonio: ¿Inocentes o culpables?. Madrid,
Hyspamérica, 1984.
27 Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra,
1968.
28 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Milá,
2001.
29 León, Luis: “Chacarita. Vísperas de Pésaj”,
en SEFARaires N° 2, junio 2002.
30 Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos
Aires, Sudamericana, 1994.
31 Vázquez Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones
B, 1998.
32 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires,
Sudamericana, 2001.
33 García, María del Carmen: Cuentos de criollos
y de gringos, en colaboración con Fanny Fasola Castaño.
Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
34 Pron, Patricio: “La espera”, en De manos abiertas.
Buenos Aires, Tu Llave, 1992.
35 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires,
1998.
36 Aguad, Susana: “Al bajar del barco”, en Clarín,
Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.
Otros hoteles
Rosalind Kildare Neira
y su marido, Tomás Farrelll, personajes de la novela
Finisterre, de María Rosa Lojo, llegan a Buenos Aires.
Ella recuerda: “Nos alojamos al principio en un hotel
español cercano al Fuerte: el Comercial, que nos habían
recomendado por la calidad de la comida. Cuando mi marido cerró
con llave la puerta de nuestro cuarto, me quité las botas,
me aflojé el corsé, abrí el embozo de la
cama y le tendí los brazos. Me parecía maravilloso
estar con él a solas, tranquilos por fin sobre una tierra
firme que sería la nuestra. Llegué a Buenos Aires
casi recién casada. Nos habíamos elegido libremente,
con el beneplácito de mi padre viudo que me entregó
confiado a Tomás Farrell, doctor en medicina, como él,
e hijo, como yo, de un irlandés y una gallega. (...)
Tomás y yo no pensábamos afincarnos en Buenos
Aires. Los médicos eran aún más apreciados
en las provincias interiores que en el puerto cosmopolita, y
ya nos esperaba un puesto vacante, en una villa cercana a la
ciudad que se llama Córdoba, a imitación de la
Córdoba española” (1).
Notas
1. Lojo, María Rosa: Finisterre. Buenos Aires, Sudamericana,
2005.
Nuevos porteños
Muchos inmigrantes
se quedaron en la ciudad de Buenos Aires; vivieron en conventillos,
pensiones, casas y departamentos.
María Pizzul
de Russian nació en Mossa, talia, en 1901. Vive en Buenos
Aires “desde 1924, cuando con su marido ‘fuimos
a vivir a un conventillo de Chacarita que dejamos cuando compramos
un terreno en Agronomía’, barrio que, desde entonces,
nunca abandonó” (1).
“El secreto
de cómo se produjo este pasaje de tanta gente de los
cuartos del conventillo a una vivienda mejor reside seguramente
en la comparación, durante todo el período, entre
el precio medio de un cuarto en aquéllos y el nivel general
de salarios en esta época de plena ocupación”
(2), afirma Francis Korn.
“Sobre la calle
Serrano 148 –señala Carlos Szwarcer-, se encontraba
un núcleo habitacional muy particular: las piezas en
alquiler en las que Alberto Vacarezza se había inspirado
para escribir El Conventillo de la Paloma, famoso sainete que
tendría un espectacular éxito en 1929. La obra
reflejaba con genialidad los nuevos prototipos porteños
que fueron apareciendo con la llegada de la inmigración
y cuya impronta modificaría el paisaje de la ciudad.
En los conventillos e inquilinatos convivían el criollo,
el tano, el gallego, el ruso, el turco, etc., y el barrio se
fue caracterizando por la convivencia y dinámica relación
entre las diversas etnias” (3).
Fernando Sorrentino
destaca: “En El conventillo de la Paloma (1929), de Alberto
Vacarezza, don Miguel, el encargado italiano -enamorado de la
bella y esquiva protagonista que da nombre al conventillo y
título al sainete-, dice, por ejemplo: ‘Sará
carpincho, locura, amore, non só; ma giuro, per la ánema
de san Genaro, que, ante de aflojare, le prendo fuego a lo conventillo’
”(4).
El conventillo fue
el escenario del sainete, como lo afirma Vacarezza en un conocido
soneto: “La escena representa un conventillo./ Personajes:
un grébano amarrete,/ un gallego que en todo se entromete,/
dos guapos, una paica y un vivillo.” (5). Allí
“nació el lunfardo, que no es el idioma del delito,
como Antonio Dellepiane tituló su libro sobre esta jerga
porteña, publicado en 1894” (6).
En un conventillo
vivió Carlitos Gardel, protagonista de una historia de
Graciela Beatriz Cabal, quien relata que el pequeño ”se
había ido por esas calles de Dios, colgado del pescante
de algún carro lechero. Cuando aparecía de vuelta
en el conventillo, la madre lo corría por el patio, con
la chancleta en lo alto, las peinetas a medio salir y los pelos
tapándole los ojos. -¿Dónde anduviste metido,
desgraciado?- parece que quería decirle. Pero como estaba
muy enojada se lo decía en francés (idioma rarísimo
pero que era el de ella). Y entonces los vecinos, que habían
sacado las sillitas a la puerta de las piezas para observar
todo con detalle (sin intervenir porque una madre es una madre),
se quedaban en ayunas” (7).
En su poema “En
el conventillo” (8), Jevel Katz alude a las diferentes
nacionalidades que lo habitaban, y su vida en común:
“Mi novia Reizl vive en un conventillo/ y en Lavalle,
al lado, en pleno centro,/ también yo vivo en un conventillo,/
siempre ruidoso, como una feria,/ gente y más gente”.
“Cuando los sefaradíes
llegaban a Buenos Aires desde distintas partes del Imperio Otomano
–señala Luis León-, el primer sitio conocido
eran las inmediaciones de la calle 25 de Mayo. Enclavada en
‘el bajo’, parte vieja de la ciudad, era frecuentada
por marineros en busca de alojamiento o diversión. Debido
a su proximidad con el puerto, allí habitaban en pocas
manzanas, numerosas familias sefaradíes que hicieron
de ese sector de la ciudad, su propia ‘djudría’
”. León transcribe el testimonio de Arouj de Bembasat,
quien expresa: “Se vivía en grandes casas de múltiples
habitaciones, los tradicionales conventillos, y en cada una
había una familia. Nosotros alquilábamos dos piezas
que daban a patios, la de adelante, mi padre la convirtió
en local, y en la otra vivíamos todos juntos, ellos y
nosotros, los cinco hermanos. Recién cuando progresó,
nos mudamos a una casa más amplia, separada de su local,
donde le iba muy bien”.
“En esa parte del barrio vivían
no sólo sefaradíes, también otros inmigrantes,
de los cuales algunos se destacaron. Por ejemplo la familia
Alemann, dos de cuyos hijos fueron ministros de economía,
“compartieron el conventillo con nosotros. Su madre los
esperaba al venir del colegio para que no cruzaran solos la
calle Reconquista. También Onassis, que se había
hecho amigo de mi padre y vivía por allí. Papá
acostumbraba tomar café en un bar muy humilde de
la bajada de Viamonte donde lo atendía un mozo que apodaban
‘el griego’, que no era otro que el luego famosísimo
multimillonario. Un día le regaló un barquito
de marfil. ‘El griego’ contaba que iba y venía
a Montevideo en bote todas las semanas haciendo negocios que
nadie conocía’ ” (9).
En una “pocilga
de conventillo” vivía Benito, el criado gallego
presentado por Gregorio de Laferrere en ¡Jettatore! (10).
El protagonista de “Hombre
de recursos”, de Fernando Sorrentino, vivía, hacia
el año del Centenario, en la calle Costa Rica: “en
un cuartucho de un conventillo grisáceo, nos arrinconábamos
mi madre y yo. Mi madre, llamada doña Ferdinanda y siempre
vestida de negro, pertenecía, simultáneamente,
a tres categorías (no incompatibles), a saber: a) santa
viejecita; b) viuda; c) napolitana. A pesar de lo Rica que era
la Costa de nuestra calle, vivíamos en la peor de las
pobrezas y no teníamos ni dónde caernos muertos”
(11).
Los conventillos más
famosos fueron Las Catorce Provincias, El Universo y el Conventillo
de la Paloma. En ellos “se compartían los baños,
los lavatorios, las letrinas, la cocina y los lavaderos. En
las piezas vivían familias enteras, a veces con seis
o siete hijos, lo que provocaba hacinamiento y promiscuidad.
(...) Para dormir, los más pobres tenían dos opciones:
el sistema de “cama caliente”, en el que se alquilaba
un lecho por turnos rotativos para descansar un par de horas,
o la maroma, que eran sogas amuradas a la pared a la altura
de los hombros. Quien optaba por ese método debía
pasarse las sogas por debajo de las axilas, dejar caer el peso
del cuerpo y dormir parado” (12). Esto nos da una idea
del enorme sacrificio que debieron hacer muchos de los que venían
en busca de un futuro mejor.
El aluvión
inmigratorio tuvo que ver con las nuevas ideas sobre edificación.
Lo afirma Andrés Carretero: “‘En 1887 la
población total era de 404.173 habitantes, con una densidad
de 89 habitantes por hectárea’, computó
Carretero, pero ya el cambio comenzaba a operarse con la afluencia
de la inmigración, ‘que modificó los amplios
patios de las casas porteñas, que se dividieron para
facilitar dos o tres pisos a las casas de bajo y aprovechar
así mejor los terrenos’” (13).
“El plan del
80 naufraga –señala Sergio Pujol-: la presión
de los inmigrantes y la tipología ‘degenerescente’
de la que hablan los analistas sociales se corporiza en la vida
de hacinamiento de los conventillos y en la violencia nocturna,
así como en las huelgas que de día suelen frenar
el curso de las calles y las rutinas de un trabajo explotador”
(14).
“A partir de
fines del siglo XIX y para comienzos del XX –considera
Francis Korn-, la proporción de los que vivían
en conventillos comenzó a descender (al 18% en 1890,
al 14% en 1904 y al 9% en 1919) y la proporción de conventillos
sobre la edificación total también bajó
de manera importante, Como es un hecho que durante todo el período
considerado el conventillo fue la peor vivienda posible, puede
deducirse que el problema general de la vivienda fue mejorando
notablemente. Cómo se produjo esta mejora, aún
sin haberla observado, puede llegar a visualizarse con cierta
claridad si se considera que el ritmo de la construcción
durante el período fue abrumador (entre 1904 y 1914,
por ejemplo, se construyeron en la ciudad 31,66 metros cuadrados
por habitante agregado por año) y que la mira de los
recién llegados estaba puesta en alcanzar una mejor vivienda
y, en lo posible, propia. Los que construían eran sobre
todo inmigrantes: los datos muestran que entre 1887 y 1914 los
propietarios de inmuebles de la ciudad crecieron proporcionalmente
más que la población (un 400%); que si se compara
la cantidad de propietarios con la cantidad de familias, se
ve que los primeros constituían, entre 1909 y 1914, alrededor
de un 60% sobre la cantidad de familias; que los extranjeros
eran, durante todo el período, más del 50% de
los propietarios de inmuebles y llegaron a ser el 60% en 1914;
que esos propietarios extranjeros se distribuyeron por toda
la ciudad, aun en las zonas de más alto valor de la tierra
(como San Nicolás y el Socorro); que lo que se construía
era de ladrillo en alrededor del 95%; que el financiamiento
de todo esto salió fundamentalmente del bolsillo de los
habitantes (el Banco Hipotecario aportó poco al financiamiento
de la construcción privada, sólo el 6% en 1913,
y, en general durante el período, nunca más del
10%). Una idea de por qué en tantos casos la ilusión
de la mejor vivienda se convirtió en posible la puede
dar la siguiente relación: si se compara el precio promedio
mensual de un cuarto de conventillo con los peores salarios
de la época, se ve que constituía el 22 % del
salario más bajo (el de albañil) y el 15 % de
los de un herrero o un carpintero. Si se piensa que no había
población desocupada y que en cualquier otra actividad
el porcentaje que representaba ese alquiler debía ser
aún menor, se puede deducir que de esa ecuación
salía parte, por lo menos, del capital empleado en la
construcción de viviendas” (15).
Otros inmigrantes
vivían en pensiones. Los asturianos que evoca María
del Carmen García en Cuentos de criollos y de gringos,
“Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca,
paso obligado para todo humilde recién llegado, después
del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado
terrenito propio” (16).
En una pensión
vive sus primeros días porteños Silvio Gesell:
“Para los argentinos el apellido Gesell es familiar, primero
por la casa de venta de artículos para bebés y
luego por la figura del pionero Carlos Gesell quien puso su
apellido en la villa turística que fundó luego
de domesticar la naturaleza de esa zona de la costa atlántica.
Lo que pocos saben es que la villa hace honor a la memoria del
padre de Carlos Gesell, Silvio Gesell, otro pionero en el mundo
de los negocios primero y en el campo de las teorías
económicas después. Silvio Gesell fue un próspero
comerciante alemán, radicado en Argentina en 1887. A
los 25 años llegó al país acompañado
solamente por un cajón de madera repleto de instrumentos
odontológicos, cajón que su hermano le había
confiado para intentar fortuna en América. Liquidados
los trámites aduaneros y con el cajón ya en su
poder alquiló una modesta pieza de pensión donde
se instaló sin más muebles que un armario y una
mesa que usaba para comer y sobre la cual dormía de noche.
En pocas semanas consiguió ubicar la mercadería
en los consultorios de los odontólogos que visitó.
Al tiempo y luego de un corto viaje a Alemania para organizar
mejor las entregas, el moblaje de su pieza mejoró y ya
compró una cama. Con el tiempo, aparecen también
otros muebles hechos del material de los cajones que recibe
regularmente con artículos desde Alemania. Trabajo y
ahorro son sus lemas” (17).
La catalana Remey
Nuez Fontanals llegó a Buenos Aires en 1947, a los veinte
años. Sus primeros tiempos en la Argentina fueron muy
difíciles. Lo recuerda más de cincuenta años
después: “Llegamos a Buenos Aires y como mi marido
no había hecho el servicio militar, lo llevaron preso,
así que me quedé hasta que todo se arregló,
sola. Después fregamos pisos... hicimos de todo. Vivíamos
en un cuarto de pensión, con dos cajones de manzana y
una tabla para comer; el colchón era de estopa, imagínate...
Yo cocinaba con carbón y hervía los ravioles en
una pava... pero más que nada comíamos hígado”
(18).
En Tantas voces, una
historia, Eleonora María Smolensky y Vera Vigevani Jarach
destacan que, cuando arribaron los judíos italianos,
“Algunos amigos argentinos judíos asumieron el
compromiso de mitigar las dificultades de los comienzos. Ellos
se encargaron de alojar a los recién llegados en hoteles
o pensiones donde, por lo general, permanecieron durante escasos
días. (...) Un segundo momento, de imprevisibles consecuencias,
transcurrió en las pensiones que los hospedaron durante
los meses siguientes”. (19)
Construyó una
casa, en 1910, el abuelo del actor Pepe Soriano. En la actualidad,
allí vive el nieto famoso con su familia: “Ladrillo
y barro, chapa y madera. (...) En este buen lugar, donde hoy
hay una galería vidriada con fuente y enredadera, su
abuelo Giuseppe armaba a mano zapatos que jamás pesaban
más de 300 gramos –era su regla de oro—mientras
mascaba tabaco y hablaba en un calabrés imposible con
el loro que lo escoltaba sobre una percha” (20).
Trincado, un
inmigrante que llega de España en 1910, construye su
casa en Villa Pueyrredón: “Aquella casa era una
pieza de madera y forrada por afuera de zinc, sobre una plataforma
a 40 cm del piso, ya que estaba cerca del arroyo Medrano y se
inundaba con frecuencia. La cocina estaba separada y el baño
al fondo. Sin necesidad de televisión o radio para acostarse
a dormir, bastaba con que las gallinas comenzaran a discutir
dormidas desde el fondo o que, cuando empezaba a llover, las
ranas se convirtieran en una orquesta sensacional para entretener
a todos los ‘oyentes’. (...) Era una zona de quintas
y los chicos jugaban en la calle. Aquel Pueyrredón era
un gran campo con lagunas donde se cazaban ranas. Había
casas bajas, con calles de tierra, cuna de tantas travesuras”
(21).
En ese barrio también
se establecen los Feierstein. Ricardo, uno de los hijos de los
inmigrantes polacos, escribió: “un jardín
lleno de flores y manzanas, un baldío con pasto hasta
las rodillas y dos arcos de fútbol señalizados
con ramas y latas, una calle de tierra con el hueco preparado
para jugar a las bolitas, (...) y hay también casitas
de tejas rojas y hogares a leñas y un estrecho zaguán
de paredes encaladas que de pronto se resquebrajan por una de
sus grandes grietas y derraman desde allí, desde lo alto,
(...) sueños y juguetes, árboles para treparse”
(22).
En “El Antonio”,
cuento incluido en La manifestación, Jorge Asís
escribe: “Cómo no recordarlo, cómo olvidar
los picados en las calles, y de la gallega neurótica
que no daba la pelota cuando caía en su casa, o la devolvía
cortada, y los piedrazos que caían de noche en su techo
de chapa” (23).
A un departamento,
en cambio, fueron los Kovacic al salir del Hotel, en El ángel
del capitán, de Chuny Anzorreguy. Cuando el propietario
italiano exige un garante del alquiler, el croata le contesta:
“Escúcheme. Acabamos de llegar de Europa. No conozco
a nadie. No tengo nada. Nada más que mi honor, que para
mí es mucho. Usted alquíleme el departamento y
yo le aseguro que a fin de mes va a recibir el pago, aunque
tenga que matarme para conseguirlo. Crea en mí”(24).
Por la Avenida de
Mayo caminaban los inmigrantes. Lo recuerda Alvaro Yunque, quien
escribe: “Rumbo al oeste, por la Avenida/ esta ruda familia
de italianos: A la cabeza el padre, un hombrachote/ que lleva
un chiquitiño entre sus brazos;/ atrás de él
dos muchachas, dos gringuitas/ de trenzas rubias y de ojos garzos;/
detrás la madre cuyo vientre elévase/ con la promesa
de algún nuevo vástago;/ y aún detrás
cansadamente marchan/ dos chicuelos cogidos de la mano;/ y golpean
los rudos zapatones/ y exhiben los vestidos aldeanos/ aquellos
inmigrantes que contemplan/ todo con grandes ojos asombrados”
(25). Leonie J. Fournier evoca a los hispanos: “andaluces,
madrileños/ que la Avenida de Mayo/ es como la casa de
ellos” (26).
Notas
1 Márquez, Enrique: “Ya pasaron los 100 años
y siguen lo más campantes”, en Clarín, Buenos
Aires, 3 de noviembre de 2003.
2 Korn, Francis: “Buenos Aires siglo XX/ Los conventillos.
Un sistema que reproducía a la sociedad en miniatura”,
en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
3 Szwarcer, Carlos: “El Tortoni y el Izmir (Un nexo para
la historia) Hechos y anécdotas que revelan la relación
entre dos cafés de estilos muy diferentes y a la vez
tan porteños”, en “Cuadernos del Tortoni”
Nº9 Bs. As. Abril de 2003 Pág. 1 a 9. Reproducido
en Letras-Uruguay (www.espaciolatino.com).
4 Sorrentino, Fernando: “ EL TRUJAMÁN Cocoliche
italiano y cocoliche argentino (I)”, en Centro Virtual
Cervantes, 27 de septiembre de 2005.
5 Vacarezza, Alberto: “Un sainete en un soneto”,
en Cantos de la vida y de la tierra. 1944.
6 Elguera, Alberto y Boaglio, Carlos: La vida porteña
en los años veinte. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano,
1997.
7 Cabal, Graciela Beatriz y Contarbio, Delia: Carlitos Gardel.
Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991.
8 Katz, Jevel: “En el conventillo”, en Weinstein,
Ana E. y Toker, Eliahu: “La rama argentina de la literatura
ídish, y rama ídish de la liteatura argentina”,
en Weinstein, Ana E. y Toker, Eliahu: La letra ídish
en tierra argentina Bío-bibliografía de sus autores
literarios. Buenos Aires, Milá, 2004.
9 León, Luis: “Allá por la calle 25 de Mayo”,
en SEFARaires N° 24, Abril de 2004.
10 Laferrere, Gregorio de: ¡Jettatore!, en Laferrere,
Gregorio de: ¡Jettatore! Las de Barranco. Buenos Aires,
CEAL, 1968.
11 Sorrentino, Fernando: “Hombre de recursos”, en
La venganza del muerto y otros cuentos con astucias. Buenos
Aires, Alfaguara, 2003.
12 S/F: “Todo comenzó en los conventillos”,
en La Nación, Buenos Aires, 14 de mayo de 2000.
13 S/F: “De la Gran Aldea a la aldea global”, en
La Prensa, 3 de diciembre de 2000.
14 Pujol, Sergio: Historia del baile. Buenos Aires, Emecé,
1999. 440 pp. (Biografías y memorias)
15 Korn, Francis: Buenos Aires, mundos particulares 1870- 1895-
1914- 1945. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 192 pp- (Ensayo).
16 García, María del Carmen: op cit
17 Ambrosini, Cristina: “Una mirada filosófica
Lugares: Villa Gesell, en homenaje al economista Silvio Gesell.
Un profeta entre Marx y Keynes”, en La Unión Digital,
www.launion.com.ar, Edición Número 2539, Miércoles
28 de Enero de 2004.
18 Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar
en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de
noviembre de 2000.
19 Vigevani Jarach, Vera y Smolensky, Eleonora M.: Tantas voces,
una historia. Buenos Aires, Editorial Temas, 1999.
20 Artusa Marina: “El Nono”, en Clarín Viva,
26 de octubre de 2003.
21 Quirney Aguirre, Carla: “Don Elías Trincado”,
en El Barrio Villa Pueyrredón, Buenos Aires, Septiembre
de 2003.
22 Feierstein, Ricardo: “El barco hundido (Necochea, 1977)”,
en Postales imaginarias. Viajes alrededor de la Tierra antes
de Internet. Buenos Aires, Editorial Milá, 2002. (Colección
Escrituras).
23 Asís, Jorge: “El Antonio”, en El cuento
argentino 1959-1970* antología A. Castillo, D. Sáenz,
H. Conti y otros. Seminario Crítica Literaria Raúl
Scalabrini Ortiz (sel., prólogo y notas). Buenos Aires,
CEAL, 1981 (Capítulo).
24 Anzorreguy, Chuny: op cit
25 Yunque, Alvaro: “Una familia de inmigrantes por la
Avenida”, en Versos de la calle. Buenos Aires, Editorial
Claridad, 1924.
26 Fournier, Leonie J.: Mi Argentina.
Con esfuerzo, con
nostalgia, vivieron los inmigrantes sus primeros días
en nuestra tierra. Algunos volvieron a sus patrias, pero muchos
se quedaron en esta nación de la que hoy emigran sus
nietos.
*Este tìtulo ha sido utilizado anteriormente
por Celia Vernaz.
María González Rouco
mgonzalezrouco@yahoo.com.ar
|
 |
 |
Piel enamorada
Por Laura Lambré |
|
Desnuda
de terciopelo.
¿O será de seda en tus manos?
Perfume de rosa, jazmines, tilos,
piel de primavera, satén, rocío.
Hundida en tu lecho,
duermes tu silencio
de vida y de muerte...
Piel de mariposa sin vuelo ni alas,
piel de fantasías sin dueño,
piel de ángel
sin cantos ni mantos,
piel de niña
sin llantos ni ruegos.
Piel de pieles,
piel de enamorada. |
|
 |
 |
PARA SIEMPRE
Diario de amor a mi madre adoptiva,
quien sufre de alzheiemer's. Un tributo a su amor y a
mi amor por ella...
Por Sandra Artiles Cukierman |
|
Esas son las palabras que me
dice mi madre, Angela. Cuando le pregunté “¿Como
está?”? o cuando le pido que esté
conmigo, que reze por mí, que me ayude en algo, ella
responde: “PARA SIEMPRE... “
Esas palabras pueden parecer fuertes, imposibles
diría yo, pero nunca entre una madre e una hija. Es el
lazo que une a dos mujeres. No necesariamente la que pare…
Pero sí la que la cria…Es un lazo… “para
siempre”. Esas palabras que me han inspirado para
escribir este humilde ensayo, que es una muestra de que
no importa que no haya nacido de su vientre, que me haya cansado
de buscar mis progenitores. Mi vida es linda gracias a
ti, Madre. Mi vida es de colores brillantes gracias a todos
tus esfuerzos, a tus consejos, a veces un poquito duros... Pero
finalmente tenías razón en la mayoría de
las veces.
Sobretodo en dejarme saber que no importa donde
esté, no importa lo que haga. Nuestra vida está
ligada”PARA SIEMPRE”. Y ahora que me necesitas
en tu vejez, indefensa con dolores de una vida dura, con marcas
perennes en tu corazón y alma como consecuencia de una
infancia no muy hermosa, te repondo de la misma manera: "PARA
SIEMPRE", te quiero para siempre, mami.
Te quiero.
Tu hija, Sandra.
13 de Febrero, 1968
Fecha inolvidable para ti… Para mi y
para todos los que te conocen y no saben el secreto que bien
guardastes. Naci yo, Sandra Elizabeth para que "PARA
SIEMPRE" sería tuya, sería tu hija...
Nadie sabe aun quien me trajo al mundo. Es un
secreto que, creo, llevarás a la tumba. Nadie sabe aun
quien me engendró excepto tu. Pero ahora que soy madre
lucho tanto por ser buena madre... Me es tan difícil,
ahora que me puedo alimentar y sanar yo misma. Ahora que no
necesito más de tu excepcional cuidado, como cuando era
niña. Me sobreprotegías por demás, quizás
porque no era tuya propia y me tenias que cuidar más.
Por eso ya no importa quien me trajo al mundo, sino quien decidió
hacer una promesa de amarme y protejerme " PARA SIEMPRE":
TU, mi madre.
Sorpresa esperada, porque me pasé mis
primeros 6 años, soñando con una mujer que me
miraba en una sala de parto... Y me decía con su mirada
que todo saldria bien. La niña en la mesa de parto era
yo...
Hoy fui a visitar en Santo Domingo, la casa
que nos alojó. La vieja habitación 8x8 donde por
primera vez confronté la verdad de mi vida. Tenía
apenas 7 años. ¿Adoptiva? ¿Me dejaron en
un hospital? Me senti desnuda.. Desnuda de pasado, de padres.
Aquella noticia cambió mi corta vida. Fue una sorpresa
esperada. Lo presentía... Y te agradezco a ti y a Migdalia
( mi profe) por haberme dado la oportunidad de escuchar mi verdad...
Se que fue doloroso para ti... Ahora lo nuestro es un
pacto PARA SIEMPRE.
Febrero 2001.
Volviste del hospital, enferma. Tenías
tanto stress. Gracias a Dios tuve ayuda contigo. Todo esto es
tan emocional. Temía no hacer las cosas bien. No sabía
donde llevarlos a ti y a John, donde estuvieran juntos…
Sin separarlos. Que horribles dias he pasado.. Pedí
a Dios ayuda, una señal... Estabas delirando... Hicistes
pipi en el suelo… No dormí para velar tu sueño...
Finalmente llegó la señal…Decías
que veías una mujer con un sombrero y que estabas en
un terreno baldío... Por mi parte, yo soñaba
con esa mujer en traje de baño, sombrero y lentes oscuros,
mientras me ahogaba en una piscina… Esa mujer me
decía con la mirada: “No te preocupes, todo va
a salir bien”.
Te fui a ver esta semana, y me dijiste
que querias vestirte de un color donde nadie te viera. Y te
pregunté “¿por que?”. Respondiste:
" Porque mi madre me crió así". Dulcemente
te aclaré: "Pero tu madre no esta más aquí.
Ahora tienes la opción de elegir” . Pero una vez
más me aclaraste que no sabias lo que querias por cuanto
nunca aprendiste a escoger. “Una vida dañada para
siempre”, pensé.
Septiembre 29, 2002
¡Tu Aniversario! 78 años…
¡que lindo la pasastes! Cantamos, compramos y comimos
bizcochos… Estabas tan feliz, tan inocente, tan
dulce… Aun podías caminar y te llevé a mi
casa... Pero se te olvida todo… ¡Hasta guardas el
telefono en la nevera!
¿Sabes que? Quiero darte todo el amor
posible... Que nada te falte… Hacer tu dolor invisible…
¡Ah! ¡Si solo pudiera tomar tu vida y cambiarla!.
¡Pero no puedo! Por lo menos puedo abrazarte, atenderte,
llenar tus días de alegría y quererte" PARA
SIEMPRE".
Angela, mi ángel guardian. Te debo tanto.
Tu protección, tu dedicación por entero a mi,
como si fuese una piedra preciosa. ¡Me protegistes tanto!
Nunca me dejaste asomar al peligro. Me curastes, me diste el
mejor vestido, el mejor colegio. ¡Gracias por amarme y
dedicarme los mejores años de tu vida, quizas porque
sabias que yo te dedicarias los mejores años de la mía!
Angela, nunca escuché tu historia. La
guardastes en una cajita sellada. Guardaste tus sueños,
tus penas... Creias en el mundo, en la gente.. ¡Sobretodo
creias en la vida! Se tan poco de ti... Fuistes maltratada,
abusada, trabajada, amada, abandonada, desempleada, angustiada,
madre soltera, madre adoptiva, hija sin igual, trabajadora incansable.
¡Amabas tu profesion de enfermera de corazón! Apasionada,
discreta. ¡Mal geniosa! Guardaste tus heridas bajo llave
y te llevarás tus secretos contigo... "PARA SIEMPRE"
Octubre, 2002
Hoy fui a visitar en Santo Domingo, la casa
que nos alojó, la vieja habitación de 8x8
donde por primera vez, ¡confronte la verdad de mi vida!
Apenas tenía 7 años... Resulté ser
adoptiva… No ser tuya, no haber vivido en seno de tu panza,
me hizo sentir desnuda de pasado, de padres… Me cambió
mi corta vida... Empero, ¡fue una sorpresa esperada! Lo
presentia y te agradezco por haberme dado la oportunidad de
escuchar mi verdad. Te doy el crédito por haber escuchado
el consejo de tu amiga, aun cuando sé cuan fue doloroso
para ti. Lo nuestro es un pacto “PARA SIEMPRE”.
Diciembre 2002
Mami no estás sola. Dios está
contigo…Tu hija está contigo...Y los angeles como
tu nombre, te cuidan ¡“PARA SIEMPRE”!
Ayer me llamaron para anunciarme que te llevarian
al hospital. ¿Por que?, me pregunté. ¿Una
vez más? ¿Otras fiestas?
Hoy decidí que tengo que vivir. Tu enfermedad
me enferma. Me llena de tristeza. Me deprime. Me congela el
alma y atrasa mi diario vivir. ¡Que pena! Cuan impotente
me siento… Quisiera darte un nuevo cerebro y no puedo.
Quisiera borrar todos tus males. Tus viejos recuerdos... ¡y
no puedo!
Pero hoy me siento fuerte y quiero darte oxigeno…
Mi vida no puede pasarse cada vez que tienes una crisis. Mi
hija me necesita. ¡Yo me necesito! Pero también
quiero que sepas que estaré aquí contigo... "
PARA SIEMPRE"
Enero, 2003
Angela, gracias por enseñarme a amar
a Dios. Por darme guia, fuerzas y una buena cabeza.Gracias por
enseñarme que no importa donde esté... No importa
lo que haga. Dios está conmigo..”PARA SIEMPRE”.
Ayer te visité. Te di amor. Amor es
lo que necesitas. Es todo lo que te puedo dar.Cuando te miro
y te digo que te quiero, me devuelves esa mirada tan dulce,
esa mirada que inspira a seguir amandote… ¡“PARA
SIEMPRE”!
Enero 13, 2003
Hoy exactamente un mes antes de la fecha de
mis cumpleaños pensé que podrías haber
estado pensando hoy en 1968. ¿Presentías mi llegada?
Cuanta soledad podrías tener; cuantas ganas de amar y
ser amada; cuantas cuentas por pagar y dinero sin ganar. Y aun
asi, un mes después, decidiste "dar a luz"
a mi vida! ¡Apostaste y luchastes por mi, PARA SIEMPRE!
Estos dias lluviosos me fascinan. Una vez me
dijistes que yo nací un día de lluvia.. . Quizás
por eso me gustan tanto...
Gracias por cubrirme de la lluvia, por protegerme
del frio, pero sobretodo gracias por enseñarme a amar
la vida y todo lo que ella tiene para ofrecernos,
¡PARA SIEMPRE!
Ayudastes tanto, amastes tanto, luchastes tanto.
Eres un ser de luz y de amor y PARA SIEMPRE lo serás.
Aun cuando tu luz se apaga lentamente, tu eres y serás
“Angela” PARA SIEMPRE.
Aun recuerdo la canción “Pescador
de Hombres”, tu favorita. Siempre pensé que ¡era
tan pura y triste como tu....!
.............Tu has venido a la orilla…
no has buscados ni a sabios ni a ricos...
en la arena he dejado mi barca...
Junto
a ti buscaré otro mar…
Siempre pedistes que te la cantara en un viaje
a la otra vida…
Te entregastes en las manos del destino y no tomastes control
de tu propia vida... No podías… ¡No puedes!
Cuanta fe, cuanta dedicación y cuanto
miedo a la vez. ¡Que ironía!
Hoy te fui a ver…¡Que terrible!
Estabas en tu silla de ruedas, llorando. Te llevé a caminar…
Casi no puedes hacerlo. Te cuesta muchísimo. Te pregunté
por John, tu marido, y me dijiste que no lo quieres. ¿Cómo?
¡Si él es tu vida!
Severine vino a tocar el piano para ustedes
y ni te enterastes. Tu frase favorita " NO PUEDO”,
me llena de indignación. “NO QUIERO” querrás
decir. Nunca quisiste autoayudarte, como si estuvieras autocastigandote.
John, tu marido, sufre mucho al verte así.
¡Cuánto te ama! Sufro yo, ¡todos sufrimos!
Enero, 2003
Corrí para dejar a Severibe en su lección
de piano y me fui a caminar por la playa. Fui a sacarme un poco
la tristeza que me invade después de visitarte.
¡Que atardecer tan lindo! La luna llena ya se dibujaba
en el cielo. Fría tarde. Había parejas caminado,
gente corriendo. Yo lloraba por dentro. ¡Le pedí
a Dios que te llevara para que no sufrieras más! ¡Que
te hiciera libre como nunca lo fuiste!¡ Le rogué
que te diera descanso! Estoy viviendo en pasado con un presente
muy doloroso. Debo vivir para ti y para mi hija y para mí.
¡Oh, Dios, perdóname! Estoy tan cansada. Quiero
ayudar a mi madre y ella ni siquiera puede aceptar mi ayuda.
Es muy duro para Severine entender tu enfermedad. Ella siente
mal al verte así. No la culpo. Sólo tiene 11 años
y no le puedo explicar que la robas a su madre cada vez que
estás mal.
Enero 30, 2003
No se, pero busco cualquier excusa par no verte…¡Me
dueles tanto cuando te veo y cuando no te veo también!
Quiero que sepas que hoy terminé con los arreglos funerales
y que todo está preparado en caso de tu partida.
¡Otra visita! Estabas tan linda, tan limpida.
¡Cuánto te quieren las chicas que te cuidan! Me
entristece ver que no reconoces a John. ¡Estás
tan ausente de ti misma! Me recuerdas a la abuela, cuando estaba
como tú. Agradezco a Dios que me permitió cuidarla
a ella para poder sobrevivir contigo.
Febrero 14, 2003
Estuve a verte hoy. Postergué mi visita
por cuanto el 13 de este mes es una fecha muy particular
para nosotras. ¡Es nuestro aniversario! Nuestro encuentro
35 años atrás. Hoy estaba triste, pues partía
para Buenos Aires. Te llevé chocolates y un gatito de
peluche. ¡Ahora tampoco me reconoces! Empero, había
tanta paz en ti y en tu alrededor, que me sentí feliz
y tranquila, como que aprobabas mi viaje y deseabas mi retorno.
Ultimamente pienso mucho en tu partida y me
preparo mentalmente. No obstante, creo que vivirás tanto
como Matusalem. Solo Dios lo sabe.
Febrero 22, 2003
Buenos Aires...
"Porque me amastes" por Francis...
Me gustaría dedicarte esta canción..
" me distes alas para volar...
tu me enseñastes a soñar..
todo lo puedo alcanzar,
porque me amaste,
soy
todo lo que soy...
porque me amastes! “
Noviembre 2003
John decidió partir. Hasta para eso
fue perfecto: se fue en “Thanksgivings “, sabiendo
que toda la familia estaría junta y sin saberlo, esperándolo.
Que Dios lo bendiga. Tu ni cuenta te diste que se marchó
y fue mejor, por que no sufriste.
Septiembre 29, 2004
¡Hoy celebramos tu cumpleaños!
¡Llegaste a los 80! ¡Felicidades! Es una pena, pero
nadie lo recuerda. Solo yo. ¡Siempre yo! Siempre tu y
yo, y las chicas que te cuidan. Quizá sea porque quise
pertenecerte como tu a mí, por que, en verdad, ¡no
se que sería de mi sin ti! Refunfuño, refunfuño,
pero esa es la verdad: te quiero. ¡Feliz cumpleaños,
mami! “PARA SIEMPRE”.
Octubre 2004
Ayer fui a visitarte y te llevé música.
“Toña, La Negra” y otros temas que siempre
te gustaron. Eso te calma. Comimos helados y me diste esos besos
tan esperados y soñados, llenos de amor para mi. Este
es mi premio: el que estés aquí, conmigo. Me dijistes
cuando me iba: “No me abandones”. “¿Y
cómo – te respondí – siempre estoy
contigo. No me olvido que eres mi madre y jamás podría
abandonarte. ¡Ahora eres mi bebé, como años
atrás lo fui yo para ti!”!
Por fin me doy cuenta del porque estás
aún aquí. Tu misión es concluir un trabajo
que no tuviste tiempo de hacer: reunir a nuestra familia que
ha estado tan desunida. Traerlos a todos contigo para demostrarme
que es mi familia, que me quiere y que tú y mis padres
eligieron para mí.
Todo tiene, finalmente, sentido y estoy en
paz conmigo misma y ¡contigo!
Para siempre...
|
|
|
|
| |
|
| |
Diseño y Webmaster: Mónica
Spinelli
|
| |
|
|