-- ¿Y cómo no? ¿La realidad no es siempre
prodigiosa? Por lo demás, el mundo está lleno
de genios malos. Basta mirar alrededor para comprobar que el
mal es tanto más evidente que el bien.
-- Pero no se trata de genios. Somos nosotros, y nuestro libre
albedrío.
-- Bien dicho, Carmen. No vamos a echarle la culpa a Dios del
pecado original.
-- Pues yo tampoco se la echaría a Eva. Tendrá
que convenir conmigo, Marechal, en que los dos pecaron, sólo
que Eva con más personalidad e iniciativa. Adán,
además de dejarse llevar cómodamente de la nariz,
ante Dios es un pusilánime que la responsabiliza a ella
de todo, como los niños soplones en la escuela.
--No es momento para ponerse a discutir sobre mitología.
Guarden el debido silencio y miren -interrumpió
Borges--. ¡Eso es la patria!
La patria era antigua, modesta, casi vacía. Por momentos,
completamente natural, o apenas modificada por la creación
y la destrucción de los hombres. Cuando se pasaba de
Morón y de Castelar, las estancias, las quintas de veraneo
y las últimas casitas bajas, en los círculos más
externos de la ciudad, parecían las estribaciones declinantes
de una gran cordillera. Después, todas las cosas en el
campo abierto --los ranchos, los aljibes, las escuelitas,
los jinetes-- resultaban patéticas y precarias, inestables
y fugitivas como vilanos o abrojos o flores de cardo que se
hubiesen detenido por unos instantes en el lugar donde estaban.
Sólo unos instantes, y después volarían,
arrastradas por el viento, liberadas de su peso y de su forma,
para volver a rehacerse en otra parte, objetos fulgurantes de
una perpetua transfiguración.
Antes de los invasores que cruzaron la Mar Océana, antes
de la vaca y del caballo, los pueblos dispersos de la llanura
sólo sabían andar, en busca de los frutos de la
tierra, de la caza y de la sal. También a ellos los llevarían
los vientos, como semillas, hasta que floreciesen en lugares
extraños y abruptos. Al pie de la montaña o en
las pampas del salitre, llorarían de pronto, como apariciones
trémulas, aún en peligro de desvanecerse, cabecitas
humanas acabadas de nacer.
--La patria no sabe su nombre todavía ”dijo Marechal--.
Cada mañana se levanta temprano para sorprendernos y
sorprenderse, como una muchacha curiosa de sí misma,
que se mira en el espejo y ríe de verse, nada más.
-- La patria sabe demasiados nombres “dijo Borges”.
Los de todos los muertos que se desangraron aquí.
Pensaba “y de eso hablaría después”
en una memoria vieja, hecha de huesos enterrados y sedimentados,
como capas geológicas. Godos y criollos, unitarios y
federales, indios y cristianos. Su abuelo Francisco Borges,
lanceado en La Verde por la gente de Catriel. œAhora
están juntos, sin embargo, comentaría Marechal.
œ¿Y qué? --contestaría Borges--. Hasta
en la sepultura se habrán peleado, como esos dos gauchos
que se odiaron toda la vida, y cuando cayeron presos en las
guerras civiles, pidieron jugar una carrera mientras los degollaban,
a ver quién daba un paso más allá del otro
antes de caer muerto.
Hablaron poco, sin embargo, y leyeron menos. La llanura atrapaba
los ojos y sellaba las bocas con una poderosa succión
de vacío. La llanura del suelo, pero sobre todo la del
cielo, donde nubes enormes corrían, desbocadas, más
rápidas que el tren, como ñandúes de fabulosos
plumajes, inalcanzables para las boleadoras o para los cascos
del jinete.
Al anochecer estaban llegando a la estación de Los Toldos,
un pueblo más de la pampa húmeda, que debía
su nombre a las tolderías mapuches, aunque la mayor parte
de las familias aborígenes vivían apartadas del
centro urbano, en la Tapera de Díaz, lugar donde verdaderamente
habían estado las casas flotantes --cuero y vigas de
madera-- de los primeros mapuches voroganos. El nuevo Los Toldos
había sido fundado por un criollo del Tucumán,
el comerciante y dueño de pulpería don Electo
Urquizo. Tenía una plaza mayor, una iglesia parroquial,
colegios, correo, bancos, cementerio, mensajería, registro
civil, comisaría y hasta periódicos. También
tenía más gringos que indios: la Sociedad de Socorros
Mutuos "Libera Italia", la Sociedad Española
de Socorros Mutuos, la Sociedad Francesa, y muchos inmigrantes
pobres que conseguían allí solares más
baratos que en Bragado, Chivilcoy o Nueve de Julio. Había
almacenes prósperos de ramos generales --.propiedad de
los que fueron, en la frontera, apenas pulperos expuestos a
malones de ranqueles y de milicos--. Había tiendas, alguna
confitería, casas de remate, farmacias.
Al bajar, Carmen tomó la iniciativa y arrastró
a sus compañeros al Hotel Español, enfrente de
la estación.
-- ¿Pero qué hace? “intervino Borges.
-- ¿Cómo qué hago? Asegurarnos un techo
para dormir. No me parece que sobren hoteles por aquí.
-- Así no averiguaremos nada. Se ve que su hermano no
se trata con los comerciantes españoles. Si anda entre
indios y gauchos, tenemos que ir a otro lado.
-- Oiga, Borges, con lo hecho por hoy ya está bien. No
quiero jugar a los detectives. Mañana buscaremos.
En algo Borges llevaba la razón. El dueño del
hotel --un vasco Arzuaga” nunca había hablado
con Francisco Brey Moure, aunque creía haber visto cruzar,
más de una vez, a un hombre que correspondía a
sus señas, siempre acompañado por uno o dos indios.
Contrataron dos cuartos, uno para Carmen Brey y otro para los
dos poetas. Hecho el trámite, el autor de Luna de enfrente,
envalentonado por su acierto, se empeñó en llevarlos
a comer algo a un almacén de campo. Ésa, juraba,
era la fuente irreemplazable de información, para conocer
todos los movimientos de la que no era considerada "gente
decente" por la burguesía pueblerina.
Después de una inspección cuidadosa, basándose
tal vez más en el olfato y en el oído que en su
vista deficitaria, encontró un lugar a su gusto, en las
afueras, donde ya no había un solo adoquín. El
edificio era de ladrillo de adobe, sin revocar. La puerta, una
cortina de arpillera. Carmen Brey se sintió desesperadamente
absurda y vulnerable con su traje de seda azul y sus zapatitos
guillermina, color crema, que el trayecto de unas cuadras embarradas
por la lluvia de la tarde había vuelto grises.
Pasaron entre caballos atados al palenque y se sentaron en una
mesa que daba a una ventana estrecha. Los otros parroquianos
eran gauchos “peones calzados con alpargatas, o arrieros
de bota rústica” y parecían haber venido
más a beber que a comer. La ventana enrejada mostraba
casuchas dispersas en la pampa, dentro y fuera del pueblo, que
se iban diluyendo en la oscuridad, apenas señaladas por
un resplandor de vela o de candil. Los atendió un muchacho
desganado que no supo decirles nada nuevo, salvo pedirles que
esperasen al patrón, un gallego de Logroño que
conocía probablemente a todos los españoles de
la zona. Les sirvió pan y vino, una tortilla, carne asada
y sardinas.
Comieron sin sobresaltos. Sólo las risas demasiado altas
de tres gauchos que estaban por dar fin a una botella de ginebra
interrumpían a veces los ruidos del campo: ladridos de
perros, chistidos de lechuzas, relinchos de caballos alarmados
por un roce o una sombra. Borges, acaso por no ser menos que
sus vecinos, había pedido también ginebra para
la sobremesa. Carmen atisbó con alarma la noche exterior,
mientras los dos poetas daban cuenta de la botella con asiduos
brindis iniciados por un sonoro œ¡Yapaí!
“Sólo sabría después que así
compartían sus libaciones con la Madre Tierra los indios
ranqueles, cuando Lucio V.Mansilla, autor de un libro que tanto
Borges como Marechal habían leído, los visitó
en 1870--. No se atrevía a irse sola, pero quedarse
se le antojaba cada vez más riesgoso. Las risotadas de
los gauchos “era evidente” tenían ahora un
blanco definido: los trajes de œpuebleros de sus
acompañantes, el sombrero rancho, que reposaba sobre
una silla, su vestido de seda y sus zapatos guillermina, que
trataba de esconder, lo más posible, tras la pata de
la mesa y los bajos sucios del mantel cuadrillé. El paisano
de Logroño no aparecía por ninguna parte, aunque,
dada la catadura de su clientela, quizá tampoco fuese,
precisamente, una garantía de salvación. Pronto,
una bolita de pan cayó, entre gruesas carcajadas, junto
al vaso de Borges, que se dio vuelta para mirarlos parsimoniosamente.
Por un momento, parecieron congelados por el gesto de desafío,
pero enseguida las risas arreciaron. Una segunda bolita, con
mejor puntería, le dio al porteño en plena frente.
Carmen quiso tomarlo de los faldones de la chaqueta, pero Borges
ya se había levantado y marchaba “como un sonámbulo
o un suicida” hacia la mesa donde lo aguardaban tres caras
marcadas por añejas caricias de facones, y tres cuchillos
que a la señorita Brey le parecieron casi tan grandes
como cimitarras moras.
-- ¿Querías algo, che, Rosita? Hablámás
fuerte, que no te oigo “había dicho Borges, increíblemente,
dirigiéndose al más temible, que lo doblaba en
peso y en altura, a pesar de que el vate miope de los arrabales
no era un hombre menudo.
No había tiempo que perder. Imposible fiarse de Marechal.
Alelado o complacido por la demencial actitud de su colega,
nada objetaba. Tendría que tratarlos como lo que quizá
eran: débiles mentales, mutilados del sentido común,
incapaces de toda otra cosa que no fuese enhebrar filosofías
o escribir versos. Casi de un salto, se puso valerosamente enfrente
de Borges, cubriéndole el pecho.
-- Señor, le pido por favor que no haga caso de lo que
diga o haga mi hermano. No está bien de la cabeza, está
medio loco, ¿entiende? --se empinó cuanto pudo
y susurró, reteniendo la respiración para no ahogarse
en el aliento alcohólico del gigante--. Justamente,
con este amigo, que es médico “señaló
a Marechal--, lo estamos llevando a Buenos Aires, a internarlo
en el manicomio. Mi madre no tiene consuelo, imagínese.
Y yo estoy a su cuidado. ¿Qué voy a decirle a
la pobrecita si a éste le ocurre alguna desgracia?
Borges iba a replicar, enfurecido, pero no pudo. Un certero
pisotón de Carmen y un codazo en el estómago lo
dejaron sin habla.
--Madre hay una sola. Si de eso se trata, no hay más
que decir. Todo sea por complacer a usté y a su santa
mama, mi prenda. Pero si está así, mejor téngalo
encerrado y no lo saque a tomar aire de noche, a ver si se le
aluna. ¿No será el lobizón...?
Las risas reduplicaron.
Carmen agradeció la amnistía y aplicó velozmente
sus beneficios. Con Marechal, que parecía haber recobrado
parte de la razón perdida, salieron a la disparada, arrastrando
a Borges, como si los corriera el diablo o el lobizón
recién evocado. Sólo se permitieron aminorar el
paso cuando estaban a menos de cien metros del Hotel Español.
La módica alzada y las paredes desteñidas del
edificio resplandecieron entonces a sus ojos como una construcción
más prodigiosa que todas las maravillas de Las mil y
una noches, incluido el extravagante palacio de Aladino.
III
El conde Hermann von Keyserling se levantó y dio unos
pasos por el coche que ocupaba como pasajero exclusivo, para
estirar las piernas acalambradas. Aun en el confort de la primera
clase, se sentía incómodo, quizá porque
cualquier espacio humano le quedaba chico, y no sólo
a causa de su volumen y estatura considerables. Encendió
un cigarro puro y descorrió, cuanto podían ser
descorridas, las cortinitas aterciopeladas de la ventanilla.
Decididamente “pensó el Conde” nunca se acostumbraría
del todo a los pequeños ámbitos en que solían
moverse la mayor parte de los hombres. En algún lugar
de la memoria estaría siempre añorando los bosques
perdidos de Lönno o de Rayküll, donde había
vivido de niño, tan feliz como algunos filósofos
creyeron que vivían los salvajes. Por cierto, el niño
Keyserling, heredero varón de aristócratas terratenientes,
no padecía ninguna de las penurias materiales anejas
a la vida primitiva y gozaba, en cambio, de libertades ignoradas
por los muchachos de la ciudad. Hasta los cinco o seis años
“época de su primer viaje a la villa más
próxima” había vivido en otra dimensión
del tiempo y el espacio. Los trenes de pasajeros no le parecían
más grandes que trenes de juguete. Las calles le resultaban
comparables a estrechos corrales donde las personas, no ya el
ganado, se movían a una velocidad indigna en la que jamás
incurrirían las vacas.
Pero esos tiempos habían pasado. El hijo de la Naturaleza,
que daba de comer en la mano a halcones sin domesticar, y cuyo
mundo estaba hecho de árboles, animales silvestres y
antepasados semejantes a dioses, ya no era dueño de Rayküll
ni de Lönno. Como siempre, la Historia “esta vez
bajo la figura de los bolcheviques-- había irrumpido
cruelmente en el paraíso, para arrojarlo a Darmstadt,
una ciudad alemana manuable como una maqueta, ordenada y pulida
como un jardín dieciochesco. Keyserling, recién
casado con Gudela von BismarckSchönhausen, nieta del Canciller,
tuvo que aceptar el mecenazgo del Gran Duque de Hesse, e instalarse
en la casa que había sido del Predicador de la Corte,
aunque no ya para predicar sino para crear lo que él
consideraba un santuario del Espíritu Libre: la Escuela
de la Sabiduría.
Aspiró a fondo el cigarro puro, fastidiado por las ironías
del nombre y de su destino. Si algo no se podía enseñar,
era precisamente, la Sabiduría; apenas se podía
incitar o provocar a ella, para que en algún momento,
el Logos creador fecundase las almas en femenina espera. Y libres
serían acaso sus alumnos, pero no él. Siempre
se había sentido un elefante enjaulado entre esos alemanes
rutinarios y metódicos que, por sobre toda otra cosa,
amaban el orden y las seguridades de la repetición. Alemán,
por lengua y por linaje, para los fineses, rusos y letones del
Báltico donde había nacido, Hermann von Keyserling
(que también llevaba en las venas, como una secreta carga
de dinamita, sangre eslava y mongol) no dejaba, sin embargo,
de considerarse un desterrado entre los barrotes de la utilitaria
prisión germana, penosamente escindida del œreino
natural, donde la bruja malvada de la Historia lo había
puesto.
No obstante, para un temperamento convencido de que la vida
es, ante todo, una aventura caudalosa, siempre había
soluciones. Keyserlingse consolaba de la cuadrícula teutona
con las espirales, los arabescos y las diagonales de los viajes.
Al menos, la Escuela de la Sabiduría y sus prestigiosos
invitados lo habían hecho célebre. Si ya no contaba
con las rentas de que había dispuesto antaño para
costearse exóticos periplos internacionales, su fama
le aseguraba invitaciones a dar conferencias, así como
un tratamiento principesco, que se complacía en exigir.
Claro que no siempre era él quien ponía todas
las condiciones.
Tanteó el bolsillo interior del saco, y volvió
a mirar el retrato dedicado de la sudamericana que lo esperaba
en París. Aquella mujer extraña le había
escrito durante casi dos años cartas que rozaban, por
momentos, la sublime exaltación mística o la pagana
idolatría. Sin duda era una mujer inteligente, puesto
que tanta admiración le inspirabansus obras. Y tan apasionada
que había declarado no poder aguardar un solo instante
más el momento de conocerlo. Y tan rica que estaba haciendo
construir una casa en el lugar más aristocrático
de Buenos Aires para alojarlo a él cuando finalmente
recalase en el Río de la Plata, además de costearle
su estadía en Versalles, con todos los requerimientos
que correspondían a su doble ejecutoria, filosófica
y nobiliaria. Por si esto fuera poco, era hermosa: la cara latina
y carnal, de rasgos suavemente asimétricos, lo miraba
desde el papel satinado con una suerte de súplica desafiante.
Sin embargo, la bella desconocida se había negado, obstinadamente,
a encontrarlo en Alemania. Desde el castillo de Schönhausen,
propiedad de su suegra (el único sucedáneo aproximado
de Rayküll y de Lönno), el Conde se había visto
obligado a interrumpir o postergar la redacción de su
obra sobre los Estados Unidos, para tomar el tren de juguete
hacia París. Aunque París era, en todo caso, una
dorada imposición. Keyserlingse sentía reverdecer
como un roble antiguo en la primavera cada vez que se aproximaba
a la ciudad de su primera juventud y de su primer gran amor.
La ciudad adonde había llegado con un inútil diploma
de geólogo bajo el brazo, para formarse en los refinamientos
del arte, del pensamiento y del erotismo. Allí se había
sentido también, por primera vez, completamente libre.
Como ningún parisino sabía lo que era un Keyserling
o un noble alemán del Báltico, no tenía
que rendir cuentas a nadie de su conducta. Comía en cualquier
bistró de estudiantes en el Quartier Latin, y se hospedaba
en un hotelito oscuro de la Rue du Seine, que a veces, ya adulto
y famoso, volvía a visitar para recordarse sus días
de ilusión y anonimato. Por las tardes, después
de escribir, se iba al Jardindes Plantes como quien retorna
al bosque. Una o dos horas invertidas en la aspiración
de húmedos efluvios vegetales le dejaban el cuerpo flexible
como un ramaje y el cerebro poroso como una esponja. Luego,
a manera de ducha helada, se sumergía en la morgue, para
tener presente la inexorable decadencia de toda ebullición
orgánica, y el consiguiente parentesco entre los humanos,
las piedras y los fósiles. Por fin, oía vísperas
en Notre Dame: la neutralización perfecta de sus experiencias
crepusculares en un baño de Espíritu --litúrgica
belleza donde lo mineral, lo vegetal y lo carnal flotaban transidos--.
Entrada la noche, con el alma bien pegada al cuerpo y el microcosmos
en feliz acuerdo con el macrocosmos, el conde Hermannvon Keyserling
estaba listo para presentarse en el gran mundo vestido de frac,
de la mano de la condesa Wolkenstein, embajadora de Austria,
y aplicar los destellos de inspiración divina, recogidos
en los ejercicios de la tarde, al baile y a la buena conversación.
El Conde cerró los ojos chicos, rasgados, claros, y se
dejó envolver por el humo del cigarro. El París
de aquellos años estaba poblado por Massenet y Debussy,
por Henri de Régnier, por Rodin, a su juicio un rudo
artesano que pensaba magníficamente con sus manos toscas
y sólo con ellas; por André Gide, un artista exquisito
y puritano, que perseguía el amor homosexual como un
ideal de platónica belleza, y todas las noches iba a
aplaudir a un apuesto actor, tal un asceta que se somete ritualmente
a prácticas mortificatorias, por ver si algún
varón conseguía despertarle una pasión
excelsa. Quizá, después de este encuentro, su
París iba a enriquecerse con un nuevo, raro y precioso
recuerdo humano, y sería, en adelante, también
el París de Victoria Ocampo.
Aunque con las mujeres, por supuesto, nunca se podía
contar del todo. Las occidentales en particular, libradas a
la única ley de su capricho, a veces destruían
la felicidad de los varones con actos imprevisibles. Como lo
había hecho con él su propia madre, la baronesa
Johanna Pilar von Pilchau, después de décadas
de vida irreprochable (Keyserling no lograba evitar un contradictorio
escalofrío de odio y remordimiento cuando pensaba en
ella). Sin embargo, no podía negarse que eran los instrumentos
más finos y adecuados para la educación masculina.
Las civilizadoras “y en eso concordaba plenamente con
su amigo Ortega” que habían convertido en caballeros
a unos brutos cuyo mayor entretenimiento era partirse mutuamente
el cráneo a golpes de maza. Esas mujeres bordaban hombres:
seleccionaban las texturas, los hilos y los dibujos de la especie
con el mismo empeño paciente y creativo que ponían
en bordar tapices. Sus compatriotas germanos, por cierto, entendían
muy poco de esa pedagogía del amor que había florecido
con gracia en Francia y en Italia. Sólo conocían
el vicio (en su más burda acepción) y el matrimonio.
El conde Keyserling, que había visto encarnada la mayor
perfección del sexo opuesto en las geishas impersonales
y delicadas como flores, dividía más sutilmente
el mundo femenino. Entre las prostitutas ordinarias “modestas
obreras del placer masculino” y las esposas ejemplares
--que garantizaban tanto la paternidad como la jerarquía
de una casa y la elevación moral de los vástagos--,
había un tercer tipo de femineidadsuprema. La œgran
dama, heredera de las hetairasatenienses, hecha para evadir
cualquier forma de corral doméstico y para reinar en
los salones de la sociedad. Sibila, Musa, pródiga en
amores, exenta de compromisos, liberada de la sujeción
matrimonial y de la obligación reproductora, consagrada
a inspirar al filósofo y al artista. Keyserling no se
quejaba de su suerte. Tenía la esposa ejemplar: Frau
Gudela, que sostenía las virtudes de la estirpe y sabía
mantenerse en su ámbito, feliz madre de dos hijos varones.
No por eso él se había negado a visitar, en las
largas ausencias de sus muchos viajes, los burdeles y prostíbulos
frecuentados por sus anfitriones o mecenas (ministros, banqueros,
embajadores), aunque “salvo las casas de geishasdel Oriente--
fuesen apenas rudimentos ordinarios de la diversión erótica
que verdaderamente necesitaba un hombre culto. Acaso lo movía
la añoranza “no exenta de alguna ternura--
de las putas fraternales de su adolescencia. Hermann von Keyserlingno
había sido nunca un homme à femmes. Retraído
y violento, arrogante como un príncipe pero tímido
como un campesino, inocente de toda malicia viril hasta una
edad inverosímil, sólo las tranquilas meretrices
de Pernau y de Ginebra le habían hecho olvidar, entonces,
sus piernas y sus brazos desmesurados, la brusca torpeza de
sus movimientos, su abrumador sentimiento de fealdad.
Después, la fama de su Escuela y de sus libros había
comenzado a proyectarse sobre su persona, y ahora emanaba de
ella como un fluido magnético o un carácter sexual
secundario, más notorio que una nuez de Adán o
una barba tupida.
Gracias a esos libros, mujeres inteligentes, apasionadas, millonarias
y bellas le escribían, desde el otro lado del planeta,
misivas como ésa, de letra rasgada y perfumada, que atesoraba
junto al retrato y que le producía un efecto deliciosamente
afrodisíaco: ¡Sol de sus cartas! Déjeme
adormecer en ellas, detenerme en ellas. Y después floreceré
por ellas. ¡Ah! Qué bien hace y qué dulce
es. ¡Cómo las amo! No sabría hablarle razonablemente
esta noche. Ni falta que le hacían la razón
de los filósofos o la adocenada sensatez a la que era
capaz de enhebrar líneas así, donde la pasión
del alma se desbordaba, exuberante, sobre los sentidos, como
en una Teresa de Ávila, o una Mariana Alcoforado. Me
parece que estoy tan plena de lo que es usted, que el menor
movimiento me llevaría a despedir algún precioso
aroma. Y si usted estuviera, yo no levantaría los ojos
hacia sus ojos, por temor de perder ese usted que está
bajo mis párpados celosamente cerrados.
El conde de Keyserling,
transfigurado por la metáfora en incensario o concentrado
sahumerio de fragancias orientales, olió la carta como
si se oliera a sí mismo, extasiado por la adoración
que era capaz de provocar en la dama argentina. Lo embriagaba
constatar su poder sobre aquella corresponsal distante a quien
le eran necesarias las cartas de Darmstadt para respirar, como
una droga salvadora. Cuando llegan sus cartas, siempre me parece
que un instante antes me ahogaba y lo comprendo mejor por el
alivio inmediato que este oxígeno me proporciona. Lo
leo con los pulmones. Por momentos, creía ser el personaje
de un cuento de hadas, donde era posible vivir una clase de
amor que era y no era de este mundo, y que bañaba la
inconclusa realidad con la luz de la más perfecta fantasía
poética.
El tren ya estaba llegando a destino, después de un trayecto
monótonamente bello de ríos y de árboles
y de castillos de chocolate, y de ciudades con casas que a la
distancia parecían de azúcar. ¿Cómo
serían las tierras de Sudamérica, aquellas a donde
Victoria Ocampo quería llevarlo, como se lleva a un dios
o a un profeta? No la vería en el andén. Había
pedido expresamente que no fuese a esperarlo. El Conde deseaba
prepararse para el encuentro que iba a tener lugar recién
al día siguiente. En lugar de Victoria la aguardaba un
hombre de baja estatura (un criado de confianza, le había
anunciado ella) que pronunció su título, su nombre
y su apellido con pesado acento español.
Cuando llegó al Hôtel des Réservoirs ya
anochecía. Los cuartos le parecieron tan cómodos
como podían serlo los de un hotel francés. Todo
estaba en su lugar, incluso el papel, los sobres y la tinta
roja que había pedido. Se bañó, se perfumó,
y se hizo servir la cena en el cuarto, con una botella de champagne
helado. La cama, hecha más bien para las medidas latinas,
le quedaba casi corta. Incómodo y aprensivo, decidió
dejar encendida la luz del velador, como cuando de niño
lo atormentaban las pesadillas.
*MARÍA
ROSA LOJO nació en Buenos Aires en 1954.
Es hija de españoles. Su padre, un gallego republicano,
se exilió en la Argentina tras la Guerra Civil. Vive
en Castelar, provincia de Buenos Aires. Está casada y
tiene tres hijos. Es escritora e investigadora, y ha publicado
quince libros, además de numerosos ensayos en revistas
culturales y especializadas y en libros en colaboración.
En poesía: Visiones (1984), Forma oculta del mundo (1991)
y Esperan la mañana verde (1998).En ensayo: La ˜barbarie™
en la narrativa argentina (siglo XIX) (Corregidor, 1994), Cuentistas
argentinos de fin de siglo(1997), Sábato: en busca del
original perdido (Corregidor, 1997), El símbolo: poéticas,
teorías, metatextos(1997). En narrativa: Marginales(1986),
Canción perdida en Buenos Aires al Oeste(1987), La pasión
de los nómades (Atlántida, 1994), La princesa
federal (Planeta, 1998), Una mujer de fin de siglo (Planeta,
1999), Historias ocultas en la Recoleta (Alfaguara, 2000), Amores
insólitos (Alfaguara, 2001), Las libres del Sur (Sudamericana,
2004).
Obtuvo, entre otros, el Primer Premio de Poesía de la
Feria del Libro de Buenos Aires (1984), Premio del Fondo Nacional
de las Artes en cuento (1985), y en novela (1986), Segundo Premio
Municipal de Poesía de Buenos Aires, Primer Premio Municipal
de Buenos Aires œEduardo Mallea, en narrativa (1996),
por la novela La pasión de los nómades. Recibió
varios premios a la trayectoria: Premio del Instituto Literario
y Cultural Hispánico de California (1999), Premio Kónex
a las figuras de las Letras argentinas (1994-2003), Premio nacional
œEsteban Echeverría 2004, por el conjunto de su
obra narrativa. Ganó la Beca de Creación Artística
de la Fundación Antorchas para œartistas sobresalientes
que se hallan en los comienzos de su plenitud creativa (año
1991), y la Beca de Creación Artística del Fondo
Nacional de las Artes en 1992.
Es Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y trabaja
como investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas
y Técnicas, con sede en la Universidad de Buenos Aires.
Dirige dos proyectos de investigación en la Universidad
del Salvador, donde dicta, asimismo, un Seminario-Taller de
Doctorado. Tiene a su cargo la coordinación del equipo
internacional de investigadores que realiza la edición
crítica de Sobre héroes y tumbas para la Colección
Archivos de la UNESCO. Ha sido conferencista y profesora visitante
en universidades argentinas y extranjeras: entre otras, la Universidad
Nacional Autónoma de México, la Complutense de
Madrid, la Universidad de Salamanca, la Universidad de Toulouse-Le-Mirail,
donde dictó en 2004 un curso en el Doctorado. Actúa
como jurado en concursos nacionales e internacionales. Participa
como escritora invitada en Ferias del Libro y Congresos internacionales.
Es colaboradora permanente del Suplemento Literario de La Nación.
Web: www.mariarosalojo.com.ar
Emails: mrlojo@conicet.gov.ar
mrlojo@speedy.com.ar
Dirección postal: Marqués de Loreto 1960
1712 Castelar, Buenos Aires. Argentina
Librerías donde se pueden adquirir
los libros de María Rosa Lojo
Entre otras: www.tematika.com
www.amazon.com
www.lsf.com.ar/libros
www.altocity.com/e-galicia/browse
www.libreriapaidos.com |