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“... La patria de un alma elevada es el universo”. Demócrito 
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HISTORIAS DETRÁS DE LA VENTANA 

  Por Fernanda Agüero*

         La lluvia no ha dejado de caer, los pronósticos no se  equivocaron y yo estoy atrapada aquí, detrás de esta ventana por la que solo veo una ciudad gris.
           Dicen del verano que suele ser así, lluvioso, terriblemente húmedo y corrosivo. Como el amor, dicen, anegando los caminos y los ánimos, provocando a los recuerdos en esas monótonas tardes de lluvia en  las que los ojos se vuelven inesperadamente tristes y los árboles del parque,  descoloridos y mustios.
            No se porqué me acuerdo del Gallego. Quizás sea porque él tiene en su mirada la turbulencia de muchos días de tormenta, la humedad de viejas nubes negras a punto de desbordarse y empaparlo todo y sin embargo su rostro está siempre parco, imperturbable diría, como si ninguna lluvia fuera capaz de salpicarlo.
             Mi ventana se ha empañado nuevamente. Enciendo un cigarrillo y paso la mano con cierto desgano por el vidrio. Sobre la vereda, un charco junto al enorme sauce refleja   la figura de una mujer cualquiera que parece fingir que el agua de la lluvia no corre por su rostro, por su ropa, se amontona dentro de sus zapatos volviéndola acuosa y resbaladiza como un pez. Tiene los ojos desmesuradamente abiertos; parece estar enamorada.
              Me recuerda al Gallego, por su soledad, por esa espera que pierde cuerpo con las horas, por ese toque de ingenua desolación, como si no supieran que esperar una respuesta de amor puede llevarles los días vividos y por vivir. Ella deja que la lluvia, como el amor,  la empape, la inunde, le vuelva pesados los zapatos, le desdibuje los labios sin atreverse a detenerla.
               De pronto, a lo lejos se perfila otra figura. Me acerco más a la ventana para ver detalladamente si un encuentro va a producirse o es otro loco que no teme ser atrapado por la humedad del verano.
                Es un hombre, tiene el cabello mojado y los ojos cargados de ansiedad cuando la ve a ella sacrificándose junto al sauce, recibiendo la lluvia como un rito para lavar sus días anteriores a este día.
               Los dejo por un minuto mientras preparo un café y me digo, como si fuera un gran descubrimiento, que el Gallego  parece estar enamorado y no de la Rubia precisamente. Carga, como esas nubes, un pasado torrencial. La Rubia lo acompaña a todos lados, es cierto, se amanece con él, le toma la mano cuando lo ve taciturno, lo observa desde lejos cuando el Gallegose vuelve insoportable, pero él tiene el corazón empapado de otra lluvia. Yo lo sé. 
                Vuelvo a mi ventana con la taza de café y la convicción de haber descubierto algo muy importante en la vida del Gallego. Los de afuera, la Mujer Pez y su amigo, continúan ignorando a la impetuosa lluvia  de la tarde que ha formado un mar en la esquina, lleno de hojas y desechos ciudadanos. Ella hace gestos desesperados,  su cara está mojada de lluvia o de lágrimas, no lo sé; sus palabras se confunden con el rumor de la calle, no puedo entender lo que dice. El me resulta impasible, casi duro, inapropiado para un encuentro bajo la lluvia. Ella repite los mismos gestos, retuerce los dedos en su ropa, se ve tan patética, tan desesperada como Alicia, la amiga del Colo, que dice una y otra vez que dejó al Negro porque muy tarde descubrió que el amor era algo más que todas esas  sandeces que se dicen por ahí. Lo ha repetido tantas veces que creo que necesita convencer al Negro para que salga a buscar a otra mujer y se olvide de lo tormentoso que fue vivir juntos. El Negro, creo, no quiere escucharla. Parece estar enamorado.

Yo no entiendo a Alicia cuando describe las virtudes del Arquitecto de su historia, por ejemplo,  y sus ojos se iluminan repentinamente, igual que esos charcos junto al viejo sauce, reflejan el mundo humedecido por un instante, por una sola lluvia.
Allá afuera la Mujer Pez intenta burdamente secarse los ojos con las manos empapadas de lluvia. La miro, tal vez indebidamente, sin saber que es lo que provoca ese torrente lacrimoso que se confunde con la tarde y en su alma. El Hombre, el impasible, desafiando  las inclemencias del tiempo, saca un cigarro que no encenderá jamás. Está contrariado, gira entre los charcos, vuelve a mirarla, tira con furia su cigarrillo en medio de la calle y de pronto sus ojos se encuentran con los míos.
Intimidada, bajo la cabeza y miro el fondo de mi taza de café, como hace Grisel, la mujer del Turco. Dice que allí, en esa borra oscura, se encuentra la misma verdad de cada uno. Yo solo veo manchas informes como corazones rotos, como fundidos en el barro en un día de lluvia. Griseles de las que creen en el amor y en cualquier cosa. Cree, por ejemplo, que el Turco siempre dice la verdad. Cualquiera sabe que él, cuando cae la tarde, se vuelve melancólico, sus ojos se ensombrecen, se apagan cuando recuerda a Sandy, la que se fue para siempre. Yo creo que Sandy estaba enamorada, pero no del Turco. Y eso, la borra de café no se lo dijo jamás.
El Hombre, el impasible, mira hacia ningún lado. Los dos quedaron en silencio, ella juguetea con su zapato sobre el agua, parece observar su propia imagen romperse sobre el espejo del agua. La lluvia ha inundado la calle, los charcos se han multiplicado y creo que no tengo más cigarrillos. Debería dejar de fumar, como Alicia. Pero ella lo hace por su Arquitecto, cuya principal virtud es liderar un grupo de gente que desea dejar de fumar. Ella lo escucha, lo alienta y últimamente ha comenzado a escribir unos poemas bastante extraños que hablan de la soledad, de los abismos, de la profundidad de la lluvia. La he visto algunas veces con los ojos vacíos, como si anduviera por un desierto, sedienta, cansada, a punto de morir. El Arquitecto parece  no  advertirlo, vive con una chica parisina que escapó de esas relaciones pantanosas que inundan el alma. Vive como una exiliada. El parece estar enamorado de la parisina. Y Alicia lo sabe.

La Mujer Pez se aleja lentamente, tal vez agobiada, tal vez el rito de la lluvia trajo claridad a su corazón, o no resiste las inclemencias del amor. Se aleja del sauce que fue su refugio y del Hombre Impasible que vuelve a intentar en vano encender otro cigarrillo bajo la tormenta que no ha menguado, que está inundando todo, que se filtra por las paredes y humedece los ojos.
De repente, él levanta la mirada, el agua corre por su cara, por sus ropas, ha inundado sus zapatos. Todo su cuerpo parece surgir del charco oscuro en donde está parado, como una esfinge diluviana. Sus ojos gritan antes que sus labios algo que no puedo escuchar. La Mujer Pez lo ha escuchado y se detiene en la esquina. El corre y salpica con sus zapatos empapados las paredes y los árboles que parecen no poder  contener más tantas gotas de lluvia.
Se abrazan. Funden la lluvia torrencial de la tarde y se miran largamente. Parecen estar enamorados.
Esta lluvia me ha puesto melancólica. Su monótona caída, sus mágicos espejos sobre las calles, los recuerdos.
No quiero recordar más. Siento un torrente de viejas historias, de amores, de rostros que no están o que estarán detrás de otras ventanas mirando la misma lluvia, recordando en la misma tarde, tratando de  olvidar iguales cosas como yo.
Abro la puerta y salgo. No me importa que el agua  moje mi pelo. Miro el viejo sauce, me acuerdo de la Mujer Pez y de su Hombre Impasible y camino sobre los charcos tratando de encontrar en la tarde aquello que perdí cuando parecía estar enamorada.-

*Fernanda Agüero reside en Salta, República Argentina. Es profesora de Bellas Artes, pero no ejerce la docencia. Pinta y escribe. Es fotógrafa aficionada. Publicó un libro de cuentos cortos :"Durante la lluvia". Colabora en varias publicaciones y ha sido distinguida con cinco premios literarios. Dirige la revista "La Manzana", que es la primera publicación de mujeres que se edita en su provincia, Salta, con temas de interés general femenino con gran aceptación entre el público, particularmente masculino.
Su correo electrónico es fernandaaguero_3@hotmail.com

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       UN POEMA DE AMOR

Por Lic. FIDEL HILARIO HUAMANI*


UNO

Debo de desechar esta mala costumbre
De cubrirme con el rostro de la palabra
Cada vez que mi alma solloza por tu nombre
¡Pero no sé como olvidarla, no lo sé!

Mientras tanto, intentando procurar
Robaré la mirada de tus tiernos ojos
Para regocijarme desde estos renglones
Que aún en la distancia, podemos vernos

Yo no tengo otra manera de esgrimir
Las tristezas y alegrías de mi esencia
Sólo tengo esta extraña forma de extrañarte:
En el filo de cada palabra, cada amanecer.

No conozco otra forma de confesión
Que ésta flor hecha de palabras
Que nacen desde el eje de mi corazón
Y se reverencian ante ti, su forjadora

Sé que muchas veces me marchito
En la sequedad de tu ausencia
Pero, con la sola presencia de tu voz
Ilumino el color perdido de mi rostro

Perdóname
Por no haber encontrado otra forma
Para edificar lo que mi alma siente
Perdóname
Por no conocer otras formas comunes
De decir que te amo irremediablemente

23-01-2004

*Lic. FIDEL HILARIO HUAMANI. Poeta, periodista y docente peruano, reside en la ciudad de Huancavelica, en la serranía peruana. Su teléfono personal es el (067-9652424 / 067-9705242) y en la Radio Huancavelica ( 067-752509) y en su domicilio (067-751583). Correo electrónico: mariofides@hotmail.com  Webs: www.huancavelicapoesia.galeon.com y www.radiohuancavelica.galeon.com
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