A mi madre
Carmen Nethe de Mátar
A mi abuela
Gertrude Hoffmann
I
Un mar de palabras en las que me sumerjo.
Saboreo la tempestad de las vocales.
Mastico los granos de sal de las consonantes.
Rumio la forma de caracol de algunas sílabas.
Digiero el fragor de los acentos.
Hilvano un mantel de sonidos. Desflecado en murmullos.
Almidonado de verbos. Tejido de adjetivos.
Abrazo. Beso en medio tono. Llanto. Estertor. Alarido.
Explosiones verbales. Vomito de letras.
Desesperación de las frases sin puntos ni comas.
Tramas interminables de quejidos.
Carcajadas que descubren con impudicia los dientes,
la lengua, el paladar.
Que desolación éste lenguaje.
Me cansa el sin sentido de los sinónimos.
Me enerva la ambivalencia pueril de las metáforas.
Mi idioma. Aquí está. Nunca libre de obsesivos
soliloquios.
Siempre entregado a tu gentil capacidad de oírme.
II
A Juan Cristóbal
Mago...
Quiero que saques de tu galera esa alegría antigua que
me empujaba audaz a los abismos y me hacía gritar entre
las sábanas.
Un pase de tus dedos...
Que se abra el corredor aquel con claraboyas.
Y que brote de golpe misteriosa la luz de ese Domingo. Mediodía.
Ruidos de platos apilándose. De tacos altos sobre los
mosaicos.
La mesa del banquete de mi tribu. Arcaica lluvia bíblica.
Los Mátar. Nacidos en Egipto, habitaron después
en las arenas durante siglos para anclar en Sidón. Puerto
del Líbano.
Mi abuelo presidiendo. Viejo jeque con su bastón
de ébano,
bebe licor de anís disuelto en agua.
Sirven mis cinco tías fuentes de peltre cargadas de perdices,
queso de cabra, berenjenas, sésamo, ajíes,
aceitunas rellenas, piñones, panes ácimos, cuajada,
hojaldres miel y dátiles.
Mi madre, la walkiria permanece sentada con los hombres,
la mano de mi padre en secreto rozándola.
Mago... dame zapatos de charol.
Voy a cruzar de un salto las dos calles que me llevan al patio
de mi abuela alemana. Teje una araña su encaje mortal
en los helechos.
Nieva como en Berlín tras las ventanas.
Juegos salvajes en el sótano.
En mi triciclo, feroz rinoceronte, voy al encuentro de lo que
está prohibido y entro en la jungla de la desobediencia.
Dirijo en el cine de papel sórdidos cuentos.
Encabezo la expedición pascual para atrapar la liebre
que esconde huevos de chocolate en las macetas.
Mago... te pido los veranos.
Las magnolias robadas antes del desayuno.
Me trepo a los nogales perseguida por imaginarias alimañas.
Finjo hundirme en la ciénaga. Mi caballo mordiéndome
las botas.
Me hamaco sobre el lago. Voy a lo alto apenas amanece.
Abajo el chico pelirrojo que habla en francés, espía
entre mis piernas.
Los cisnes nos vigilan, mudos bajo la niebla.
Una serpiente de coral cruza el camino estrecho en la montaña.
¡Ya mago, te lo ordeno¡
Quiero que saques de esa galera mi coraje. Quiero un conjuro.
Un truco que me arranque del ataúd de vidrio de las penas.
Dame el olvido. No quiero más mi nombre.
Quiero que en mí renazca esa alegría que perdí
en el tiempo
y que me espera todavía intacta.
III
Que éste dolor me parta en dos. Que arda
la zarza.
Como a un fantoche de paja el fuego me devore.
Para ser de agua o ceniza. De poca cosa.
Pero que sepa volar.
IV
Me asusto de las sombras.
Temo al crujir nocturno de la madera.
A los lobos que habitan en mi alma.
A los asesinos de las pequeñas cosas.
A los insectos de muchas patas.
A las muñecas rotas de porcelana.
A las multitudes.
A los motociclistas con sus cascos de guerra.
Que tu dulzura no me encarcele nunca.
Temo y me temo.
Temor a desangrarme y desangrarte.
V
Hoy tengo el tamaño de una nuez.
Tiemblo porque estoy hecha de humo.
Por eso me desmayo en los rincones
Y me pongo a bailar por cualquier cosa.
Hoy no soy de confiar.
VI
Qué imprudente.
Puse mi corazón al servicio de un par de ojos
que se licuaban al mirarme.
Todo por una estatura de ciprés.
Por una piel que al rozarla me hacía crujir las muelas.
Epidérmica. Puramente carnal. Estúpida.
Me enamoré de lo que va a morir.
VII
Camino por ahí. Tomo café. Fumo
y escribo.
Me desnudo. Me aparto. Me enojo. Me sonrío.
Como cerezas. Me miro en el espejo. Maúllo con mi gata.
Suena música afuera. Pico cebollas.
Me cepillo por dentro como si fueran a tomarme un examen.
Y finalmente lloro. Es un alivio que tenga lágrimas.
Que caigan sobre este día estéril.
Quizás germine algo.
VIII
Quiero ofrecerte un trato de hechicera.
Digo abracadabra y hago que la casa entera huela a salvia.
Encarno cada tarde en un disfraz distinto.
Musito amor con mi vocabulario más extenso.
Tapizo mis huecos de satén. Me pongo blanca al sol.
Te miro y mis pupilas ruedan agitadas como perlas sobre un mosaico.
A cambio, te necesito complementario. Opuesto. Amistoso. Perdurable.
Sin trampas ni hostilidades inútiles.
Listo para entregarte. Dispuesto a recibirme sin demoras.
Es honesto advertirte que tengo un mal defecto. Pienso sola.
Sin que nadie me haya ayudado nunca.
Sin más, te espero, amándome.
No hay posdatas ni firmas.
IX
Será esperanza. O no aguanto el vacío.
Como quieras.
No me hace falta que tengas apellido.
Tampoco nariz ni sombra ni voz que te distinga.
Digo para que lo repita el eco del valle de mi infancia.
- Estoy aquí. Te espero. Son las seis-
Maldición. Ya te extraño. Oscurece temprano y
apenas puedo verte.
Hace tanto. Es preciso que vengas.
Sin equipaje, quejas ni huellas. Desnudo.
No te conozco. No compartí un momento. No te hice el
desayuno.
No caminamos de la mano por ningún parque.
Sin embargo no quisiera morirme sin tocarte.
Tengo todo dispuesto. El té y la loza. Mi traje
negro.
Perfume detrás de mis orejas. Las sábanas floreadas
y la canción que en el disco de pasta me cantaba:
“You are always in my heart, even though you are far away...”
Adonde estás. Porqué perder el tiempo. Es sábado.
Compartamos el ocio, el furor, el silencio.
Sí, hubo muchos y qué. Es como si te esperara
desde siempre.
Tengo la entrega en la mano y quiero dártela.
X
Eras el fin de la infancia marinero. El puerto.
El difícil idioma de mis abuelos. La primera caricia
de la muerte.
El gélido beso de aquel mar hostil, devorándote.
Mi primera memoria del dolor, aquella voz anónima en
la radio anunciando el naufragio.
Mis gritos marinero tan intactos en esos, mis eternos quince
años.
Toda hecha de altura tu rubia intensidad.
Tus pupilas de ónix soldándose en las mías.
Ich liebedich.
Una naranja compartida en la estación de tren.
Bailar cuerpo en tu cuerpo. Áspero tu uniforme.
Ácido el sabor de tus botones con anclas.
Wilkomenn und aufiedersen. El horror junto al éxtasis.
Todavía te espero marinero.
La fragata fantasma parte una vez y otra vez.
Unico al que elegí. Hermoso mío.
Duerman tus níveos huesos en su cama de algas.
Haz que tu último sueño me vuelva inmortal.
XI
Ah tus orejas de mazapán. Ese tu
hocico. Ámbar tus ojos.
Tus uñas tiernos estiletes. Piel de jazmín plumífero.
Colchón de raso tus dedos. Hada mala de largos bigotes.
Hija menor de tigres y panteras. Salvaje sobre el cristal de
nuestra mesa. Instinto trepado en la ventana.
Las palomas que pasan te hacen muecas. Envidian tu larga cola.
Lenguita de agujas. Pupilas que titilan en mis noches.
Vientre de remolino. Destino de acróbata sujeto por este
amor.
Voz de ánima mimosa. De clarinete ahogado.
Sinfónicos tus maullados reclamos. Andar de hirviente
leche.
Oficio de vigía guardando el territorio. Blanca.
Azúcar. Azucena. Planeta. Hermana mía. Gata. Mi
Dalila.
XIII
A Carlos Gorriarena
Pinto con amarillo porque chilla como un alerta
fugaz.
Rojo porque despierta a las sirenas.
Violeta por las llagas que aún perduran.
Blanco porque su laxitud me llama.
Negro por este insomnio sin fin.
Gatos, caballos, plenilunios que se eclipsan sobre imposibles
edificios. Mi cara que no es mía al pintarla.
Un universo ilógico que no existía antes de mí.
Me mancho la nariz, las uñas, la ropa y las sandalias
Desnuda de todo pensamiento me acoplo en el vacío de
la tela.
Sin creencias. Sin motivo. Sin memoria de mí. Porque
me da la gana. Pintando mi rebeldía vuelve y me
acompaña y mueve mis pinceles.
Sin orgullo. Sin cansancio. Sin tregua.
Regalo lo que pinto a quien lo quiera. Lo suelto para que caiga
por ahí. Siembro pintura. Y entrego la cosecha
XIII
Los músicos, esos maniáticos que le arrancan
sonidos a las cosas.
Los pintores, que malgastan sin piedad curvas y rectas.
Los actores que hablan con el lenguaje de los otros.
Los bailarines que traicionan la ley de gravedad.
Los poetas que andan por ahí desparramando puntos y comas.
Todos ellos mentirosos. Dementes. Procaces. Mendicantes sarnosos.
Debieran confinarlos lejos de las ciudades.
Colgarles una campana al cuello para que las gentes sensatas
los oigan venir y se coloquen a prudencial distancia
Propongo que los señores funcionarios expertos en casi
todo,
(Trajes de alpaca y corbatas con sanguijuelas lilas)
Figuren en las tapas de las revistas. En los diarios.
En los cocktails comiendo langostinos con visitantes extranjeros.
Practicando conversación en múltiples idiomas.
En las tertulias jugando al rango con los poderosos.
Nuevos habitantes del Olimpo saben como extirpar el mal.
Manteniendo eso sí, algunos ejemplares seleccionados
entre sus amistades y parientes, para que con sus lenguas lustren
el cuero Italiano de sus zapatos y favorezcan la digestión
con sus salidas algunas veces felices.
Esos artistas útiles pueden permanecer de pie en las
antesalas.
Candelabros vivientes sosteniendo inacabables velas.
Acostados delante de las puertas para cumplir tareas de
felpudo.
A cambio recibirán moderados elogios. Aplausos distraídos.
Y las sobras que caigan de los manteles por accidente.
Es conveniente que los gobernantes los muestren en sus viajes.
Animales domésticos exóticos.
Y si algún insurrecto disfrazado se filtra por el error
de alguna secretaria distraída, es adecuado ejecutarlo.
Muertos suelen multiplicar su valor. Son útiles habitando
museos. Dándole nombre a las calles de los suburbios.
Como atracción turística en viejos cementerios.
Como ejemplo en los libros de lectura de los infantes o figurando
en los aburridos textos de los historia
XIV
A Sabrina Deitel
Ellas. Vestidos estampados con margaritas. Peinados pulcros.
Crucifican reputaciones moviendo sus lenguas de hiel mientras
sacuden la bolsa de las compras
Atraviesan las puertas.
Hurgan en los secretos escondidos en las mesas de luz.
Se parapetan en los cabezales de las camas ajenas.
Se proclaman soberanas y amantes de porteros, electricistas,
albañiles, plomeros...
En el crepúsculo se persignan. Se pasean como perros
de presa. Cocinan inclinadas sobre cacerolas y calderos sus
guisos impregnados de aburrimiento.
Cada podrido día se estremece con su terremoto de calumnias.
Vuelan con sus enceradoras sobre las terrazas hirvientes.
Ellas. Las modernas Erinias.
XV
Ese patio con el paisaje torpemente pintado
suda sopa de lentejas.
Que asco la tortuga en el cantero asomando su cabeza de medusa.
El esquelético árbol de estrellas federales que
al cortarlas manan semen por el cabo.
El vapor del incienso flota de la capilla a mi nariz.
Veo a las monjas cruzando los pasillos.
Arrastran sus cuerpos envueltos en trapos negros.
Esconden la cera hirviente de su carne.
Soy yo la del rincón. Con el jumper azul tableado a media
pierna.
La blusa de cuello redondo. La chica de las trenzas.
Purgando mi arrogancia presa de los castigos.
Detrás de mis maldades ingenuas se gestan sueños.
Mosca molesta que encerrada golpéa la aparente fragilidad
del vidrio.
-¡Fue Mátar. La salvaje¡-. Así me
definía Sor Trinidad portera.
-¡Salvaje¡- Repetía la hermana celadora a
falta de agravios propios.
Soy el Arcángel Gabriel con alas de cartón en
los días festivos.
Un dudoso San Juan en el cuadro vivo de la última cena.
Sin aura de oro ni santidad recito los pasajes de la Biblia.
Soy el heraldo del mal y la pastora. Mártir. Aurora boreal.
Una gitana. La misma. Otras. Innumerables otras.
Trepada en la tarima, lectora de los textos sagrados en el almuerzo.
Desafino en el órgano Aves Marías en las misas
solemnes.
Fabuladora. Inquieta. Creadora de juegos, todos pecaminosos.
Hereje masticando libros prohibidos.
Escribiendo poemas en los zócalos.
Negándome a bordar punto vainilla.
Monstruo de ojos rasgados. Criatura de boca licenciosa.
Pómulos altos y cabello fino. Heredera genética
de húsares.
La que no baja nunca la mirada. La que antes de rendirse
se suicida. Esa que fui. Y que está.
Soy un volcán que finge una extinción definitiva.
Vuelvo desde la egrégora sombría del convento.
Que sigo castigada. En el rincón.
Dando la espalda a todo. Mordiéndome a sí misma.
En ese mismo patio con el paisaje torpemente pintado...
XVI
A Luis Andrés
Andaba la jauría en autos verdes agazapada
esperando la hora de atragantarse con nuestros huesos que el
alba descarnaba.
Apocalipsis cayendo sobre nosotros y tu camisa partida en dos.
Era Octubre y Gail Costa ronroneaba en portugués.
Llovía en la ribera. Esos quejidos tuyos. Esos te amo,
te amo.
Comiendo solo besos. Ocultos en hoteles baratos.
Cuartos de paredes precarias oliendo a insecticida y a jarabe.
Paredes tan delgadas que vibran con los secretos de los
otros.
Tu carne, ese glaciar fosforeciendo sobre el colchón
alquilado.
Cayendo interminable en los espejos de los techos.
Huíamos de la muerte por senderos marcados con saliva.
Aquella esquina cercana al puente. Te veía venir hacia
mí.
Un Apolo con traje de empleado bancario que al desvestirte
crujía como el papel metálico que envuelve
caramelos.
Viajeros clandestinos en la disolución de los orgasmos.
Afuera las sirenas aullaban anunciando el terror.
Adentro nos fundíamos. Una sustancia única.
Afuera la sangre marcaba los portales.
Los guerreros macabros con lentes de turista y uniformes
de gala, arrastraban cadáveres que nunca tendrían
tumbas.
Adentro, dos amantes. La masacre no pudo interrumpirnos
XVI
A Carlos Sommigliana
Este país me ha sido ajeno. En él, nada me pertenece.
Una extranjera que nunca tuvo procedencia.
Descreída de héroes que se congelan en las plazas.
Solo el tango me une como un cordón umbilical a la ciudad
en la que vivo sin habitarla del todo. Esa música de
putas polacas y francesas. De gauchos desheredados y borrachos.
De niños bien protegidos por matones sin sueldo.
De traiciones que el facón paga con duelos banales.
El resto se reduce a ciertos rincones íntimos.
No puedo cantarle alabanzas.
Un desamor nos une y me atrapa a su geografía desolada.
Mujeres con sus pañuelos blancos, giran y giran.
Preñadas in eternum de hijos muertos.
Mendigos que día a día se multiplican como panes
y peces bíblicos. Veredas rotas en las que la rabia
florece como único tributo. Magnates que levantan imperios
tramposos.
Glorificando la estupidez. Lamiendo el poder como una golosina.
Este país que no celebra. No agradece. No aprende.
Cae y vuelve a caer y nos arrastra con él en su
caída.
Este país de mares robados, de cordilleras que propician
catástrofes.
De arboledas en perpetuos incendios. De cataratas exhaustas.
De campos donde los trigales se pudren con el diluvio.
De hombres que cabalgan atados a sus potros mancados.
De niños apestados con bellos ojos en los aúlla
la miseria.
Siempre ha sido de otros. Por otros me sacrifica en las esquinas.
Me entierra entre expedientes. Me acribilla de olvido.
Necia de mí que todavía lo sueño en raras
recurrentes pesadillas
XVII
Maldito seas porque secaste mi alma y me dejaste
agonizar sola.
Me alimentaste con maltrato. Me regalaste tanto insomnio.
Te adornaste con mis heridas. Cultivaste mi asco a la pasión.
No hubo fruto alguno de ésta cópula. Sólo
engendró violencia.
Maldita mi debilidad que te erigió refugio.
Creí que era la única destinataria de tu infierno.
Repetiste con otra los mismos golpes.
Ya no te temo. Me burlo de tu pueril aristocracia.
Maldita sea yo por maldecirte.
Bienaventurada por huir de tu reino sin volver la cabeza.
Por esgrimir mi pobreza como puñal.
Me perdono por fin y te perdono. No nos amamos nunca.
Se me cansó el rencor y puedo verte. Esclavizado por
mí lujuria.
Débil. Apariencias y esperma.
(Que aburrimiento escuchar las mismas frases de queja sobre
las mismas malas noticias de los diarios cada fría mañana)
XVIII
Quiero rasgar mis camisas de seda, lapidar la
falsa severidad del terciopelo, enterrar seductoras transparencias.
Quemar el raso que se adhería como aceite a éste,
mi cuerpo.
Quiero fundir aros, anillos, pulseras y collares.
Fuegos fatuos que entorpecen mi inclinación de equilibrista
en las alturas y me encadenan a una existencia quieta.
Regalar los botines con cordones que evitan que me arroje en
brazos de algún hombre que pasa dispuesto a sostenerme.
Haré trizas los frascos que guardan hechizos extinguidos.
Las cremas que mienten al prometer eternas perfecciones.
Arrojaré los lápices de labios que lacran los
verdaderos besos.
No quiero cargar sobre los hombros un destino de bolsos repletos
de cepillos, limas, apósitos, paraguas. Son tesoros inútiles.
Dono a quien solicite mentiras que cuelgan de mis perchas.
Trofeos de batallas mal perdidas frente a la franqueza del espejo
XIX
Sí. Te pido que me escribas.
Que lo hagas bajo la indescriptible luz de tu paisaje.
Méceme como a un niño en el relato de tu lejana
Colombia.
Que me cuentes de ese temblor nocturno de la selva.
De esos frutos de mil patas que flotan en el fragor del mar.
Boas de jade. Monos de café. Papagayos hechos de pimientos.
Que me vuelques tu patria en la lengua.
Dame tu tierra muchas veces para que viaje allí mientras
me duermo.
Cuando estés solo en tu cuarto voy a entrar.
Puedo escurrirme desde los renglones de mis cartas a tu mesa.
Tomar tu taza de café. Encender tu cigarro.
Regalarme la añoranza de lo que no conozco.
Construir tus mentiras con esas ruinas milenarias por
las que vas paseando cada día y cegarme con arena para
no verlas.
Quiero engañarme sola.
Por favor, en el dorso del sobre con letras bien grandes que
diga:
“Cartagena de Indias”.
Ese nombre como un vino espumante subirá a mi cabeza
llenándome del verde de menta que destila para llevarme
en su abrazo de puro trópico a tu casa en penumbras.
Es raro enamorarse del sitio en que un hombre vive y no del
hombre.
XX
“Delicada. Deja caer el kimono”
me dijiste moreno de hablar espeso. De tú y de sabes.
Era tu voz tequila. Y cantaban en ella los mariachis. “México
ponlo con equis” me dijiste.
Era tu torso un muro. Tu sexo un cetro de cacique.
Tu saliva Mescal. Tu cintura una amarra en la que quise anclarme.
Que falta de vergüenza la mía, perderme por un macho
cabrío al que doblo en edad, solo porque su tacto
vuelve líquida la trémula hendidura que él
atraviesa con su lanza ritual.
Mejicano no me intentes domar. Lo haré yo sola.
Me postrare lamiendo la gastada madera de tu piso.
De un puntapié apartaré la prudencia que me dieron
los años.
Ya no seré sensata en tu presencia. Naciste para volverme
loca.
Por la cobriza talla de tus muslos. Por el olor a fiera de tu
aliento. Serás como un temblor de esos que con frecuencia,
sacuden los cimientos en tu México.
XXI
Miren como la doña arroja por la borda
dignidad y pudores.
Anda en celo escapándole a la parca.
La boca embetunada de bermellón. El escote entreabierto.
Joyas falsas poniéndole maracas al ondular procaz de
las caderas.
Como se agita. Como trajina por verse restaurada como una nave
hundida en un naufragio y que el tiempo oxidó.
Renuncia fácil. Olvida promesas de castidad. Se pierde.
Tropieza miles de veces con idénticas piedras.
La señora desciende de ese púlpito que construyó
ella misma.
Grita esa calentura que tanto escandaliza a los vecinos.
Todo por ese negro indígena. Una dama no se abandona
así.
Puro capricho. No le ira bien. Yo sé lo que les digo.
Y lo peor de todo es que lo sabe. Y no le importa nada. No le
importa.
XXII
Enredada otra vez en mi costado umbrío,
materia pura.
Me deslizo hacia un obsceno pozo, donde me espera el hambre.
Fiebre la tuya que rápido contagia.
Maleficio de miembros y de plasma que recuerdo de pronto en
la caída mientras me ensarto en ese arpón de tripas.
Emperador de los sentidos me demanda.
Anfibio enredado en mis íntimos líquidos
me absorbe por entero.
Me tiene, no me tiene. Lo deshojo.
Jardín de las delicias y el infierno en un único
lienzo.
Mi amante inexistente. Mi enemigo
XXIII
Inclinada sobre el balcón de tu iris,
te miro el alma.
Esa delgada mancha de diamante que dejaste caer por mi garganta.
Acurrucado estás. Como ese faro que extiende su tamaño
a la distancia para enviarme señales protectoras.
Capa tras capa cae tu rígido uniforme de emperador.
Solo el recinto limpio de tu alma veo, espejada en la mía.
XXIV
Es cierto. Fui de arcilla.
Con ella modelaste una reina abrumada por su falsa corona.
Me doctoré de víctima y esclava hostil.
Cociné la venganza con el pan.
Te gasté en los fogueos de la carne.
Me denigré asociada a tu violencia.
Me enaltecí empujada por tus ganas.
Parí los hijos que no acunaste nunca.
Envejecí muy pronto.
Otras ocuparon mi lugar en tu cama. El olvido se cobró
mi venganza.
No te engañe mi calma.
Oculta, hay una loba que morderá tu soberbia hasta agotarla.
Un tornado dispuesto a empujarte hacia ese precipicio interminable
en el que acaban tus buenas intenciones.
Sola frente a la luna, recibí mi diploma de hechicera.
Aprendí malas artes. Mi habilidad alquímica te
preparó un veneno con sabor a ginebra. Ya es tiempo que
lo bebas.
XXV
Pasa aquella mujer tan erguida con su vestido
nuevo.
Veloz. Los pechos escapando del escote.
Pasa y no pisa el suelo. Su cabellera alada la sostiene.
Piel oscura. Sin saber cómo llena todo de gracia.
En su brazo, un cardenal morado.
Un golpe que pretende esconder bajo la trama leve de su chal.
Marca de pertenencia indiscutible a un dueño.
Él, que castiga su vocación de hermosa.
Ser hembra. Un pecado que no tiene remedio.
XXVI
A nadie enseño mi mejilla izquierda que
la fiebre desforma y redondea, ni este absurdo dolor que en
una muela, muestra a mi alma infectada.
Estoy con vértigo tenaz inclinada al suicidio.
Miro con ojos tiernos a las llaves de gas. A los somníferos.
Saboreo el abrazo de un cuchillo.
Quiero quemar mis huesos. Romper mi piel hasta que nada duela.
Pero de pronto en medio de la nada, un furor por amar brota
inocente.
Danza la vida en medio de la muerte.
XXVII
Sobre este mapa leo tus islas en medio del Pacífico.
Desde allí te trajeron vecina de pupitre.
Los párpados oblicuos. Aceituna la tez.
La manito derecha inválida bajo la blusa azul del uniforme.
-Es Isabel Opisso - dijo la Madre Hortensia- Llegó ayer
de Manila.-
Los sábados jugábamos al Majong de rodillas en
tu jardín.
Flotaban las confidencias por las calles de Hurlingham.
Ninfas de pechos que apenas brotan cuando llegó la hiel
de tu partida. Más de cuarenta años pasaron. La
planchada se retiró del muelle.
El barco dejó una huella de aceite sobre el río.
Se ha rasgado la tela del chal bordado que me diste.
No huelen más a sándalo esas cajitas chinas.
Se perdió la sombrilla de papel.
He olvidado los cuentos de tu país plural. Las Filipinas.
Filigrana de ausencias mi Isabel. Ya ni siquiera sé si
estarás viva.
XXVIII
Sé que si muero nada se perderá.
Sin embargo padezco, delibero, me peino.
Da risa ver tanto trabajo inútil.
Tanto insistir en levantar imperios, fingiendo que van a durar
siempre. Que niñez tan monótona. Sin inocencia.
Repleta de costumbre.
Insisto en aferrarme al argumento de que vale la pena.
Para qué todo, digo.
Mientras mastico, leo, finjo ser seria.
Apunto mis deberes en el viento como si no supiera.
Mi único futuro no es visible a mis ojos terrestres.
XXIX
Pájaro por escribir usando los mil matices
de mi alma.
Gorila por divertirlos gratis.
Tigre por comerme el vacío del papel.
Serpiente por abrazar mortalmente al pensamiento.
Colibrí, por posarme un instante en la dulzura.
Aguila por pretender alturas.
Pez por sumergirme en llanto.
Hiena por devorar los restos de los otros.
Elefante, por hacerme la grande.
Paloma por residir en las molduras de las torres.
Leona, por la ira que estremece a los que duermen.
Araña, por tejer letra por letra.
Mosca, por ser molesta.
Mariposa por nacer fea y mejorar después.
Gacela, por corregir con suavidad.
Lobo, por insaciable buscadora.
Poeta, para nada. Para nada poeta. Para nada.
XXX
A Natalia Solari
Una asamblea de críticos debate reunida en el anfiteatro
de mi mente. Señores de barba y frac, me envuelven en
censura y elogios.
Los consulto como a un oráculo. Adhiero a sus respetables
opiniones. Pero a veces, exhaustos de tan largas sesiones en
las que se discute mi expulsión, se callan adormecidos
en sus sillas.
Entonces, digo vinagre o casa y el eco me devuelve un milagro.
Mi lápiz escribe por sí mismo. El Absoluto cae
sobre la hoja.
XXXI
Edifico un esqueleto intacto. Pierdo mi forma.
Renuncio a cada instante. Perdono traiciones recurrentes.
Arranco la corteza del rencor. Abro la palma de mi mano de niña.
Oigo el sonar del níquel cuando cae.
Vomito el veneno sabroso que recibí. Me olvido.
Limpia de toda espera se arma mi soledad.
Como una balsa me llevará hacia ignotos universos.
No me llamen. No estoy. No estaré nunca.
Rompí la red en la que fui atrapada.
No canten para atraerme a sus océanos. La guerra terminó.
Perdí mis reinos. Otras ocuparán los cargos que
dejé.
Yo, la creyente que sacralizó los miedos, he dicho basta
al fin.
Basta por hoy. Por siempre. Basta.
XXXII
A
Laura
No me creas si te digo: -Soy una-
Soy fragmentos que el menor viento mueve.
No soy tan fuerte. Tan hermosa. Ni siquiera tan fea.
No estoy exenta de crímenes chiquitos.
De robos microscópicos. Pensamientos como navajas oxidadas.
Si me resisto a entrar en mi maleza trepada a un falso altar.
Si me arrodillo ante mi imagen adorándome.
Si no alineo mis tropas para la guerra interna.
Si me regalo vicios y virtudes como si fueran dulces envueltos
en celofán o si supongo que amé dándome
por entero.
Si digo que merezco otra vida. Si me quejo, me estanco me fascino.
Vendrá la muerte con su traje de espejos.
Levantará mi velo de ilusiones. Arrancará mi gloria
de un solo golpe. La muerte nunca paga de más. Sé
como ella
XXXIII
Tucán del ojo granate que tras los
barrotes de su cárcel me hace gracias contestando dulzuras
que las yemas de mis dedos dibujan golpeando contra el vidrio.
Prodigo de pico, evocador de selvas en las que no nació.
Él, que soñó con un destino de ave de corto
e intenso vuelo.
Qué dueño indiferente pagará el estallido
de tus plumas.
Vas a extrañar entonces, en tu jaula de oro, estas cosas
chiquitas que te cuentan mis manos.
Mi tucán enjoyado en granate y cobalto, yo te elijo entre
todos los lujos que esta ciudad ofrece.
Malgastando como yo tu vocación de arco iris.
Preso en la suciedad de una vidriera.
Algún mercachifle puso en venta nuestra orgullosa esencia.
Criaturas pares en la agonía del anhelo. Nos amamos.
XXXIV
Ella no sabe. Anda a ciegas. Pero va.
Cómo era cada día despertarse y que el mundo estuviera
entero.
Tener un nombre que sonara liviano en la boca de alguien.
Pertenecer al gato, a la fiebre, a la sopa, al polvo acumulado
en los estantes, a los libros de tapas rotas.
Qué cansancio da andar en el vacío.
Inclinada aparta las piedras. Una puntada le mastica la espalda.
Hace de cuenta una vez más que acaba de nacer.
El recuerdo le grita y golpea a su puerta a cualquier hora.
No es posible decirle - No quiero verte -
Trae su canasto de imágenes. Se obstina en regalárselas.
Ella insiste en seguir aunque la derrota la seduce.
Quizás el tiempo no sea tan sólido.
Puede que se abra como una puerta secreta.
Ella no es buena en el oficio éste de soportar las sombras.
La risa que le da a ratos, ayuda. Poco.
XXXV
Cada tecla. No abarca más que octavas.
Cada cuerda del piano.
La maestra italiana que usa calzón elástico bajo
el vestido azul tejido
al crochet con una sola aguja mientras su hermano duerme la
siesta en la sala de espera, vigila la torpe ejecución
de “Granada”
Ejecución es la palabra justa. Albéniz suena mal.
Porque mentir.
La adolescente se atraganta de música.
Les roba pensamientos a los libros.
No acepta más maestros que esas páginas escritas
hace milenios
pero que aún le dictan promiscuas libertades.
Copia palabras ajenas y les da nuevas formas.
Descubre el microcosmos en sus pechos que de pronto brotaron.
– Juventud divino
tesoro – Dice el tío ebrio de sidra fría.
Ella vomita el exceso de helado. Se contempla en los otros.
Ese entusiasmo por volver a ser niña. Pero no hay retroceso.
Según ella se afea. La menarca le ensucia los calzones.
Pone vello en su vientre. Lava ardiente debajo de su ombligo.
XXXVI
Mi abuelo Salomón aprendió de
los soldados Franceses
el arte de trampear con un mazo de cartas.
Profesional del póker. Un truhán principesco.
Se inclina al saludar.
Besa la punta de los dedos de las señoras.
Lee los diarios al revés.
Levantó un casino clandestino en el Balneario Sur.
Putas Francesas y Polacas bailan al son del bandoneón
tangos que toca un ciego sentado sobre un barril azul.
Caballeros de frac con doble apellido pierden fortunas sin un
gesto.
Mi abuela Catalina la de las manos tatuadas,
unida en matrimonio acordado a los trece,
parió siete hijos y teme que caigan por las escaleras.
Viajó en la bodega apiñada con otros que no conoce.
Amamanta como quien alimenta sus muñecas.
Nunca saltó a la soga. Nunca tuvo juguetes.
Del vientre de su madre al matrimonio.
Usa argollas de oro en las orejas mi abuela Catalina.
Me canta “Señora Santa Ana porque llora el niño”
Veo los arabescos que los tranvías dibujan en los techos.
Las salsas que cocina tiñen todo. Un milagro las hace
tan espesas.
Corro en la oscuridad por los pasillos. El miedo no ha llegado
todavía.
Mi abuelo Salomón el pecador, pierde
todo en una partida que dura cinco días y cinco noches.
Yo pierdo más sin naipes.
Adúltero, huye con una hebrea. Mi abuela Catalina señala
a mi padre. Lo condena a ejercer el mando.
Hijo menor, mantiene un enjambre de hermanas.
Trepado en el puente de Palermo, con su gorra de cuadros, ve
correr a los pingos, comparte bromas que no entiende y vicios
que no tiene.
Habla el latín. Lee a Voltaire en Francés. Pero
de qué le sirve.
Las monedas suenan en los bolsillos. Camina por Corrientes
angosta con sus zapatos de escolar.
Le gusta el tango a José. Pero solo lo silba.
Nunca se atreverá a bailarlo. Yo tampoco.
XXXVII
Yo no quería. Por eso construí
la cáscara alrededor de la carne.
La pared delante del corazón. Aprendí a bordar
el olvido.
Dije no espero más que llegue la carta o que suene el
teléfono.
Tape todos mis orificios con papel celofán. Cerré
las persianas.
Me compre una cama tan estrecha que apenas entro yo.
Puse cerraduras en mis vestidos. Exilé los perfumes con
almizcle. Taché de mi cuaderno la be de besar. Cepillé
las caricias.
Pero la red se teje tan tenue y transparente que caí.
Quién me levanta ahora si está oscuro y lloviendo.
Aquí me estoy, pendiente de las señales de los
faros.
Evitan que me ahogue por la necesidad.
Ibas a venir, con tu traje de explorador y tus fogatas.
Cuentos que hacen bien antes de dormirse,
pero que enfrían las sábanas al despertar.
Que tonta, derrumbar las murallas antes de hacer la guerra.
Levantar banderas blancas cuando el enemigo se esfumó.
Quizá no vino porque murió. O se olvidó
de su nombre.
O no tiene un papel para escribirme.
Los dedos pueden habérsele caído con el cambio
de estación.
Un golpe de viento y perdió la memoria.
Se lo tragó la arena. Piso mal. Una epidemia lo detuvo
en un gesto.
Lo secuestró un enjambre de aguaciles. Otra vez buscar
razones. Explicarme. Me atrapa porque me dejo. Y me deja porque
me dejo. Regala promesas de eternidad cuando no tiene tiempo
ni para ser honesto.
Para qué maldecirlo si carece de orejas.
XXXVIII
Soy fragmentos. A veces logro armarme de una
manera lógica.
Otras, mi frente vuela por ahí. Las entrañas se
me enredan en el pelo. Los ojos miran desde el medio del pecho
y los pies caminan en direcciones opuestas, como queriendo tocar
el cielo uno y el otro quedarse aferrado a lo terreno.
El miedo hace que mis pestañas presagien terremotos y
mis pupilas se escondan tras el ombligo.
Para vestirme, debo averiguar primero si mis huesos se han colocado
en orden o si se desparramaron por el cuarto bailando sin que
los músculos puedan detenerlos.
Mi corazón cruza la calle sin mi permiso y vuela cabalgando
a una paloma que vive en la cornisa.
Tiene una rara obsesión por los abismos, pero se asusta
de las moscas el muy tonto.
Sucede que usando mi interior como vivienda, múltiples
partes mías me han invadido y opinan reunidas en asamblea
permanente.
Estoy empeñada en que se unan sin traicionar mi estilo.
Para ello convoco a laboriosos artesanos expertos en memorias.
Tengo una foto de cuando estaba entera.
Pueden copiar el modelo y mejorarlo. Tienen una ventaja.
La mirada está intacta.
XXXIX
Doy una voltereta y aquí estoy. Lista
para servirte.
Con la cara empolvada con harina y las medias manchadas por
la pena, descalza y sin sortijas de compromiso.
Cocino éstas palabras para dártelas y que las
mojes dentro de tu taza. Puse antes al amor en remojo por ausente.
Olvidando buenos modales, me asomo a la tetera para espiar tu
tarde. Coloco minuciosa, migas de éste pan seco que nunca
compartimos. Te aburres o te mueres. Quién lo sabe.
Me preguntas cuantos amantes tuve. Muchos o nadie.
Fueron hombres o Dioses de un Olimpo de sábanas de escarcha
que ya ha disuelto el sol de la memoria.
Tengo una mermelada hecha de lágrimas para que untes
con ella el ocioso crepúsculo de este sábado infame.
Una caricia como servilleta. Sobre el mantel, un mapa
de molestas montañas divide en dos la mesa. A las cinco
te espero. Si nieva trae paraguas.
XXXX
Mi malhumor contagia a las veredas rotas y se
lanza asesino a la escasa arboleda que cerca nuestra histórica
avenida.
La más ancha del mundo a quien le importa.
Como si en ello hubiera alguna gloria.
Lo quiero todo viendo las vidrieras, repletas de innecesarias
fantasías. Diera mi alma por esas botas rojas. Por el
perfume aquél diera la vida. Me levante profunda esta
mañana.
Será el cielo nublado que me crispa. O esa humedad que
ensucia las ventanas y que hace patinar mis zapatillas.
Quiero ir a Grecia la próxima semana.
Comeré una aceituna y en la isla de Safo, como ella,
me arrojaré al espacio en el ocaso, segura de que un
ángel aburrido,
me sostendrá piadoso de un tobillo.
Y me gustan a veces los Domingos, para empapar los lienzos de
pintura y en el silencio ruidoso del vecino, escuchar su acordeón
que me murmura, tangos malditos.
Éste no. Éste Domingo es feo. Dejemos que se vaya
con su otoñal alergia lejos de mí.
Yo me arreglo sin él. Me aburren los caprichos de almanaque.
Será feriado cuando lo decida.
XXXXI
Hombre de celular, turbante, que anda en camello
importado con ventanas polarizadas y engorda desayunando esmeraldas.
Me quiere atar con pozos de petróleo en la arena con
sal de su desierto. - Quiero lavar tu cuerpo – dice. Qué
mal gusto.
No sabe que yo me lavo sola.
Me idiotiza con sus murmullos de hojaldre.
Suena romántico si siete mares se ponen de por medio.
Yo que camino sobre veredas rotas haciendo cuentas que nunca
cierran, escupo sobre su látigo de besos.
Más puede el ansia de morirme a mi cargo que su oferta
de proteger mi vuelo con su colchón de perlas.
Mi pensamiento es caro y no lo vendo.
XXXXII
Los oigo hablar tan serios de millones de dólares
mientras mojan bizcochos de vainilla en su café con leche,
sin ensuciar sus trajes resbalosos ni las uñas pulidas
de sus dedos.
Obedecen al tic tac de sus relojes que decide quién juega.
El que no amo, pero amaré mañana, no se parece
a ellos.
Él llegará con nada. Traerá puesta una
camisa de heridas que no cura más que una sola mano.
La mía.
XXXXIII
A vos te hablo. Sí. No se nota porque
hundo la nariz en el cuaderno y finjo que la mesa me hipnotiza.
Es timidez o el hambre que me hace parpadear cuando me miran.
Qué festín me daría metiéndome a
nadar en tus pupilas de espaldas a esta ciudad quejosa en que
las multitudes andan en fila.
Un ejército de jacintos dormidos y marchitos.
Te querré si tu altura me da vértigo.
No me importa si estás hecho de humo.
Si estás aquí de veras o te invento con letra
desprolija.
La hoja de papel cuadriculado limita mi torrente poético
que apesta muchas veces.
Un amado cosido a mi medida. Aún cuando no lo reflejen
los espejos.
XXXXIV
Tengo sobre mi cabeza o dentro de ella, lo mismo
da,
una manada de pensamientos malos.
Galopan aturdiéndome con sus inapelables veredictos.
Critican lo que he sido, lo que soy y aún lo que seré
de muerta.
Me demandan hazañas imposibles.
Se fijan en las pelusas de mi saco.
Se nutren con los errores que cometí una noche en que
el cuerpo se quiso dar un gusto y allá fue.
No perdonan mi espíritu despeinado.
Viven de confusiones. De mentiras que hilvanan en mis músculos.
No envejecen estos fantasmas persistentes.
Si me río se instalan entre mis dientes y desde allí
me envían mensajes alarmantes.
Si lloro, se asoman entre mis lágrimas haciendo muecas.
Cambian de disfraz tan veloces como acróbatas en la mitad
de un salto, por eso no hay antídoto que pueda eliminarlos.
Vienen desde un infierno imaginario.
Me condenan a soportarlos todo el tiempo.
XXXXV
Llegó hasta mí volando por un
firmamento de petróleo.
Apabullándome con su moderna versión del Cantar
de Cantares.
No es alto. No es un príncipe. Ni siquiera es azul.
Me tiene contratada sin salario como su Scherezade Americana.
Temo que me lapide si lo aburro.
Me encuentra entretenida en odiarme mi sultán de ninguna
noche.
Lo obsesiona mi carne y propone bañarme con sus besos.
Cómo le digo que eso es cosa de gatos.
Él quiere acción. Yo complico las cosas con mi
mente habituada a vagar por enredados laberintos.
Él me dice que tiene vello en el pecho y si me gusta.
Ese bárbaro Egipcio que habla un inglés sedoso
por teléfono.
XXXXVI
No creas las palabras que otros inventan de
la nada y la construyen sobre ciénagas. Esos, los hipócritas.
Los inventores de excusas tejidas en colores santos. Dicen amar
y apenas conocen las vocales o las olvidan para que suenen como
verdades y suenen violines en mis oídos hechos para el
agravio.
Mátalos con estrategias de silencios. Desprécialos
sin que sospechen que conoces sus construcciones que el menor
viento hace trizas como aquellos cadáveres que el tiempo
en apariencia conserva intactos.
Odia, pero con tanta delicadeza que tu furia huela a jardines
y disfrace la jungla que hay en ella.
Que los devore la bestia que tu alma cultiva en la penumbra.
Esa, hecha de un hielo que quema, muerde, azota, desenmascara
y funde en un pútrido elixir. Haz que lo beban en sueños.
Regálales pesadillas recurrentes en las que se vean desnudos
con sus abultados vientres expuestos a la claridad del día
eterno frente a tus ojos que serán sus espejos.
No perdones
XXXXVII
Mi furia trepa a los techos de las casas, pintada
de magenta.
Músculos de alto voltaje. Una navaja como esqueleto.
Lanza a los aires sus ahogados gruñidos.
Clava astillas de hielo en las chimeneas.
Araña los cercados. Muerde las puertas, las rejas, los
balcones.
Sube de un solo salto a la luna y desde allí, maldice,
escupe, crea catástrofes imaginarias. Quiere guerra.
Se ha puesto su armadura de fuego. Cimitarra en la mano, el
odio como escudero, clama venganza.
Ese plato que mienten, se come frío.
Carece de sutileza. No tiene medios tonos. Es primitiva y demente.
Diabla herida, con una espina clavada en medio del pecho, arranca
trozos de mis prudentes intestinos y los devora.
Dice que le niego mejor alimento.
No se da cuenta que si me acaba, muere conmigo.
No acepta mis civilizados consejos de ignorar,
con un gesto gentil a aquellos que me ofenden.
Trato de convencerla, de que transforme su fantástica
energía, en un único acto de creación.
Pero ella se ríe de mi prudencia.
Clava sus espuelas en mis flancos en un intento de que el dolor
me enloquezca y que juntas, salgamos a matar.
JULIO 2001
*Beatriz Mátar
es argentina. Ha desarrollado una brillante carrera como actriz,
directora teatral, pintora, periodista, escritora, poetisa.En
todos los campos de su actividad artística, tanto en
los escenarios, como en los medios radiales, televisivos y autorales
ha recibido los primeros premios de las más prestigiosas
instituciones privadas y oficiales de la Argentina en los últimos
30 años. Actualmente se halla consagrada a la dirección
teatral de sus propias obras, que se presentan en las principales
salas de Buenos Aires, Argentina y a la docencia en instituciones
especializadas oficiales y privadas de la capital argentina,
en las principales provincias argentinas y en distintos paises
latinoamericanos.
Para mayor información, recurra a las
siguientes webs:
http://beatrizmatar.netfirms.com
http://catsss.freeservers.com
http://beatrizmatar.freeservers.com
Sitio de arte digital
http://www.artesur.com/beatrizmatar
Si desea conectarse con ella, puede escribirle a beatriz.matar@gmail.com
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