Fue bautizado en la iglesia de
San Sebastián de Lima, el mismo templo donde también
se bautizó Santa Rosa de Lima. Ya desde sus primeros
años, se pudo apreciar en Martín, un sentido cristiano
de amor a sus semejantes. Se cuenta que amaba singularmente
a los pobres y los socorría de sus ahorros: dinero que
le debía dar su padre cuando le visitaba.
También se dice que cuando iba a comprar los productos
de alimentación que su madre le ordenaba, nunca le devolvía
el cambio correctamente, diciendo "he perdido algunas monedas"
. Es que Martín no dejaba en ninguna ocasión de
dar limosna a los más necesitados. Nuestro santo empezó
a ser conocido entre los habitantes de la ciudad por su alma
caritativa, no por la cantidad que daba, sino por la edad que
tenía aquel buen niño; su compostura, su humildad.
La sencillez de corazón de Martín dejó
deslumbrado a su padre, que movido por su conciencia se lo llevó
a Guayaquil (Ecuador), país donde estaba destinado. A
los 8 años de edad, Martín entró en una
escuela primaria, pero su estancia en esta ciudad duraría
tan sólo dos años, ya que Don Juan fué
nombrado Gobernador de Panamá.
Martín trabaja como "barbero"
Martín volvió a Lima para continuar sus estudios,
pero a la edad de 12 años empezó a trabajar de
"barbero". La ocupación principal de nuestro
santo en la barbería era la de extraer dientes y muelas,
recetar hierbas, aliviar dolores, rasgar con el bisturí
los tumores bucales. Era una especie de "médico".
Empezó rápidamente a conocer el arte de los ungüentos
y de los bálsamos, cómo se alivia el escozor de
un dolor, cómo se aplacan las calenturas, cómo
se combaten los delirios, cómo se detiene un flujo de
sangre. Además, debía afeitar o cortar el cabello
en algunas ocasiones. La barbería era frecuentada por
lo más distinguido de la ciudad de Lima, ya que la elegancia
de Martín atraía a los caballeros y a la diplomacia.
Tanto le gustó este mundo que se ofrecía también
como voluntario en los hospitales. Por la noche, lejos de descansar,
pasaba horas en vela en su casa rezando delante de una imagen
de Jesús crucificado.
Ingreso en el convento de los dominicos
Sintiéndose apto para el servicio de los demás
y de amor de entrega a Jesucristo, a los 15 años de edad
fue a llamar al Convento del Rosario de Lima de los Hermanos
Dominicos para entrar como fraile. Pero sólo fue aceptado
como hermano "donado", es decir, como terciario regular,
una orden especial para seglares deseosos de llevar una vida
religiosa. A él no le importó este tratamiento
diferencial: sólo deseaba estar en la casa de Dios y
servirle fielmente, aunque fuera en el último peldaño.
Su trabajo era el de barrer (de allí el apodo de "Fray
escoba"), limpiar las celdas, hacer recados, ayudar en
la cocina, en la sacristía, en la huerta. En fin, era
un criado para todo y para todos. En los primeros años
de su estancia en la comunidad, pasaba totalmente desapercibido
entre los frailes. Nadie se fijaba en él y muchas veces,
por su condición de mulato, era criticado. A primera
hora de la mañana, rayando el alba, allí estaba
oyendo la primera misa, comulgaba en ella, y después
entraba en contemplación con la sagrada Ostia de la cuál
era muy devoto. Tuvieron que pasar unos 15 años para
que fuera aceptado definitivamente en la congregación
como hermano converso (hermano dominico de pleno derecho como
los otros miembros de la comunidad).
Las curaciones de Fray Martín
Son incontables los hechos extraordinarios en la vida de este
santo, como son las curaciones, milagros y éxtasis. Fray
Martín ejerció durante mucho tiempo el trabajo
de enfermero en el convento. Y fueron muchas las ocasiones en
que aparecía misteriosamente en las celdas de los enfermos
para socorrer sus necesidades justo en el momento en que lo
necesitaban. Muchas veces hacía curaciones "milagrosas",
como por ejemplo, cuando llegó un viejo zapatero al convento
con los dedos de la mano engarfiados y contrahechos por un reuma
dolorísimo.
Fray Martín tomó su mano e hizo la señal
de la cruz sobre los dedos enfermos. Pero aquél zapatero
no estuvo conforme con el remedio, creyendo que el santo se
burlaba de él. Para que el anciano se fuera tranquilo,
le puso un remedio casero. Hizo como que preparaba algunas cosas
y le vendó las manos. A la mañana siguiente, ¡oh
milagro!, el viejo zapatero notó que no solamente no
tenía ningún dolor sino que podía mover
los dedos y brazos, sintiendo todo el cuerpo rejuvenecido. Se
quitó rápidamente la venda para descubrir qué
maravilloso ungüento le había puesto el fraile y
vio que ¡era un trozo de suela de zapato!
Se cuenta que en otra ocasión curó
con los mismos procedimientos a un médico al que le habían
diagnosticado que no tenía remedio humano y que le quedaban
pocos días de vida. Cuando llegó Fray Martín
a visitarle, le pidió a la esposa que le diera una horchata
de almendras. Martín se la dio de beber toda entera y
le pronosticó que de ahí a dos días, él
mismo iría en persona al convento a devolverle la visita.
Y así ocurrió exactamente.
La acción social y humanitaria
El trabajo de barbero le aportó sus grandes conocimientos
en el arte de la curación, pero Fray Martín aplicaba
ante todo el recurso de la oración. El convento del Rosario
de Lima se convirtió en un auténtico hospital,
ya que Fray Martín recogía a todos los enfermos
callejeros de la ciudad. Aunque en un primer momento los superiores
le reprocharon esta actitud, ya que rompía con las reglas
de la comunidad, regida por la clausura, al final le dieron
permiso para que aquél fuera "su hospital particular".
Pero guardaba aún unas horas para visitar a personas
enfermas en sus propios hogares, en hospitales, en comunidades
religiosas. ¡El pobre Martín no tenía ni
tiempo para dormir!
Gracias a San Martín de Porres, se fundaron
también dos Asilos para niños y niñas huérfanos,
los llamados Asilos y Escuelas de Huérfanos de Santa
Cruz, el primer establecimiento de ese género en Lima.
La fama de Santo corría por todos los
hogares de la ciudad. Apenas había uno sólo que
el santo no llevara el regalo de sus medicinas o de sus consuelos.
Reconciliaba a matrimonios, concertaba enemistades, reconciliaba
a personas, fomentaba la religión. Los frailes del convento
se preguntaban ¿Pero cuando duerme? ¿Cuándo
descansa? ¿Y dónde?
Su amor a los animales
En los documentos del proceso de beatificación se cuenta
también que Fray Martín "se ocupaba en cuidar
y alimentar no sólo a los pobres sino también
a los perros, a los gatos, a los ratones y demás animalejos,
y que se esforzaba para poner paz no sólo entre las personas
sino también entre perros y gatos, y entre gatos y ratones,
instaurando pactos de no agresión y promesas de recíproco
respeto".
No es extraño que en el convento, los perros, gatos y
ratones comieran del mismo plato cuando Fray Martín les
ponía el alimento. Se cuenta que iba un día camino
del convento y que en la calle vio a un perro sangrando por
el cuello y a punto de caer. Se dirigió a él,
le reprendió dulcemente y le dijo estas palabras: "Pobre
viejo; quisiste ser demasiado listo y provocaste la pelea. Te
salió mal el caso. Mira ahora el espectáculo que
ofreces. Ven conmigo al convento a ver si puedo remediarte".
Fue con él al convento, acostó al perro en una
alfombra de paja, le registró la herida y le aplicó
sus medicinas, sus ungüentos. Después de permanecer
una semana en la casa, le despidió con unas palmaditas
en el lomo, que él agradeció meneando la cola,
y unos buenos consejos para el futuro: "No vuelvas a las
andadas -le dijo-, que ya estás viejo para la lucha".
Otra anécdota que explica su amor a los animales es la
siguiente: resulta que el convento estaba entonces infestado
de ratones y de ratas, los cuales roían la ropa y los
hábitos, tanto en la sacristía como en las celdas
y en el guardarropa.
Después que los frailes resolvieran tomar medidas drásticas
para exterminarlos, Martín de Porres se sintió
afligido por ello y sufrió al pensar que aquellos inocentes
animalitos tuvieran que ser condenados de aquella manera. Así
que, habiendo encontrado a una de aquellas bestias le dijo:
"Pequeño hermano rata, óyeme bien: ustedes
ya no están seguros aquí. Ve a decirles a tus
compañeros que vayan al albergue situado en el fondo
del jardín. Me comprometo a llevarles allí comida,
a condición de que me prometan no venir ya a causar estragos
en el convento".
Después de estas palabras, según se cuenta, el
"jefe" de la tribu ratonil rápidamente llevó
el aviso a todo el ejército de ratas y ratones, y pudo
verse una larga procesión de estos animales desfilando
a lo largo de los pasillos y de los claustros para llegar al
jardín indicado.
Vida de mortificación
El Fraile Martín llevó también una vida
de mortificación, ayunando constantemente, nutriéndose
con un poco de pan y agua durante el tiempo cuaresmal, alimentándose
de yerbas, raíces insípidas. A veces era obligado
por sus superiores a desistir de estas mortificaciones y a comer
como los demás. Durante la noche destinaba muchas horas
de oración en la capilla del convento delante de la imagen
de Jesús crucificado, del santísimo sacramento
o de la imagen de Nuestra Señora del Rosario.
La muerte de Fray Martín
Pero todo tiene su fin, y Martín de Porres por muy santo
que fuera, también le tocó la hora de reunirse
con Dios. Corría el año 1639, cuando quedó
afectado de tifus. Los frailes de la comunidad acudieron a su
habitación y él les dijo con grandes sufrimientos:
"He aquí el fin de mi peregrinación sobre
la tierra. Moriré de esta enfermedad. Ninguna medicina
será de provecho".
También declaró que no se encontraba solo en aquel
momento: que estaban a su lado la Virgen, San José, Santo
Domingo, San Vicente Ferrer y Santa Catalina de Alejandría.
Fray Martín murió el 3 de noviembre de 1639 dando
besos constantemente a un crucifijo que tenía en la mano.
El 8 de agosto de 1837 fue declarado beato y el 6 de mayo de
1962, el Papa Juan XXIII le declaró santo. El 3 de noviembre
se ha consagrado a su recordación.
(Fuente: Terra.es) |